Una solución drástica (I)

Este en un relato erótico más lento. El sexo tarda en llegar. Lo importante en este caso es lo que ocurre antes. Unos sorprendentes juegos preliminares.

Una solución drástica

Tengo un problema. Y cuando tengo un problema, mi cerebro se lanza inmediatamente a la búsqueda sistemática de una solución, que suele ser buena casi siempre. No es por nada, pero soy buena encontrando soluciones.

En este caso la solución me fascina y me aterra a partes iguales mientras espera escondida en una mochila pequeña, rosa y de aspecto inofensivo, junto con el resto de equipaje para el fin de semana que hemos planeado en la montaña.

Seguro que voy a necesitarla, por la advertencia que he recibido en un mensaje de texto esta mañana:

«Te voy a hacer pedazos». Esa advertencia cruda y sin adornos me ha tenido en un estado extraña desazón todo el día, porque cuando dice algo así, lo cumple. Qué suerte.

bondage_chile_bdsmLlega a buscarme. Protesta, refunfuña y me lanza una mirada airada.

Nos vamos un fin de semana al Cajón del Maipo, no tres meses al Himalaya —murmura mientras coge mi equipaje, mochila inofensiva incluida, y se lo echa a la espalda. Yo cojo mi bolso y mi parka sin poder esconder mi entusiasmo.

El viaje no es demasiado largo: una hora y media de ascenso en coche que se hace corta al ponernos al día de la semana. También escuchamos música, disfrutando de la caída de la noche. Se nota la altura en los oídos y en el termómetro, que marca tan solo cuatro grados.

—¡Qué frio! —Me estremezco de sólo pensar en salir al exterior.

Ya te mantendré yo bien caliente —asegura él, escondiendo en su tono una amenaza velada.

El coche recorre una pista de tierra llena de baches y una cerca de alambre de púas, bastante deteriorada, nos impide el paso.

¿A dónde me estás llevando? —pregunto suspicaz cuando vuelve a entrar, aterido de frío, frotándose las manos tras bajarse a abrir la puerta.

No contesta, sólo sonríe, mete una mano entre mis muslos para calentarla y sigue conduciendo. Odio que haga eso, yo necesito respuestas, y me dedico a bombardearlo con preguntas sobre el lugar que él pelotea como puede. ¿A qué viene tanto misterio?untitled

Damos tumbos sobre un camino aun peor hasta que aparece una avenida de álamos temblones y la carretera mejora un poco. Por unos segundos las luces largas iluminan las hojas amarillas, rojizas y marrones, para después volver a respetar la oscuridad de la noche.

Aparcamos junto a un par de coches, un tractor y una camioneta desvencijada, y observo con curiosidad la casa de piedra que emite una luz cálida por la puerta de entrada. Las contraventanas de madera están cerradas a cal y canto.

La casa es maravillosa. El revestimiento es diferente en el interior: una piedra más pulida, menos rustica. Gruesas alfombras de lana cubren el suelo de madera que cruje con nuestros pasos, y la chimenea del salón invita a compartir en los sofás mullidos llenos de cojines.

Es precioso —murmuro de manera casi inaudible, pero él está atento.

Espera a ver la habitación dice en tono cómplice. Eso hace que me mueva, intrigada, por el estrecho pasillo.

Subimos al piso superior por una escalera de madera siguiendo al dueño de la casa, que abre una pesada puerta tallada. No puedo evitar dar saltitos como una niña pequeña, y veo de reojo cómo él sonríe. Sabía que me iba a gustar.

Nuestro anfitrión intuye las ganas que tenemos de quedarnos solos y nos da un pequeño tour informativo: el baño con hidromasaje, la habitación con cama king size, el pequeño salón con chimenea propia y la posibilidad de prepararnos un té o un café en la minúscula cocina. Por fin nos hemos quedado solos.

Tenemos veinte minutos antes de ir a cenar y él protesta, pero yo lo mando callar. Son más de las once de la noche y la cocina cerrará pronto.

Me voy a echar un rato, estoy roto —me avisa tras quitarse los zapatos y tenderse en la cama.

Su gruñido osuno de satisfacción me hace reír y a los pocos minutos está dormido.

Aprovecho de ordenar el equipaje, quitando de en medio bolsas y maletas, y cuelgo los vestidos que pese a estar perdidos en la montaña mi coquetería se ha empeñado en incluir. Levanto mi maleta y la mochila inofensiva cae provocando un estruendo metálico, totalmente desproporcionado a su tamaño. Miro de reojo al bello durmiente, que se mueve en sueños, y la escondo en el armario. Por ahora no la necesito.

Me cambio con rapidez: ya han pasado los veinte minutos, pero no tengo el coraje para despertarlo. Durante la semana duerme poco y mal. Elijo mi vestido de punto azul marino sobre el conjunto de encaje también azul, medias incluidas. Un fular en tonos grises y unos salones de tacón. Una cena es una cena. Me siento al borde de la cama y froto la yema de mis dedos contra su mentón.

Hay que bajar a cenar, grandullón —anuncio en voz baja. Él se despereza y tarda en enfocar su mirada azul en mí.

No me gusta que te tapes el cuello —protesta con la voz rasposa, aun atenazada por el sueño, y desliza el fular lentamente sobre una de mis clavículas. Sus dedos expertos siguen el mismo camino después. Yo los aprieto en mi mano y freno su avance hacia mis pechos.

Vamos a cenar.

La mesa, al lado de la enorme chimenea y junto a una ventana que da hacia las montañas, nos invita a sentarnos a comer con apetito: machas a la parmesana, lomo a la brasa y un buen merlot. Compartimos confidencias y risas y, tras el postre, huimos de allí robando las dos copas y lo que queda de la botella. Nadie presencia nuestra travesura, pero nosotros corremos como niños hacia la habitación.una-gran-noche

Él carga el fuego mortecino y yo me acomodo en el pequeño sofá frente a la chimenea, sirviendo las dos últimas copas de vino.

Por estar aquí contigo —brinda él con sencillez y hacemos chocar el cristal con un sonido musical y vibrante.

Paladeo el contenido de la copa con calma y él, tras un largo trago, la deja abandonada sobre la piedra de la chimenea. Se acomoda a mis pies y yo lo reclamo a mi lado, pero niega con la cabeza.

Voy a empezar por aquí —me informa, levantando uno de mis tacones de color granate y acariciándome el tobillo.

Yo sigo con mi vino tinto y clavo mis ojos en los suyos cuando empieza a besarme el empeine y recorrer mi tibia dejando una estela de pequeños círculos oscuros por la humedad de sus labios. Será mejor que deje la copa en la mesita, porque el ascenso no se detiene y cruza por mi rodilla hacia el interior del muslo. Definitivamente abandono la copa cuando abre mis piernas con firmeza y se acomoda entre ellas. Mis manos viajan lánguidas hasta su nuca y los dedos se entrelazan en su pelo demasiado largo.

Su boca llega hasta el encaje de mis medias y roza la piel desnuda del muslo erizándome la piel, sopla sobre mi sexo, y cuando todo mi cuerpo tiembla con la anticipación, sigue su camino y replica en perfecta simetría el recorrido sobre la otra pierna. Se ríe débilmente cuando escucha mi gemido de protesta y decepción.

No.

—¿Por qué no? —pregunto, airada.

Porque estoy harto de que nunca te estés quieta —responde, mientras acomoda una de mis piernas sobre su hombro y desliza las manos cálidas por mi cintura, llevándose el vestido en su camino hacia arriba.

—¡Oh!…respecto a eso —informo sujetando sus brazos para impedir su avance antes de que me desconcentre más de lo que estoy—. Creo que he encontrado una solución.

La cara de autentico pánico me hace reír; porque es eso, pánico, aunque dure sólo un segundo.

—¿Con qué me vas a salir ahora? —pregunta, suspicaz. Y es que según él, soy una caja de sorpresas. Pero no de las normales, soy como esas muñecas rusas que cuando las abres aparece en su interior otra, y luego otra, y otra…

Aprovecho que está con la guardia alta para dejar caer mi pequeña sorpresa.

He traído unas cositas…

—¿Qué cositas?

Unas… ¿Me puedes traer mi mochila rosa de dentro del armario?

Me mira sin moverse, intentando saber qué estoy maquinando y yo sonrío, inocente, haciendo un gesto para que haga lo que le digo. Finalmente se levanta, murmura algo sobre lo insoportable que soy, y me trae la mochila.

Me acomodo en la alfombra de rodillas, instándole a que se siente frente a mí. Sus ojos me dicen que me otorga el beneficio de la duda, pero que no va aguantar mis juegos mucho más. Se está impacientando.

Abro la cremallera y la expectación crece. La que está algo asustada ahora soy yo. ¿Cómo reaccionará?, ¿pensará que estoy loca?, ¿saldrá corriendo o le verá todas las ventajas que le he visto yo? Estoy ensimismada pensando en todas las posibilidades y siento que me arrebata la mochila de las manos.

Su paciencia se ha acabado.

Mimmi Kas©

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Mimmi Kass Written by:

2 Comments

    • 13 julio, 2016
      Reply

      Una sorpresa muy útil y sugerente…¡Ya verás! ? Gracias por comentar, linda.

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