A corazón abierto: capítulo 3

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A corazón abierto: capítulo 1 – Gravlaks

A corazón abierto: capítulo 2 – La valkiria 

A corazón abierto: capítulo 3

La sauna

Salieron del coqueto estudio de Peta abrazados y entre risas, pero el frío hizo que Inés se estrechara contra su cuerpo y Erik pasó el brazo sobre sus hombros. Se moría por preguntarle de qué había hablado con Peta, pero ella avanzaba con dificultad por la calle nevada y miraba los escaparates de las cafeterías con anhelo.

Hace un frío de morirse —se quejó, agachando la cabeza contra el viento que les azotaba la cara—. Voy a meterme en la cama y no salir hasta mañana.

—No, a la cama no, que es muy pronto.

—¿Pronto? ¡Pero si es noche cerrada!

—Inés, estamos en el Círculo Polar Ártico. En estas fechas, amanece a las once de la mañana y se pone el sol a las doce del mediodía. ¡Son solo las siete! —dijo Erik riendo, y le señaló la esfera de su reloj—. Date prisa, o nos quitarán los mejores sitios.

Inés acompasó con una trote rápido las largas zancadas de Erik. La caminata de casi media hora le vino bien para despejar la cabeza de los últimos restos de Akvavit, aunque ahora el tatuaje en el antebrazo le ardía bastante y su estómago rugía de hambre. Cuando entraron en la casa, la encontraron sospechosamente silenciosa.

Hallo? —gritó Erik en la cocina. Nadie contestó e Inés abrió la alacena de los dulces y atacó los bollos de canela—. Deja eso, ¡vamos! Deben de estar fuera, en la sauna.

—Necesito comer. No pude con la salchicha de reno a la que me invitó Peta y ahora me muero de hambre.

—De acuerdo, te espero allí. ¡No tardes!

Se quedó sola en la cocina e intentó poner en orden sus pensamientos. Entre Peta y la madre de Erik le habían dado información para extorsionarlo de por vida. Se echó a reír al imaginarlo como un adolescente rebelde, melenudo, lleno de piercings y tatuajes, solo contra el mundo. Pero Peta no había soltado prenda sobre la casa y sobre su pasado con Nora, y los nuevos interrogantes aparecían al mismo ritmo al que se resolvían antiguas dudas. Se sirvió un vaso de leche fría y se zampó otro rollo de canela. Los hacía Jana , caseros, y estaban de rechupete. Tenía que pedirle la receta. Y a Erik, sonsacarle con mano izquierda sobre aquella parte de su vida sobre la que permanecía tan cerrado. Nora había sido para él mucho más importante de lo que imaginaba.

capítulo 3 de A corazón abiertoSubió a la habitación y se felicitó por meter un bikini en su maleta a última hora. «Por si acaso», había pensado, no muy convencida, porque no pretendía nadar en el invierno ártico, pero ahora le venía de perlas. Se calzó las botas de nieve, porque tendría que atravesar el jardín,y  se envolvió en la toalla que Erik había dejado para ella sobre la cama. Al abrir la puerta de la cocina que daba al jardín trasero de la casa, una bocanada de aire gélido y seco la hizo contener la respiración. Se ciñó la enorme toalla en torno a los hombros como si fuera una capa, cerró los ojos un  par de segundos, y echó a correr hasta la casita de madera de la que emanaba un humo blanco y caliente.

—¡Cierra la puerta! —gritaron todos a la vez, en tres idiomas distintos, en cuanto abrió.

Vaya. Todos estaban allí. Jana, Maia y Corbyn con sus tres hijos, y Erik. Y todos estaban desnudos. Mierda. Inés notó cómo su cara se teñía de fucsia y no por el calor asfixiante de la sauna.

—¿Por qué tiene un bañador puesto, mamá? —dijo Anders, que ladeó la cabeza con curiosidad y la señaló con el dedo. Inés quiso que la tierra se la tragase—. Esto es una sauna, no la piscina del cole.

Siete pares de ojos expectantes la miraban. Erik, además, se desternillaba de la risa. Literal. Igual que Maia.

—¡Venga! ¿A qué esperas? Te he guardado un sitio —dijo, y palmeó las tablas de color claro—. Quítate eso, estarás más cómoda.

—Trae la toalla si lo prefieres, Inés. —Jana se apiadaba de ella, aunque también estaba muerta de la risa. Pero era más elegante que su hijo y al menos intentaba disimularlo.

—No te preocupes, Inés. Te acostumbrarás a la locura de esta familia —dijo Corbyn en pura solidaridad de extranjeros en una tierra extraña, también en pelota picada—. Si yo he podido, que soy británico, ¡tú lo lograrás!

Inés sopesó la posibilidad de salir corriendo de vuelta a la casa, pero acabó por quitarse el bikini frente a todos entre risas, dejarlo colgado en el pomo de la puerta, y avanzar con toda la dignidad que pudo reunir hasta el sitio junto a Erik, que la abrazó y la besó.

—¡Quita! Podías haberme avisado —lo reprendió en voz baja, apartando su manos de ella.

Los demás ya no le prestaban atención y charlaban entre ellos, animados. Los niños no podían estar quietos y se encaramaban a los bancos a distintas alturas, jugando sin que la humedad ni el calor sofocantes parecieran molestarlos en lo más mínimo. Maia cogía agua con un cazo de metal y regaba las tablas, bajo las que estaban las fuentes de calor radiante, generando nubes de vapor caliente. Inés creía que iba a desmayarse del ambiente sofocante y húmedo, pero Erik le alargó un vaso de agua con hielo y limón.

—Toma, bebe esto. Te ayudará. Pronto te acostumbrarás a la temperatura.

—Me salvas la vida —murmuró Inés. Bebió dos buenos tragos de agua y después mojó los dedos y refrescó su rostro y su cuello exhalando un suspiro de alivio.

—¿De qué has hablado con Peta? —dijo él en un tono que intentaba ser casual. Ella lo miró, divertida.

—¡Oh!, de muchas cosas. Ha sido muy ilustrativo y me ha encantado conocerla.

—¿En serio? —Advirtió el tono de ansiedad de su voz y apretó sus dedos sobre la madera caliente.

—Sí. Me ha conquistado. Es una mujer especial.

—Lo es. Y la mejor amiga y aliada que podrás tener —dijo Erik en un susurro para evitar que los demás lo escucharan—. Ha estado siempre ahí para los momentos duros y sé que será incondicional contigo también.

—Es bueno saberlo —dijo Inés, pensativa, mientras se tocaba el tatuaje cubierto con el plástico. El esparadrapo se estaba despegando por el calor—. Y no tienes nada de qué preocuparte, hemos hablado de cuando erais pequeños, de tu etapa de rebelde sin causa. ¡He visto unas fotos en las que dabas miedo! —Erik se echó a reír y la besó en los labios—. Pero cuando le he preguntado por Nora y por tu casa, se ha cerrado en banda y me ha dicho que eso mejor me lo cuentes tú.

Arqueó una ceja, clavó los ojos grises en él y cruzó los brazos, expectante. Erik la abrazó y soltó una carcajada que no supo interpretar. ¿Amarga? ¿Irónica, tal vez? Y después la besó en los labios para evadir la respuesta.

—Eh, será mejor que no te hagas muchas ilusiones, Inés —dijo Maia con malicia, salvándolo de tener que contestar—. Con esta sesión de sauna, y lo agotados que han llegado de la montaña, ¡no se le va a levantar ni con un milagro!

—Oye, hermanita. Yo no conozco tu experiencia en lo que a saunas y erecciones se refiere. Sin ofender, Corbyn —replicó Erik haciéndole un gesto a su cuñado, que se encogió de hombros con resignación. Aquí les caía a todos, al parecer—. Pero te aseguro que jamás le he fallado a Inés ni a ninguna otra mujer. Y, además, tengo un remedio infalible para que se te quite la modorra de encima.

Se puso de pie, estirándose con desvergüenza, y recibió una palmada divertida en el trasero por parte de su madre. Inés no sabía dónde meterse. Otra vez.

—Erik, compórtate. No hace falta alardear —lo riñó Jana, entre risas y gestos de negación con la cabeza.

—No alardeo. ¿Quién me acompaña? ¡Baño de nieve!

Soltó un grito guerrero, la cogió de la mano —casi se desmayó por levantarse tan de golpe y con el calor— y salieron corriendo seguidos de los mellizos para zambullirse en la capa blanca, de unos veinte centímetros de grosor, que cubría el césped.

—¡Estás cómo una cabra! ¡Todos estáis como una cabra! —farfulló Inés, que sentía cómo se le cortaba la respiración mientras mil agujas de hielo revitalizaban su cuerpo aletargado por el calor. Se revolcaron sobre la nieve como si fueran niños. Entre carcajadas. Compartiendo una felicidad desconocida e ingenua.

—Ven, Inés. ¡Es suficiente, Erik! —dijo Jana preocupada, vestida con un albornoz y abriendo una toalla para envolverla—. Vas a conseguir que se ponga enferma. Venga, ¡todo el mundo adentro!

No había duda de quién mandaba en aquella casa. Al entrar, se armó el jaleo habitual de las duchas y las cenas. Inés se encontró con que tenía que reprimir bostezos, apoyada en la mesa, y que cabeceaba cada dos por tres, agotada. Cuando se metieron en la cama, Erik no se quitó el pijama e Inés lo miró, interrogante.

—¿Tú durmiendo en pijama? Se me va hacer muy raro no sentir tu piel desnuda en la cama —dijo con tono juguetón, abriendo el cobertor para que se acostase a su lado.

—Maia tiene toda la razón, la sauna te deja fuera de combate —contestó Erik riendo. Se abrazaron bajo las mantas sin ninguna intención de hacer otra cosa que dormir—. ¿Pongo Netflix?

—Si quieres —murmuró Inés, ya amodorrada.

No duraron ni un capítulo y ya dormían como bebés.

 

©Mimmi Kass – Todos los derechos reservados.

Espero que os haya gustado el capítulo 3 de A corazón abierto. ¡Ya no queda nada! Tengo los nervios a flor de piel, muchas ganas de conocer vuestras emociones y sensaciones con esta parte de la historia, y un déficit de sueño brutal…

Os recuerdo que el 24 sale en preventa y el 28 lo tendréis en vuestros dispositivos. ¡Estoy rabiando por soltarlo!

Mientras, a releer la serie o a atreverse con Ardiendo o la serie Fetiches. ¡Os recuerdo que Diagnóstico del placer y Latidos de lujuria están de promoción por el Black Friday! Os dejo el enlace en Amazon para adquirir mis novelas: relinks.me/MimmiKass

No queda nada…

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