Cena con esposas

Nos sentamos a la mesa ya puesta. Todo un detalle de Daniel, ofrecer su casa. Tranquilos, relajados, hace años que no compartíamos una velada así.

Nos ponemos al día con una charla distendida, en un ambiente extrañamente alhajado para una cena tan informal, solos los tres.

También nosotros estamos arreglados en exceso. Cuando he visto el vestido palabra de honor negro, la lencería de encaje, las medias de blonda y los stilettos negros que Nacho ha elegido para mí, pensé que iríamos a cenar fuera.

La petición de Nacho me saca de mis pensamientos.

—Levántate y sirve el vino, Claudia.

El tono de voz, la mirada, la expresión de su cara y la postura de su cuerpo me hacen despertar de una especie de letargo y me pongo alerta.

—Sí, Nacho.

Me sumerjo en el rol: mirada baja y gestos contenidos, mientras siento la corriente que me invade, de expectación y cierto… temor, por lo que pasa cuando cambiamos a la dinámica Ds. No hace falta que me lo indique, ambos lo sabemos. Yo lo sé.

Sirvo el vino en su copa con destreza, lo saborea con calma, asiente y señala a Daniel con un gesto de la cabeza.
A él sí puedo mirarlo a los ojos. Su mirada azul muestra curiosidad y sonríe, alentándome. Le sirvo también con una sonrisa, pero el silencio reverbera en el comedor.

—Ahí —señala Nacho, una posición cercana a la mesa, pero lo suficientemente lejos como para que me quede claro que no voy a participar más en ella.

wp-1461355083779.jpgPoco a poco, retoman la conversación y parece que se han olvidado de mí. Los observo, atenta, pero luego mi mirada se pasea por la estancia, contrastando recuerdos y descubriendo cosas nuevas.
La copa de Nacho está casi vacía y vuelvo a conectarme con lo que ocurre. Me acerco y le sirvo más vino. Un syrah Montes Alpha cuyo aroma estimula mi lengua y me hace sentir sed. No sé cómo lo hace, quizás he hecho ruido al tragar, o me he lamido los labios sin darme cuenta.

—¿Quieres un poco de vino?
—Sí, Nacho. Por favor.
—De rodillas.

No discuto, pese a que escucho como Daniel exhala con brusquedad, mostrando su sorpresa. Pese a haber tenido sexo con nosotros en alguna ocasión, desconoce esta faceta.

Me acerco y me arrodillo frente a él. Mi mente vuela sin poder remediarlo a la última vez que estuve así y se me escapa una sonrisa. Él me agarra el mentón con suavidad y me obliga a mirar hacia arriba, él también sonríe con complicidad. Seguro que estamos pensando en lo mismo: esta misma mañana, cuando tuve su pene en mi boca.
Nacho lleva la copa a sus labios, después se inclina sobre mí y, con dulzura infinita, deposita el vino cálido desde su boca a la mía. De nuevo. Hasta tres veces. Cuando se retira la última vez, me besa los labios y me indica mi sitio.

Vuelvo a mi posición de espera e identifico que empiezo a estar excitada y que el vino es magnífico: me he quedado con ganas de más. Con la sensación de estar a contrapelo, porque a la vez percibo un deje de irritación por la no satisfacción inmediata de mis deseos. Tengo que tener cuidado. La mezcla de excitación y enojo nunca es buena. Lidiando como estoy con toda la montaña rusa, su petición me vuelve a sorprender.

—Quítate las bragas, Claudia.

Tengo que estar más atenta, el tono me indica que no es la primera vez que me lo dice.

Muy bien.

Una oportunidad de precipitar un poco las cosas. Me subo el vestido por encima de las caderas, llevo ambos pulgares a las tiras del tanga, y los deslizo por mis muslos y después mis piernas, estiradas. Me apoyo en el suelo y levanto un pie, luego el otro. Sé que no están perdiendo detalle. Me incorporo y lanzo la prenda en medio de la mesa, justo entre los candelabros. Nacho reprime la sonrisa, yo mantengo la mirada baja sin mover ni un musculo, aunque me cuesta. Daniel se revuelve en la silla con los ojos clavados en mi sexo. Pobre.

Pero no he logrado mi objetivo. Mi carnada queda ahí, abandonada, sin que ni Nacho ni Daniel le hagan caso.
Ellos siguen conversando. Empiezo a sentirme ignorada. Y además, tengo hambre. Intento controlar la impaciencia, pero es inevitable empezar a desplazar el peso del cuerpo sobre una cadera, luego sobre otra. Nacho se da cuenta.

—De rodillas. Ven aquí.

Obediente, me agacho de nuevo y gateo hasta su regazo. No interrumpe su conversación con Daniel, pero de cada dos bocados, uno es para mí. Que me dé de comer en la boca me produce sentimientos encontrados, por un lado no se me escapa la ternura del gesto, sé que está cuidando de mí, pero por otro lado…ese puntito de humillación de saber que soy perfectamente capaz de alimentarme por mis propios medios y sin embargo, tengo que dejarme hacer, abriendo la boca como un animalito obediente, todavía me resulta difícil de manejar. Pero la humedad de mi sexo expuesto delata lo mucho que la situación me excita.

Seguimos así un buen rato, hablan sobre la situación del país. Me encuentro sentada sobre mis propias piernas, escuchando con atención. En cualquier otra ocasión hubiese intervenido, pero curiosamente, estoy cómoda y me gusta observarlos. Por una vez, no participo y me mantengo al margen, mientras los dedos de Nacho se entrelazan en mi pelo o se deslizan por mis hombros y mi cuello. Si fuera un gato, estaría ronroneando.

Llega el momento del postre. Daniel hace amago de levantarse, pero Nacho lo detiene con un gesto.

—Ve a buscarlo tú —me indica, y cuando me voy a dar la vuelta para obedecer, me detiene por una muñeca —. Un momento —murmura.

Y desliza el borde de sus dedos entre mis labios vaginales comprobando la humedad, volviendo a pillarme desprevenida. Pero no me muevo, pendiente de esos dedos ahora en mi interior hasta que los retira y me indica que continúe. Con un tono divertido. Qué cabrón. Daniel está procesando. Esto también lo tiene un poco descolocado, aunque claramente lo está disfrutando. Qué cabrón.

—Antes de ir por el postre, tráeme mi regalo.

Me concentro en lo que me dice, sé a lo que se refiere y no tardo demasiado en volver. Deposito las esposas de bisagra en sus manos y me las coloca. Reprimo un gesto de fastidio. Siempre me las ciñe demasiado y así me molestan, aunque al menos no tengo las manos a la espalda, sino delante de mí.

Me mira, calculador, y señala mi vestido negro.

—Estás demasiado vestida. Date la vuelta.

Obedezco, y Nacho desabrocha el botón y desliza la cremallera de mi vestido, que cae a mis pies.

Ahora, ve —me indica, dándome una palmada en el trasero.

De acuerdo. Caminar esposada casi desnuda y coger las fresas y el chocolate es bastante más divertido quwp-1461362231955.jpge lo convencional. De una manera un poco…humillante, pero divertido. Tengo que reconocerlo.

Al volver, la charla está de lo más animada. Ríen a carcajadas. Espero que no sea a mi costa. Torpemente, pongo las fresas y el sirope en la mesa.

—En la boca. Devuélveme el favor y dámelas en la boca. ¡Ah!, y Daniel tiene una petición —dice señalándolo.
—¿Te quitas el sujetador, Claudia?

Vaya. Vaya, vaya, vaya. ¿Dos contra una?, me vuelvo hacia Nacho, suspicaz, esperando instrucciones.

—Haz lo que se te dice, Claudia.

Obviamente no puedo, tengo las manos esposadas. Me acerco a Daniel y le pido que me ayude. Es una maniobra arriesgada, no sé si debí pedírselo a Nacho, pero el sujetador cae y mis pezones se tornan erectos al tomar contacto con el aire. Siento esa necesidad imperiosa de masajearlos que siempre me produce el quitarme esa prenda, pero yo estoy esposada y ninguno de los otros dos pares de manos masculinas se da por enterado.

—Con esto, entiendo que aceptas que Daniel se incluya en la dinámica —Nacho no pregunta, afirma.

Yo me vuelvo y lo miro por primera vez algo preocupada desde que me ordenó servir el vino.

Si te sientes incómoda en algún momento, házmelo saber—dice con seriedad.

Murmuro una negativa. Me cuesta reconocerlo, pero quiero saber qué va a pasar. Y quiero complacerlo. Quiero complacerlos a ambos.

Vuelve su mirada a las fresas y me las ingenio para rociar el sirope sobre ellas sin montar un desastre. Esas esposas son una puñetera complicación, al tener una bisagra en vez de una cadenilla, el juego de muñeca es casi inexistente y tengo que mantener los codos cerca para no hacerme daño, así que tropiezo continuamente con mis pechos.

Ellos permanecen ajenos a mis complicaciones, recibiendo con aire ausente Nacho, y agradecido Daniel, las fresas que llevo a sus bocas. No. De hecho Daniel, sí se ha dado cuenta del bailoteo de mis pechos contra mis brazos. Y Nacho…también.

—Tócala.
—¿Cómo? —Daniel sinceramente cree haber oído mal.
Tócala —repite Nacho, reclinándose en la silla como quien va a asistir a un espectáculo.

Daniel extiende la mano, agarra las esposas, y me atrae hacia él. Yo camino unos pasos, un poco reacia, y el da un tirón. Esta vez quedo muy cerca, y todo mi cuerpo se envara cuando desliza su mano entre mis pechos en una caricia firme. Me mantiene sujeta de las esposas. Cuando abarca uno de mis pechos, cierro los ojos y exhalo lentamente. Se inclina y rodea un pezón con los labios, lo gira con su lengua, lo sostiene delicadamente uno segundos entre sus dientes y por fin, me suelta. QUE. CABRÓN.

—Más fresas, Claudia —pide Nacho, con voz ronca.

Me acerco, más pendiente del calor que desprende mi pezón humedecido, y hago lo que me dice, con torpeza. Mancho su barbilla de sirope y me obligo a concentrarme. Lo limpio con una servilleta, llamando mi cuerpo al orden, pero él vuelve a deslizar su mano fuerte entre mis piernas.

Mucho mejor —dice, aprobador. Yo ya no sé dónde estoy parada.

Hay un Late Harvest para acompañar las fresas —comenta Daniel, con el tono también atenazado.

Miro a Nacho, quien me señala la cocina y voy por el vino, agradecida por alejarme unos segundos de la intensidad de la situación. Mi corazón late a mil por hora y mi respiración es totalmente errática.

Traigo la estilizada botella y Daniel la descorcha con pericia. Torpemente, le sirvo a él primero. Mientras lo hago, vuelve a tocarme los pechos y ahora son sus dedos los que se deslizan en mi interior. Ya no puedo respirar por la nariz, de hecho, estoy jadeando. Al menos tengo la satisfacción de ver que ellos están tan excitados como yo. Pero las manos me tiemblan y me precipito al servirle el vino a Nacho. El cuello de la botella choca contra la finísima copa de cristal…y la quiebra. Nacho sonríe perverso. Le acabo de dar un motivo.
Me apresuro a recoger el desastre, pero Nacho se levanta y me retiene de las muñecas.

—No, deja eso, no quiero que te cortes. Quiero que traigas las cintas.

Ay, las cintas. Cuatro largas, suaves y sedosas cintas de raso que nos acompañan desde hace años. Fáciles de transportar, y muy, muy versátiles. ¿Para qué las querrá? Para atarme, sí, pero… ¿con qué fin?

Llego al comedor, y me detengo, desconcertada. Se han movido al salón, y conversan en voz baja, de pie ante el sofá. Ya sé lo que quiere Nacho. A Nacho le encanta atarme en esa postura por lo vulnerable y expuesta que me deja. Un momento. ¿Daniel también va a participar?

—Ven aquí, Claudia —interrumpe mi caldo de cabeza con voz firme.
—Un momento. ¿Qué…?
—Ven aquí. Vamos.

No hay espacio para réplica, y camino hacia ellos jugueteando con las cintas entre mis dedos y exhibiendo mi wp-1461355104102.jpgdesnudez. Solo llevo las medias y los tacones.
¿Quiero hacer esto? Claro que sí. Pero no se lo voy a poner fácil.

—Siéntate en el sofá y abre las piernas —ordena con un tono que da por hecho que voy a cumplir.
—No.

Ese «no» rebota en Nacho, que me devuelve una mirada cargada de energía, como una onda expansiva.

—Claudia, siéntate en el sofá —repite con tono contenido, sin mover un sólo músculo pero irradiando tensión.

No puedo evitar la risita irritante. Es un juego peligroso, sé que me arriesgo a que todo se acabe, porque si no le apetece, simplemente me ignorará, como seguramente me merezco. Pero, por otro lado, sé que le divierte doblegarme y tenemos años de experiencia.

Lo que nos puede gustar un buen pulso sexual.

Lo miro a los ojos y le ofrezco mi sonrisa más radiante.

—OBLÍGADME.

©Mimmi Kass

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Javiera Hurtado Written by:

4 Comments

  1. Noemí-Mysticnox
    26 abril, 2016
    Reply

    Me ha gustado mucho. El relato lleva un ritmo lento que te hace deleitarte en las escenas esperando a ver qué ocurrirá y justo en el mejor momento, se termina.
    También me ha cautivado ese punto rebelde de la protagonista que hace ver que todo es un juego.
    ¡Te felicito!

    Un abrazo

    • 26 abril, 2016
      Reply

      ¡Muchas gracias por tu comentario, Noemí! El sexo es un juego como otro cualquiera, ¿verdad?, ¡qué mejor manera de deleitarse con él a fuego lento y sin prisas! Y respecto a la protagonista… ¡que viva la “bratitud”! 😛

  2. Hesleidi Ramírez Del Campo
    5 enero, 2017
    Reply

    Me encantó tu forma de narrativa, soy de Puebla y me encantaría entrevistarte. Soy locutor y amante del erotismo puro. Mi cel 2228206760

    • 10 enero, 2017
      Reply

      ¡Muchas gracias por tus palabras! Me alegra que disfrutes con mi narrativa. Desgraciadamente, una llamada a celular internacional para una entrevista se sale de mi presupuesto, pero cualquier pregunta que quieras hacerme puedes remitirla al email: mimmikassescritora@gmail.com
      Un saludo desde España,
      Mimmi.

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