A corazón abierto: capítulo 2

Ya tenéis disponible el capítulo 2 de A corazón abierto. Si no has leído el primero, aquí tienes el enlace: Gravlaks. Inés descubre algunos detalles reveladores del pasado de Erik y conoce a alguien muy especial de su vida. Espero que lo disfrutéis muchísimo.

A corazón abierto: capítulo 2

La valquiria

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La mañana se levantó fría y desapacible. La nieve caía de manera intermitente, y todas las casas de colores vivos de aquella parte de la ciudad estaban cubiertas por un manto blanco. Eso no arredró a los pequeños vikingos, que insistieron en volver a esquiar y tirarse en trineo con su tío.

—¿Pero es que vosotros nunca estáis cansados? —se quejó Erik con desesperación cuando sus sobrinos le trajeron la parka de montaña y tiraron de él para que se levantara de la silla y se la pusiera. Todavía no se había terminado el café—. ¡Vais a acabar conmigo!

—Yo estoy molida, conmigo no contéis —dijo Inés, aún en pijama y sin ninguna intención de salir al frío polar—. Hoy me quedo en casa.

—¡Yo también! —exclamó Maia, que se desplomó en una silla y se sirvió una taza de café con voz aliviada. Le lanzó una mirada significativa a su marido—. Hoy te toca a ti subir. Llevo toda la semana yendo a las pistas, ¡mueve el culo!

—Eh, que yo me he quedado con Emma —dijo Corbyn con poco convencimiento. Inés disfrutaba con el caos familiar y las pullas y bromas que todos se lanzaban.

—¡De eso nada! Emma no da nada de trabajo. ¡Hoy lidias tú con los mellizos! —Maia daba órdenes como una generala en la batalla—. Anders, Olle, preparaos para subir. ¡Y lavaos los dientes, pequeños cerdos!

—A ver si tú eres capaz de cansarlos para que nos dejen en paz por la noche, Corbyn. No he podido tocar a Inés desde que llegamos a Tromso —dijo, Erik riendo. Ella hundió la cabeza entre los hombros y lanzó una mirada preocupada hacia su madre, que se reía—. Ayer no paramos en todo el día, ¡y no hubo manera!

—Oye —interrumpió Maia, señalándolo con un dedo acusador—. Te recuerdo que esta casa es de mamá y, por el momento, nosotros vivimos aquí con ella. Si tanto te molestamos, ¿por qué no te vas a la tuya? ¡Estaría bien que le echases un ojo, que se está cayendo a pedazos!

A Inés se le quitó todo atisbo de vergüenza. ¿Erik tenía una casa? Abrió la boca para preguntar, pero él ya se marchaba a terminar de arreglarse, refunfuñando con Maia escaleras arriba en una típica discusión fraternal.

Jana y ella volvieron a quedarse solas en la cocina y desayunaron tranquilas mientras todos se preparaban.

—Tienes una familia maravillosa, estoy feliz de formar parte de ella —dijo Inés en un arranque espontáneo. No conocía esa faceta hogareña y familiar de Erik, el cariño que mostraba por su madre, la divertida complicidad con sus hermanos y su cuñado, el amor que profesaba por todos ellos, en especial por sus sobrinos.

—Siempre lo ha sido. Incluso cuando estaba lejos, sabía que aquí tenía siempre un sitio para volver —dijo Jana con una sonrisa resignada. Se levantó y sirvió otra taza de café para las dos. Empujó la panera con bollos de canela y gofres hacia ella.

—¡No debería, me estoy poniendo como una bola! —dijo Inés, pero cogió un bollo, lo mojó en el café y le dio un mordisco—. Bueno. Ya me pondré a dieta cuando llegue a Chile.

—¿Cuándo os marcháis? —preguntó la madre de Erik, con cierta tristeza en su mirada.

—Dentro de una semana. El día catorce comienzo mi segundo año de residencia de Cardiología Infantil y Erik tiene un montón de frentes abiertos en el hospital. —Se detuvo de golpe. ¿Cuánto sabría Jana de lo que le había pasado a Erik el año anterior?—. Tenemos que volver.

—¿Tú estás bien? ¿Te has recuperado del aborto?

Inés parpadeó, desconcertada. ¿Jana lo sabía? ¿Quién se lo habría contado, Erik o Maia? El abordaje frontal y directo la la pilló por sorpresa, pero su mirada era dulce y revelaba preocupación.

—Estoy bien. Tenía muy poquitas semanas de embarazo —dijo, sorprendida de hablarlo tan abiertamente con ella—. Me costó más la parte emocional.

—Erik no se portó nada bien. Le eché una buena reprimenda. —Inés abrió la boca con incredulidad. Había sido él. Erik no estaba alejado de su familia, solo de su padre—. Hubo un tiempo en que me resigné a que jamás encontraría una mujer que lo aguantara. Pero tú lo manejas perfectamente.

—No sé si «manejar» es la palabra, la verdad. Tu hijo es… ingobernable —dijo tras meditarlo unos segundos. Mordió de nuevo el bollo de canela y masticó en silencio—. ¿Por qué pensabas eso?

Jana se quedó en silencio e Inés dio por sentado que no contestaría, pero una corriente de entendimiento soterrado se había instalado entre ellas y la intimidad que compartían favorecía las confidencias.

—Primero, por el sexo. Fue siempre muy precoz para todo, pero los dolores de cabeza empezaron cuando se lió con una auxiliar de profesora en el instituto. Tenía catorce años —dijo Jana, negando con la cabeza y una expresión resignada en el rostro—. La chiquilla era una sustituta recién salida de la universidad. No tendía más de veinte años, pero se armó un buen escándalo en el colegio. En realidad, no paraba de meterse en líos —añadió entre risas.

—O sea, que le gustan mayores que él desde bien temprana edad —dijo Inés. Se acordó de Bettina, la enfermera supervisora de planta, que le sacaba varios años a Erik.

—Siempre fue mucho más alto y fuerte que sus compañeros y eso le encantaba a las chicas y provocaba mucho a los chicos mayores que él. Lo veían como un reto —siguió Jana, hilando anécdotas mientras Inés la escuchaba, fascinada—. Hubo un momento en que tenía reuniones con sus tutores todas las semanas. Solo le interesaba trabajar con su padre en el taller de carpintería y no daba un palo al agua.

Jana soltó una carcajada resignada y le dio un sorbo a su café. Inés reaccionó para salir de su fascinación y seguir preguntando.

—¿Y qué pasó? ¿Cómo llegó a la facultad de Medicina si era un gamberro? En Chile y en España es muy complicado acceder a la carrera.

—¡Y aquí también! Tuvo que ponerse las pilas a base de bien. En un partido de hockey, un amigo suyo estuvo a punto de morir ahogado tras caerse en una grieta en el hielo del lago. —Jana tenía los ojos brillantes, una sonrisa traviesa y su voz tranquila y sosegada sonaba con entusiasmo—. El equipo de emergencias le salvó la vida y Erik lo vio todo. Aquello lo conmovió. Lo remeció por dentro.

—Me contó que después se acercó mucho a su abuelo.

—Sí, así es. Aquello desconcertó mucho a su padre. Magnus fue siempre muy orgulloso y mantenía una posesividad a veces absurda con sus hijos frente a su abuelo. —Jana terminó el café y comenzó a desmigajar un bollo de canela. Una tristeza velada cubrió sus ojos—. Mi padre no aceptó nunca los orígenes humildes de Magnus y nuestros comienzos fueron difíciles. Muy difíciles. Nunca llegaron a entenderse de verdad.

—Erik me ha contado que tu familia es propietaria de unos astilleros muy importantes —arriesgó Inés. No quería ni abrir la boca para no cortar el hilo de su conversación. En el piso de arriba se escuchaba a los niños corretear y reír mientras se preparaban. No tendrían mucho tiempo más a solas y quería interrogarla hasta el más ínfimo detalle—, y que Magnus era pescador y carpintero.

—¡Era mucho más que eso! —exclamó Jana, airada por unos segundos. Pero su rostro recuperó enseguida su serenidad habitual y en sus ojos destelló un amor que sobrecogió a Inés—. Era el hombre más trabajador, generoso y admirable que he conocido. Y adoraba a sus hijos. Le dolió mucho que Erik se enamorara de la cardiocirugía. Lo tomó como una traición.

—Pero eso es absurdo, ¿cómo iba a traicionar a su padre? La vocación, cuando te pega, es muy fuerte —dijo Inés, apasionada. Hacía años que no le contaba a alguien los motivos que la empujaron a ser médico—. Yo viví la enfermedad de una primita cuando era pequeña, falleció de una leucemia y siempre supe que lucharía porque ningún niño estuviera enfermo. ¡Cuéntame más!

Jana la cogió de la mano y se la apretó. Inés se fijó en las venas tortuosas del dorso, las pequeñas manchas solares y en la blancura de la piel en contraste con su tono más dorado.

—El carácter de ambos se agrió. Los dos están cortados con el mismo patrón: orgullosos, arrogantes y tercos como mulas —dijo Jana. No le soltaba la mano e Inés tampoco la retiró. Le gustó aquel pequeño gesto de cariño—. Se fueron alejando hasta que Erik acabó por marcharse a Oslo y todos los miedos de Magnus se cumplieron: perdió a su hijo. Pero su orgullo le jugó una mala pasada y nunca hizo nada por recuperarlo.

—Pero Erik volvió. Y le costó muchísimo.

—Sé que tú lo empujaste a reflexionar. Gracias, Inés.

Las dos sonrieron con complicidad. Inés no pudo aguantar más y era el momento perfecto. Si no lo hacía ahora, no tendría otra oportunidad de hacerlo.

—¿Es cierto que Erik estuvo a punto de casarse? Me contó algo sobre Nora. —No quería mentirle a Jana, ya estaba estirando al máximo la información que tenía, así que no siguió por ahí—. ¿Y la casa de la que hablaba Maia?

—¿De qué hablaba Maia? —interrumpió una voz masculina llena de curiosidad.

Erik entraba en ese momento en la cocina, con la ropa de montaña puesta y con Emma en brazos, llorando con hipo. Inés cerró la boca y se puso roja como un tomate, pero él estaba entretenido en consolar a la pequeñaja con besos, juegos y cosquillas.

—¿Qué le pasa? —preguntó ella, y lo relevó para cogerla y que pudiera ponerse la cazadora. La niña frunció su boquita rosada en un mohín de enfado y escondió el rostro en su cuello.

—Maia le acaba de decir que no viene con nosotros a la nieve. Os quedáis todo el frente femenino: tú y mamá, Maia y la enana —informó Erik, mientras se ponía la cazadora, le daba un beso a su madre en la frente y la arrastraba a ella junto con Emma hacia la puerta mientras los mellizos bajaban la escalera en tromba. Corbyn los seguía con expresión resignada—. Ven aquí, Inés. Deja a Emma con mamá.

Y ahí estaba su vikingo escandaloso, expansivo y arrollador. Inés se vio envuelta por sus brazos y estrechada contra su pecho. Cerró los ojos e inspiró el aroma fresco y deportivo que exhalaba y, de pronto, el suelo desapareció bajo sus pies y notó el vértigo de recibirlo en su boca. Nunca se cansaba de besarlo. Hundió los dedos en su melena y lo apretó con fuerza.

—¡Ay, el amor, el amor! —se burló Maia, que cogió a Emma del regazo de su madre—. Dais auténtico asco. Venga, ¡idos ya! Es tarde y os vais a tragar todo el atasco.

Tras unos minutos de caos, por fin se marcharon.

Inés subió a arreglarse con una extraña sensación de vacío. No se había separado de Erik desde que habían llegado a Noruega. Llegar en viernes a casa de Jana había sido una locura, el fin de semana todos estaban allí. Hasta Kurt, el hermano mayor de Erik y Maia se dejaba caer con su familia. Se arregló un poco. Desde que estaban allí no había usado más que ropa técnica de montaña, jerséis gordos y pantalones. Se puso un vestidito de lana gris perla, unas medias tupidas negras y sus botas planas de ante. Trenzaba su pelo frente al espejo, cuando Maia entró en la habitación.

—Ha venido alguien que quiere conocerte —anunció con tono ominoso—. ¡Vamos!

Bajaron de nuevo hacia la cocina. ¿Quién sería? Desde allí se escuchaba la televisión con dibujos animados en el salón, e Inés alcanzó a ver que Maria, la mujer de Kurt, le daba el pecho a su hija. Hizo amago de saludarla, pero Maia tiró de ella.

—¡Muévete!, esto es más importante.

A-corazon-abierto-novelaCuando Inés entró a la cocina casi le dio un infarto. Abrió la boca, luego la cerró, y la volvió a abrir en un intento de balbucear un saludo.

Era una mujer imponente. Alta, rubia, con una obesidad obvia, pero exudaba una seguridad tan apabullante que no la veías. Vestía de manera sexy y agresiva. Inés envidió la manera en que defendía aquellos leggins negros, la camisa negra con transparencias bajo la que llevaba una camiseta ceñida de licra y las botas de cuero con tacón.

—Hola. Soy Peta. Tú eres Inés.

Estrechó la mano que ella le tendía con desconcierto. No se lo esperaba. Ni se le había pasado por la cabeza conocerla porque, básicamente, prefería borrar el hecho de que Erik se había acostado con ella. Mierda. Una serie de imágenes no bienvenidas se cruzaron en su imaginación. Aun así, hizo de tripas corazón, compuso una amplia sonrisa y asintió.

—Hola, Peta. Encantada de conocerte.

—No. Encantada no estarás. Pero ya cambiaremos eso. Venga, coge tu abrigo. —Inés volvió a mirarla como si se tratara de un marciano—. Vamos a tomar algo tú y yo solas en el Riso. ¡Maia! —gritó con la voz de una valquiria encarnada—. Me llevo a Inés. Ya vendremos por la tarde. O por la noche. Si es que volvemos.

 

 

—No, por favor, Peta. ¡No puedo beber más! —dijo Inés, empujando la mano tatuada con otro chupito de Akvavit que acabó por derramarse sobre la mesa—. Ya estoy más que borracha y quiero que sigas contándome cosas de Erik.

Llevaban más de dos horas hablando de anécdotas infantiles que no tenían demasiada importancia: una vez que se escapó de casa y acabó escondido y llorando en la cama de Peta por una injusticia paterna terrible a los diez años. Su primer tatuaje, que le hizo a los dieciséis, cuando ella aún estaba aprendiendo, y el castigo que le cayó en casa.

—Le hice un churro horroroso. Quería que le tatuase el perfil del Galdhoppingen, que es la montaña más importante de por aquí —dijo Peta a carcajada limpia—, ¡y más bien parecía un mojón! Más adelante se lo tapé con la proa del drakkar, el barco vikingo, y las runas.

Inés asintió. Conocía de memoria cada trazo de su espalda, cada mínimo detalle, los matices de azul de las flores y el recorrido de las venas y arterias del corazón.

—Peta, ¿puedo preguntarte algo?

Ella puso los ojos en blanco y se tomó otro chupito a palo seco.

—No hagas eso. Pregunta y ya está. Odio los rodeos.

—¿Por qué Erik y tú no habéis sido pareja? Pareja estable, me refiero.

Peta se echó a reír otra vez. Una risa sincera, abierta, franca y espontánea que provocó un sentimiento cálido y reconfortante en el pecho de Inés. Fue el momento en que entendió que sí llegarían a ser amigas.

—¿Estás loca? ¿Con lo intensito y exigente que es? Erik es un auténtico tocapelotas, Inés —dijo con un tono confidencial a la vez que travieso—, si te digo la verdad, no sé cómo lo aguantas.

—Porque no lo aguanto. Lo pongo en su sitio siempre que se lo merece.

Peta la miró con sarcasmo, arqueando una ceja rubia, perfecta y con dos piercings en la punta.

—¿De verdad?

—No.

Las dos se echaron a reír de manera escandalosa y el camarero se acercó a llamarles la atención, solo a medias en broma.

—Bah, ¡estamos de celebración! —dijo Peta sin hacerle ni caso—. Mejor tráenos unas salchichas de reno, una ensalada grande de tubérculos y una cesta de bollos de canela.

Comieron con apetito. Inés agradeció comer algo sólido después de tanto alcohol, y su conversación de locas se serenó un poco y se tornó más íntima. Aprovechó para preguntarle lo que la llevaba reconcomiendo desde que había escuchado que tenía una casita de la que no sabía nada.

—Oye, Peta. ¿Erik tiene una casa aquí? Porque nos vendría bien pasar un poco de tiempo solos.

Ella la miró, reacia. Inés sabía que la estaba poniendo en un aprieto, pero compuso una expresión atenta y esperó.

—Esa casa lleva abandonada más de diez años, Inés.

La contundencia de la frase la golpeó con fuerza.

—¿Cómo?

—En esa época, Erik estaba con la única mujer de la que yo creo que se ha enamorado. A parte de ti, claro. —Inés apartó la punzada estúpida de celos, aquello era demasiado importante—. Iban a casarse. Erik acababa de terminar la residencia de Cardiocirugía en el Hospital Universitario y llevaban viviendo juntos menos de unos meses cuando Nora lo abandonó.

—¿Lo abandonó? —No paraba de hacer preguntas tontas, pero era imposible salir de la sorpresa.

—Me va a matar. Estoy segura, pero ¡qué más da! Espero que así me perdones.

Inés se puso seria de golpe. Vaya. Llegaba la fase de la sinceridad descarnada.

—No tengo nada que perdonar, Peta —dijo ella, incómoda y molesta. No podía evitarlo.

—Yo no sabía que teníais una relación cerrada. Si lo hubiese sabido, jamás habría pasado. —Fue la primera vez que Inés percibió inseguridad y titubeo en la personalidad arrolladora de Peta—. Puedes creerme.

—Erik necesitaba consuelo en un momento muy duro de pérdida. He aprendido a… —¿a qué, exactamente? Inés se tomó unos segundos para poner en orden sus pensamientos. Peta esperaba con los ojos ansiosos y fijos en ella—, a asumir que eres importante en su vida y que, además, estabas en ella antes que yo. No me malinterpretes, no me gustó. —Inés quería dejárselo bien claro. Aunque arrastrase un poco la voz y le repitiese la salchicha de reno—. Me costó encajarlo. Pero vosotros los noruegos estáis chalados respecto al sexo y las relaciones.  Ya me adaptaré.

Se quedaron conversando un poco más, hasta que Peta decidió que tenían que visitar su estudio y pagó la cuenta, pasándole por encima como una apisonadora.

Caminaron bajo la oscuridad clara del invierno ártico, que a Inés la fascinaba. No eran más que las cuatro y media de la tarde y no había atisbo de luz solar. El frío, seco y penetrante, congeló sus pulmones y la hizo toser. Peta se echó a reír.

—¡Tienes que respirar por la nariz! Vamos. Creo que te gustará.

Llegaron a un pequeño local, estrecho y alargado. El vestíbulo frente a la recepción era una explosión de colores. Inés se quedó pasmada ante el despliegue artístico de su nueva amiga. Las paredes estaban tapizadas con cuadros con un sencillo marco dorado y paspartú blanco muy elegante, que destacaban las imágenes de los tatuajes.

—Son todos míos, a excepción de algún colega invitado —dijo con orgullo. Señaló un conjunto de imágenes situados en un lugar destacado por una cuidada iluminación—. Mira, aquí están los de Erik.

Inés estudió las líneas conocidas, con colores algo más intensos, en la espalda de Erik. Se veía también parte de su nuca y su melena rubia. Tuvo que apartar el pellizco de nostalgia que la inundaba cada vez que no estaban juntos y, por primera vez en aquel día tan raro, tuvo ganas de marcharse. Miró el móvil, pero recordó que tenía desconectados los datos o se arruinaría. Quizá podría pedirle a Peta la contraseña de la WiFi.

—Erik viene en camino, no hace falta que disimules con el móvil. Me ha puesto ochenta y cinco emoticonos de El Grito de Munch cuando le he dicho que estabas conmigo —dijo soltando un carcajada. La cogió del brazo para llevársela a la zona de la clínica, que era como ella llamaba a la salita donde tatuaba—. Este es mi pequeño quirófano. Aquí hago los piercings y los tatuajes.

Inés estudió los agresivos pendientes de acero quirúrgico, con puntas e incrustados de cristal. Se estremeció al imaginar el dolor que debió sentir Erik al perforarse los pezones.

—¿También le hiciste los piercings a Erik?

—Algunos, pero se los quitó hace tiempo. Los pezones creo que se los hizo en Holanda. Cuando estudiaba Medicina, se paseó por toda Europa de Erasmus. —Peta buscaba una foto en un álbum de fotos e Inés se acercó—. Mira. ¡Qué locura! Esta es de hace casi veinte años. Menos mal que se le cerraron los agujeros o su cara parecería un alfiletero.

Inés reprimió una carcajada al ver a un Erik de unos dieciocho o diecinueve años con varios aros en las cejas, en las orejas y uno en la nariz.

—¡Qué horror! Está horrible. Por favor, ¡déjame sacarle una foto con el móvil! —dijo Inés. Fotografió la imagen un par de veces—. La guardaré como material de chantaje.

—Eres lista, ¡me gusta!

Las dos se echaron a reír con complicidad. La había juzgado mal. Era una mujer formidable: divertida, sincera, leal y buena amiga. Tenía que reconocer que Peta había logrado derribar todas sus defensas.

—Los piercings tienen su punto. En especial, en los pezones. Las sensaciones son una pasada —dijo la valquiria poniéndole unas barras de acero, similares a las que Erik llevaba, en la palma de la mano—. ¿No te gustaría hacerte uno? En el ombligo quedan muy sexy.

—No. Ni loca —dijo Inés, negando con efusividad. Recordó algo que sí llevaba pensando desde hace tiempo, y que recordaba cada vez que besaba o recorría con los dedos los tatuajes de Erik—. ¿Qué tal un tatuaje? Pequeñito, aquí. —Señaló un poco más abajo del hueco del codo—. ¿Podría hacerse?

—Claro. ¿En qué estás pensando? —Peta se quitó la cazadora y se arremangó la camiseta ajustada. Inés admiró fascinada la tupida imagen de vivos colores que cubría por completo no solo sus manos, sino también los antebrazos. ¿El resto de su cuerpo estaría tatuado también? —. Inés, ¿qué te gustaría?

Ella volvió en sí y cerró un momento los ojos. Sabía perfectamente lo que quería.

—En un corazón anatómico. Igual que el de Erik. ¡No tan grande! —dijo, riendo al ver la cara de susto de Peta—. Pequeñito, de un par de centímetros. De color morado.

—Lo tienes muy claro.

Inés asintió y un cosquilleo recorrió su abdomen. Iba a hacerlo. Iba a atreverse.

—Ven conmigo.

Peta la condujo de vuelta al escritorio de recepción y buscó algo en el ordenador. Inés no prestaba demasiada atención. Los nervios comenzaban a traicionarla.

—Este es el corazón de Erik. Es un diseño mío y quizá tiene demasiado detalle para lo que tú quieres. —Borró algunas sombras y líneas, conservando las principales, y disminuyó su tamaño al solicitado por Inés—. ¿Qué tal algo así?

—Es precioso. Eres realmente una artista, pero quizá quede un poco…

—¿Un poco duro? Sí. He pensado lo mismo. Déjame probar algo.

Imprimió la plantilla y, con un plumín muy fino, dibujó unas flores en torno al arco aórtico y el tronco pulmonar. Trabajaba a una velocidad alucinante. En unos pocos minutos tuvo un diseño lleno de color.

—¿Qué tal así?

—¡Es perfecto, Peta! —dijo Inés—. Vamos. Házmelo ahora, o me arrepentiré.

—¿Estás segura? —insistió ella, imprimiendo seriedad a su tono de voz—. Un tatuaje no es un piercing, Inés. No se puede poner y quitar. Es para siempre, o debería serlo.

—Lo estoy.

Erik las encontró cuando Peta ya estaba terminando con los últimos detalles. Entró con precaución y esbozó una sonrisa sorprendida al ver a Peta trabajar, concentrada, y a Inés roja como un tomate y con los dientes apretados de dolor.

—¿Un tatuaje? No me lo esperaba de ti —dijo Erik, y le dio un beso en los labios—. Me ponen mucho los tatuajes.

—No me mováis, que ya acabo. —Limpió la sangre y la tinta de la zona con antiséptico y les mostró el resultado. Erik soltó algo en noruego e Inés no podía hablar porque tenía la mandíbula entumecida. Era maravilloso. Personal. Muy suyo. Y a la vez muy de él.

—¿Te vas a tatuar mi nombre debajo de ese corazón?

—¡Ni hablar! —dijo Inés, atendiendo a los cuidados de Peta sobre la nueva marca en su piel. Le puso una pomada cicatrizante y la cubrió con filme transparente—. Eso es demasiado definitivo.

—Eh, que yo me he tatuado el tuyo y bien grande —replicó él, indignado. Ella lo besó en los labios de nuevo y luego en el pecho, justo encima de donde sabía que estaba su nombre.

—Y me encanta. Pero yo ni loca me tatuaría algo así.

Inés ignoró el gruñido enfadado de Erik y se bajó la manga del vestido de lana con cuidado por su antebrazo. Tenía la zona sensible. No era dolor. Era más bien un ardor insistente que le recordaba que llevaba un grabado en su piel. Empezó a pensar en el siguiente.

Peta los llevó a su minúsculo apartamento, justo en el piso superior del estudio. Inés pensó que se disgustaría al ver dónde Erik y ella se habían acostado, pero no fue así. Más bien sonrió al ver la cama desordenada, llena de revistas de diseño de tatuajes y ropa desordenada. Era una etapa que Erik había dejado atrás en su juventud, pese a la recaída. Peta parecía anclada en la adolescencia tardía. Él había evolucionado. Siguieron conversando y se tomaron un par de cervezas, hasta que Erik comenzó a bostezar.

—Es tarde. Le prometí a tu madre que la ayudaría con la cena —dijo Inés, alarmada por lo rápido que había pasado el día—. Peta, no me has dicho lo que te debo por el tatuaje.

—¿Estás loca? Es un regalo. Solo mándame una foto en un par de semanas, cuando ya se vea bonito, y lo enmarcaré junto al de Erik —dijo Peta. Los acompañó a la salida en el piso de abajo—. Toma, Inés. Crema. Lávalo con agua y jabón un par de veces al día. Es normal que se caigan trocitos de piel impregnada de tinta. Ponte esto con una capa generosa y durante los primeros días, oclúyelo con film.

—¡Ya se lo vigilaré yo! ¡Gracias Peta! —dijo Erik, que la empujó con suavidad y cierta impaciencia—. Venga, vamos, que se ha puesto a nevar y tenemos que ir andando. Hace un frío de pelarse.

—Vaya vikingo de mierda estás hecho —se burló Peta al ver cómo se frotaba los brazos sobre la cazadora—. Espero veros antes de que volváis a Chile. Y si no, pues buen viaje.

Así era ella. Y a Inés la había conquistado.

©Mimmi Kass. A corazón abierto – En cuerpo y alma IV. Todos los derechos reservados.

Espero que hayáis disfrutado con el capítulo 2 de A corazón abierto. La semana que viene tendréis el tercero y entonces ya no quedará nada para su salida en preventa, Amazon mediante, el 24 de noviembre. Estoy rabiando por sacarlo y que continuéis el camino con Inés y Erik, pero aún quedan algunos detalles. El 28 lo tendréis en vuestros dispositivos y en diciembre, en tapa blanda.

Si aún no conocéis la historia, o la has leído en Kindle Unlimited y no tienes el libro, la Promoción de Otoño es una buenísima oportunidad para hacerte con él. También habrá una promo para el Black Friday, ¡ya os contaré!

Con todo cariño,

Mimmi.

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