Una solución drástica – El desenlace

 

 

El desenlace

Cierro los ojos para no verlo, pero aún puedo escuchar su respiración entrecortada y el sonido rítmico de la mano acariciando su miembro.

mordaza-desenlace—Mírame —ordena en un jadeo.

No voy a darle ese gusto, así que aparto la cara.

Él se acerca y se pone a horcajadas sobre mí, abro los ojos y mi mirada ardiente suplica por su piel. Me quita la mordaza por fin, y muevo de un lado a otro la mandíbula para deshacerme de la sensación de entumecimiento de la cara, pero no me permite pensar demasiado. Se eleva sobre las rodillas y dirige su pene hacia mis labios.

Por fin.

Me lanzo con avidez sobre mi presa y acojo en mi boca, profundamente, su erección rabiosa y férrea. Sus gemidos desgarrados son mi premio, pese a que las lágrimas mezcladas con el rímel bajan en surcos por mis mejillas. No me importa. Aunque esté atada y a su merced, en este momento la balanza se inclina a mi favor y sé que haría cualquier cosa que le pidiera.

felacion-desenlaceMe folla la boca sin descanso mientras mi cuerpo se retuerce y se tensa entre sus piernas. No me voy a rendir. No hasta que se desplome, derrotado, sobre mí, hasta que toque el cielo con la punta de los dedos y vuelva a caer, aunque signifique que después ya no pueda llenar mi sexo, ardiendo en ganas de sentirse colmado por su esencia.

Está muy cerca. Lo percibo en su respiración errática, en el galope de su corazón y la dureza de sus músculos en tensión. Mis labios, mi lengua, mis dientes se precipitan en un masaje sensual y desesperado por complacer y dar placer en gratitud por todo lo que me ha entregado.

Pero él se detiene. Está temblando. Sonríe ante mi gemido de decepción y se acomoda entre mis muslos para penetrarme. Ambos nos suspendemos en un momento de anhelo y espera, que acaba cuando se hunde, lento y profundo, en mi interior.

Me sorprendo ante el gemido de alivio sincronizado que ambos exhalamos.

Cierra los ojos, sus manos aferran mis caderas hasta el punto de clavarme los dedos y aprieta los dientes luchando por mantener el control. Puedo sentirlo vibrar en mi interior y me contraigo con fuerza con una sonrisa traviesa. Estoy exhausta, pero aún me quedan ganas de provocar.

—Espera —suplica, la voz ronca y atenazada por el esfuerzo. Vuelvo a estrecharlo en el interior de mi sexo, y las serpientes de mis piernas lo empujan aún más hondo en mi interior.

Lo tengo a mi merced.

No aguantará por mucho tiempo, se acerca el desenlace.

Busca con su pelvis la diana de mi clítoris y comienza a dibujar círculos de gloria. Sus manos vuelan a mis pezones, que aprieta y frota con violencia. Cierro los ojos y murmuro algo inconexo, ni yo sé lo que digo.

—Abre los ojos, mi amor.

Los abro. Su mirada lánguida, con los párpados entornados, la boca entreabierta en un gesto decadente, que deja escapar el aire en ráfagas cada vez más rápidas me hipnotiza y me excita.

Y me dejo caer al fin.

Mi cuerpo se precipita en el abismo y se quiebra en mil fragmentos de cristal brillante. Parte de mi alma se funde con el universo, por un momento no hay ni tiempo ni espacio mientras me invade el placer. Sé que él también se ha liberado, pero lo percibo desde el sopor de un estado en el que nunca me había sumido. Las contracciones rítmicas de mi interior se han calmado, pero mi mente sigue flotando en la nada, en la calma más absoluta, en la paz más verdadera, en el amor más puro.

bondage-desenlaceAdvierto, como en un sueño, que él me desata. Mis brazos no responden, forzados en una posición antinatural, pero no me importa. No los necesito. Mis muslos siguen abiertos pese a que también me ha soltado los tobillos. Se aleja unos instantes y no alcanzo a emitir la queja que resuena en mi pecho. Quiero que esté cerca. Quiero que esté en mí.

Me cubre con una manta y se sienta a mi lado. Yo me encaramo a su regazo como un animalito indefenso, aunque me siento más poderosa que nunca.

No me dejes sola —murmuro, como un susurro.

—No pienso irme jamás.

Poco a poco vuelvo a mi ser. Mis percepciones, antes abotargadas, vuelven a conectarse con la realidad. Huelo el aroma punzante y almizclado del sexo, huelo el sudor de nuestras pieles, huelo el fuego ya mortecino en la chimenea. La habitación está sumida en una penumbra tenue, y las yemas de mis dedos apagan su ardor hundiéndose en su pelo. El sonido de su corazón invade mis oídos al apoyarme en su pecho, y mi boca se calma al degustar el beso dulce que deposita en mis labios.

aftercare-desenlace—¿Qué coño estamos haciendo? —me pregunta, con cierta preocupación.

Yo sonrío.

—No lo sé. Pero se siente bien.

 

 

©Mimmi Kass

 

Si no has leído las partes anteriores, puedes encontrarlas aquí: Una solución drástica.

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