Corre…si puedes

 

CORRE…

Llego a casa de trabajar, tarde. Me da rabia, porque son pocas las ocasiones que estamos solos sin los niños y justo hoy, que están fuera, me tiene que caer una complicación de última hora. Grito un “¡Ya estoy aquí!” y desparramo mis cosas sobre la encimera de la cocina.
—En el salón, — oigo la voz serena de él, medio adormilada —estoy en el salón. Me acurruco bajo su brazo y parloteamos poniéndonos al día durante un rato. Echa un vistazo a su reloj. Son casi las ocho.
—Me voy a poner con la cena —me advierte. No le gusta que lo molesten cuando está cocinando, — ¿Y tú?
Miro por la ventana y no llueve. Debería salir a correr. Los excesos de las navidades han decidido instalarse en mi trasero y no he hecho nada. Decidido.
—Voy a salir a correr —afirmo, con determinación.

Él deja de hacer lo que está haciendo y me mira largamente.
—¡Si, a correr!, ¿qué pasa? —me pico, ante su expresión socarrona. Pero él sigue observándome con detenimiento y yo le devuelvo una mirada suspicaz.
—Nada, nada. Vete a correr —responde finalmente, encogiéndose de hombros—. Ven a darme un beso antes de irte.
—Ya veré —replico, traviesa, ganándome un azote en el trasero.

Me cambio a toda prisa, ropa interior deportiva fucsia, mi camiseta blanca sin mangas, los leggins largos y un cortavientos impermeable. El IPhone, los cascos, el frontal, mis Asics y me hago una trenza. Lista.
Paso por la cocina. Qué raro. ¿No estaba preparando la cena? Porque está todo guardado. Interrumpe mis pensamientos dándome un beso y entregándome un sobre. ¿Un sobre? Lo miro interrogante.
—Ábrelo cuando estés en el sendero.
—Ok.
Por supuesto, en cuanto cierro la puerta de entrada, abro el sobre. Camino unos pasos con el folio en la mano, mientras tiro el sobre al contenedor y guardo las llaves en el bolsillo. Compruebo la luz del frontal. Parece ir bien, a veces falla. Y entonces lo leo. Escrito a mano, con boli azul, garabateado más bien.

“Empieza a correr. Tienes diez minutos de ventaja. Tu ruta habitual, la del río.
CORRE…si puedes”

 

Parpadeo, desconcertada, unos segundos. Mi primera reacción es echarme a reír. Pero luego recuerdo las fotos. Esas fotos perturbadoras, siniestras, sádicas y tremendamente eróticas que me enlazaste en uno de tus últimos mensajes.
Y recuerdo la conversación. Esa larga conversación en la que, inmovilizada, amordazada, con los ojos vendados y completamente indefensa, dejaste claro quién iba a llevar las riendas de ahí en adelante. Las fantasías y deseos de quién iban a cumplirse.

Unas gotas de lluvia empiezan a emborronar la tinta de la nota y me sacan de mis tribulaciones. Mi cuerpo se tensa, mis latidos se aceleran y mi cerebro entra en un extraño y desazonador estado de alerta. Reconozco este estado. Es el estado primitivo de la presa, que se ve impelida a huir. Y rindiéndome al reflejo condicionado, ya no tengo ganas de reír. Mi instinto me empuja…a correr.
Normalmente iniciaría un trote suave, pero mis entrañas parecen tirar de mí, esta vez, mi voluntad va más rápido que mi cuerpo y mis cuadriceps se quejan por la falta de calentamiento. Correr por el asfalto me dará algunos minutos más de ventaja. Me pregunto cuán caro pagaré mi desobediencia. Por otro lado, ¿cuánto tiempo he estado divagando delante de la puerta? Me doy cuenta de que he perdido unos minutos preciosos. En cuanto llegue al sendero junto al río, mi marcha se verá ralentizada. Aprieto el paso. Mi garganta empieza a arderme y no llevo más que unos pocos cientos de metros corriendo. Así no voy a aguantar mucho. Como no controle un poco la respiración, voy a quedar fuera de combate antes si quiera de empezar.
De empezar… ¿qué exactamente? Es de noche, hace frío, la luz del frontal choca contra la neblina y las gotas dispersas en el ambiente. No es que llueva, pero la humedad es agobiante. Mierda. Ya estoy frente al sendero. A partir de aquí, eran diez minutos, ¿no? ¿O era desde la puerta? Pienso en consultar la nota y disminuyo el paso por un segundo, para acelerar inmediatamente después. No. No debo detenerme. Cada segundo cuenta. La frase repiquetea, azuzándome. “CORRE…si puedes”

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Paso el último molino, derruido, cubierto de maleza y barro. Casi no lo reconozco. Es increíble que un paisaje tan bucólico y familiar se torne tan siniestro y lúgubre con la ausencia de la luz del sol. El reflejo que me devuelven las hojas, las ramas entrelazadas, los troncos caídos y las piedras me resultan ajenos. Y empiezo a sentir aprensión. No. No es aprensión. Esa sensación poco conocida, que me hace sentir como si una mano de hielo atenazara mis pulmones es ancestral y poderosa. Es miedo.
Sigo corriendo. Noto que mis sentidos se agudizan. Los chasquidos de mis pisadas ligeras y rápidas, el olor penetrante de la tierra mojada, el sabor salado de mi sudor, mezclado con las gotas de lluvia y mis ojos perforando los pocos centímetros de luz que me concede el frontal. Eso me estimula. Empiezo a sentirme poderosa. Ese sentimiento insufla nuevas fuerzas a mis piernas y más fuelle a mi corazón.
No se oye nada salvo el murmullo del agua a mi izquierda, mi respiración rápida y profunda, acompasada y el barro bajo mis pies.
Sigo corriendo. He llegado a la zona donde el sendero se estrecha y se transforma en una delgada cinta junto al cauce del río, unos cincuenta centímetros. Disminuyo la velocidad y mi seguridad se diluye cuando una pequeña cornisa de tierra se desprende a mi paso. Pondero lo que sería una caída. No más de dos metros, calculo. Un chapuzón desagradable y el orgullo herido, pero de noche, las cosas se magnifican.
De pronto, la sensación de seguridad me abandona definitivamente y freno en seco. Me quedo inmóvil. Rígida. Exhalo y el sonido que acompaña a la nube de vapor de agua que sale de mi boca me parece la sirena de un barco. Inmediatamente apago el frontal. ¿He visto un haz de luz entre las hojas?
No.
Es imposible.
No en esa dirección.
Además, no ha pasado tanto tiempo. Mierda. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Inhalo y exhalo lentamente, intentando no hacer ni el más mínimo ruido. ¿Por qué mierda nunca llevo un reloj? ¿Sacaré el móvil? Me doy cuenta de que ni siquiera he puesto la música que normalmente me acompaña. ¿Y por qué estoy pensando en esto ahora? Espero. No escucho nada. No veo nada. Serán imaginaciones mías.
Mierda.
No debería haber apagado el frontal.
Ahora no se enciende.

Mimmi Kass (C)

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One Comment

  1. Noemí-Mysticnox
    4 julio, 2017
    Reply

    Y ahora qué??? Ahora qué?? Ay que ver Mimmi que nos dejas en lo mejor.
    ¡Estaba nerviosa hasta yo!
    Espero la continuación…
    Un beso

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