El diablo del fuego

 

Capítulo 1

 

Siento las cenizas y el humo arder en mi garganta. Puedo oler el miedo de los hombres que corren junto a mí. El incendio nos rodea ya por dos flancos, cuando las luces de emergencia del camión aparecen entre la humareda como una tabla de salvación. ¿Cómo vamos a salir de este infierno?

—El camino forestal es inviable —comenta un compañero, boqueando tras la carrera. Señala la estrecha franja de tierra sobre la que se cierne un túnel ardiente—. Si no nos damos prisa, el fuego llegará hasta el camión. Miguel, tú conoces la zona, ¿por dónde podemos tirar?

Las caras de los hombres se vuelven hacia mí, esperanzadas. No sé qué decirles. No creo que haya ninguna solución a este callejón sin salida. Mi única idea es una maldita locura. Busco frenéticamente una respuesta, ahogado por la ansiedad, mientras mis compañeros esperan, impacientes, chorreando sudor negro y asustados.

Muy asustados.

Vamos a morir.

 

 

¡No!

Miguel se despertó con el sonido de su propia voz, empapado en sudor, y respirando entre jadeos. Se incorporó sobre su cama aún desorientado y tardó unos segundos en volver a la realidad. Ya debería estar acostumbrado. De nuevo, las pesadillas se cebaban en él.

Hacía un calor de mil demonios. Ourense en verano se transformaba en un maldito horno. Eran solo las seis y media de la mañana, y se tendió de nuevo sobre las almohadas. Una luz tenue entraba por las ventanas abiertas de par en par, y una brisa movía perezosamente los visillos, pero no alcanzaba a refrescar.

Intentó volver a dormir, aquel día libraba y necesitaba descansar. Desde que empezó la temporada de incendios, no pegaba ojo. Como cada maldito año. Cada año desde aquel infierno.

Los minutos pasaban. Miguel miraba sin ver una pequeña grieta en el techo. Le hubiera venido bien tener a su lado a una mujer. Su pene latió ante el pensamiento de un cuerpo femenino. Cualquiera. Dibujó en sus fantasías la curva de una cadera llena, unos pechos generosos, unos labios entreabiertos. Funcionó. Llevó una mano hasta la incipiente erección y la rodeó, desganado. Hacía un calor de mil demonios, pero sabía que era la única manera de volver a conciliar el sueño. Cerró los dedos con fuerza en torno a su pene y movió la muñeca. Lento, al principio. Poco a poco, a medida que la excitación crecía, fue aumentando la velocidad del movimiento. Las imágenes inconexas en su mente cuajaron en la silueta de la última mujer con la que había estado. Una punzada de culpabilidad empañó por un segundo el ritual, pero se diluyó con rapidez entre respiraciones entrecortadas. Ni siquiera le había pedido el número de teléfono. ¿Para qué? No pensaba llamarla. Su corazón latía fuerte y constante. Los músculos, en tensión. Con el pulgar, rodeaba el glande para añadir un punto extra de placer. Con el puño, batía con furia su sexo. No duró mucho. Con un gruñido, llegó al orgasmo y se corrió en su mano. Era la mejor manera de evitar un desastre.

No se molestó en levantarse. Se limpió con la sábana y se tendió, desnudo, sobre la cama. Un sopor agradable invadió su cuerpo. El sudor se enfriaba sobre su piel con una bienvenida sensación de frescor, y por fin pudo quedarse dormido.

 

 

El timbre insistente del móvil lo despertó más allá de la una de la tarde.

—Miguel, coño. ¿Estabas durmiendo?

La voz acusadora de su jefe lo trajo de vuelta a la realidad. Si lo llamaba en su día libre, era porque necesitaban refuerzos, y se despejó de golpe.

—¿Qué pasa, Paco?

—Necesito que te acerques hasta Verín. Hay un fuego que empieza a descontrolarse, y quiero que tú y Juan nos ayudéis.

—¿En el pueblo?

—No, es en el monte. Nos vemos en el parque del polígono en una hora.

Miguel ya se había levantado de la cama cuando contestó.

—Ahí estaré.

 

 

La densa humareda impedía la visibilidad más allá de unos pocos metros. Una ambulancia medicalizada del 061 avanzó con prudencia por la carretera secundaria hasta que la luz azul de la baliza de un coche de la Guardia Civil les indicó que iban en la dirección correcta.

El conductor bajó el cristal cuando el agente, que cubría su rostro con una camiseta blanca de algodón, se acercó hasta ellos y retiró de su boca la improvisada mascarilla.

—La otra unidad acaba de pasar. Será mejor que os deis prisa, ahí delante hay un puto infierno —gruñó—. Tened cuidado y, si las llamas han llegado a la carretera, dad la vuelta.

Irene y el conductor de la ambulancia asintieron, la cosa no estaba para bromas. El guardia civil calculaba que les quedaban unos cuatro kilómetros para llegar al lugar del siniestro: una pareja de turistas, en un coche familiar, se había despeñado monte abajo desde la carretera cuando huían al ser sorprendidos por el incendio. No sabían nada más, los bomberos trabajaban para sacar a los pasajeros y se necesitaban dos ambulancias. Ellos eran los segundos en llegar.

 

 

Las llamas estaban muy cerca. Miguel podía escuchar el rugido ensordecedor que hacía vibrar la tierra bajo sus pies. El jefe de su unidad se hacía oír a gritos por encima del estruendo. El calor era insoportable y la visibilidad nula, pero había que sacar a los del coche, que yacía atravesado en la carretera hecho un amasijo de hierros.

—¡Vamos, Miguel! —le arengó Juan, su compañero, que ya se había puesto el equipo de seguridad.

Terminó de colocarse la mascarilla, ignorando los cincuenta kilos de peso del material, y prestó atención a las órdenes de Paco, jefe de la brigada.

—No hagáis ninguna gilipollez. Sacad a la pareja, rápido, y traedla hasta la zona segura. Si escucháis la sirena, volved sin mirar atrás.

Ambos bomberos asintieron: tenían experiencia y sabían a lo que se enfrentaban.

Bajaron por la carretera sintiendo cómo el calor ardiente los envolvía como si hubieran abierto las puertas del mismísimo infierno. El asfalto empezaba a licuarse, con el fuego rozando ya la cuneta, e ignoraron la sensación de que las suelas de las botas se derretían bajo sus pies. Rodearon el vehículo con cuidado e intercambiaron una mirada. No había nada que hacer por el hombre. Su cabeza había estallado contra la luna delantera y el techo aplastado le había roto el cuello en un ángulo antinatural.

—El conductor está muerto —anunció Miguel por la radio.

—Vamos con una camilla —respondió, lacónico, su jefe.

Con sangre fría, dejaron el cuerpo a un lado de la carretera. Necesitaban sacarlo para poder acceder hasta la mujer. El lado derecho del coche estaba hundido en la tierra como si le hubieran cavado una tumba a medida. Miguel se arrastró con dificultad por el suelo, maldiciendo el peso del equipo, y cortó el cinturón de seguridad. La mujer todavía respiraba, aunque tenía el rostro lleno de sangre. Le puso el collarín. Ni pensar en colocarle la tabla espinal, era imposible. La agarró por el hombro e intentó arrastrarla fuera. Ella emitió un gemido débil de dolor.

—¡Vamos, Miguel, hostia! —se impacientó Juan—. ¡Esto se está poniendo feo!

Tiró de nuevo de la mujer, que se desplomó hacia él. Mejor. Si estaba inconsciente, sería mucho más fácil movilizarla. «Vamos. Un poco más». Las piernas estaban atrapadas, e intentó echar el asiento hacia atrás manipulando la palanca con dificultad. Se movió un par de centímetros. Lo justo para liberarlas un poco.

Dejó escapar un gruñido primario con el esfuerzo y atravesó por fin el cuerpo de la mujer sobre el asiento del piloto. Como si fuera una muñeca de trapo, la sacó al exterior. Entonces lo vio. La mujer llevaba un chupete colgando de un prendedor y una pequeña cadenita de plástico. El humo era negro y mil virutas ardientes empezaban a volar hasta ellos, conformando un paisaje irreal.

Ya habían retirado el primer cadáver y la ambulancia del 061 esperaba a la mujer con el motor en marcha. Rápidamente se hicieron cargo, y Miguel comenzó a desabrocharse el arnés que llevaba el equipo de recirculación de aire.

—Miguel, ¿qué carallo haces? —preguntó Juan, consternado.

—Hay un niño. En el asiento de atrás hay un niño.

La voz de su jefe por la radio los llamaba de vuelta al camión. Tenían que marcharse de inmediato, y Juan miró a su compañero con aprensión.

—Miguel, tenemos que irnos. Ya.

El bombero se había despojado de todo el equipamiento y sostenía la mascarilla sobre su rostro, enfrentando a su mejor amigo.

—Vete si quieres, Juan. Yo voy a sacar al niño.

—¿Qué hostias pasa? —se escuchó por la radio la voz exasperada de Paco. Juan asintió en dirección a su compañero.

—Paco, hay un niño en el asiento de atrás. Miguel va a intentar sacarlo.

El bombero no se quedó a escuchar la diatriba airada de su jefe, tildándolos de irresponsables y llamándolos de vuelta al camión. El aire sin la máscara era irrespirable y cerró los ojos, que lagrimeaban sin control por efecto del humo ardiente. Volvió a arrastrarse entre los hierros, alargó un brazo por el estrecho hueco que quedaba entre los asientos y alcanzó la piernecita inerte de un niño. Un bebé, más bien. A ciegas, tanteó con la mano y abrió el cinturón de cinco puntos de la silla de seguridad. El niño no se movió. Volvió a tirar. Sentía el calor despellejar su espalda y el rugido de las llamas muy cerca, pero apretó los dientes y, con un último esfuerzo, tuvo entre sus manos el cuerpo de una niñita de unos dos años. No se preocupó de si respiraba o no. Se la pasó a los brazos extendidos de Juan y se apoyó en su hombro, tosiendo compulsivamente y con los ojos enrojecidos, lagrimeando sin control.

—¡Vámonos!

Miguel trastabilló, preso de la tos que se había apoderado en espasmos de su tórax, como si el diablo que habitaba en ese infierno reclamara que le devolviera a sus víctimas.

Miró aliviado la silueta roja y brillante del camión entre la humareda y las luces de emergencia de varios vehículos. Manolo, el compañero de su jefe, le echó un cubo de agua sobre la cabeza, y Miguel lanzó al universo una plegaria de agradecimiento. Pero, de pronto, esa abrazadera que asfixiaba su pecho se ensañó con su garganta y se cerró, quitándole el soplo de aire que aún lo mantenía con vida. Abrió los ojos ciegos en una mueca de pánico visceral y sintió que el suelo se abría bajo sus pies mientras luchaba en vano por respirar. El diablo del fuego por fin lo había devorado.

 

 

Una mujer manipulaba el respirador de transporte colocado en el techo de la ambulancia, intentando mantener el equilibrio en el estrecho espacio entre la camilla y el asiento. A su lado, un enfermero preparaba medicación en una mascarilla. Ambos parecían preocupados y Miguel se preguntó cómo de grave estaba en realidad. Intentó reacomodarse bajo las cinchas que lo sujetaban, impidiéndole incorporarse.

La sirena ululaba ensordecedora y escuchó a la que supuso era la médico del 061 soltar un juramento. ¿Quién iba a escucharlos en aquel lugar? Inhaló con cuidado, limitado por el dolor. Al menos el aire se había aclarado un poco y ya no sentía que respiraba carbón.

— … agua.

Su voz sonó débil y agarrotada, desgarradora como el graznido de un cuervo, y la mujer pareció volver a la realidad al ver que había despertado. A Miguel no se le escapó el suspiro de alivio que soltó ni la mirada asustada de sus ojos verdes.

—¡Agua! —repitió impaciente. Sentía arder en su garganta todos los incendios que había apagado desde que era bombero. En ese momento, se dio cuenta de que su jefe lo acompañaba también.

—Nada de agua —respondió secamente la chica—. Y estate callado, que tienes toda la garganta en carne viva.

—Casi te mueres, cabrón. ¡Menudo susto nos has dado! —dijo Paco, agarrando con fuerza la mano que portaba la vía venosa por la que entraba el suero a chorro—. ¿Por qué nunca haces lo que se te dice, Miguel?

—Necesito agua, por favor. Me estoy abrasando —murmuró de nuevo, en un ruego ronco. Ella negó con la cabeza, pero deslizó por los labios agrietados y secos un algodón empapado en el preciadísimo líquido.

—Más —demandó Miguel.

La chica no le hizo ningún caso. En vez de eso, le puso en la cara una mascarilla que soltaba una desagradable nube de vapor frío que lo hizo toser con intensidad. Miguel soltó un jadeo de dolor inesperado. Mil brasas parecían atacar sus pulmones como si hubieran prendido en combustión espontánea. Le echó una mirada, evaluando a la médico. Era muy jovencita.

—¿Seguro… que sabes… lo que haces? —preguntó entre toses, sin esconder la duda en el tono de su voz. Ella se echó a reír con cierto deje amargo.

—Pues más te vale, porque tenemos más de una hora de camino hasta la UCI de Ourense.

—Joder —gruñó Miguel. Más valía tenerla de aliada y no de enemiga—. Esto duele. ¡Duele, joder! —apretó los dientes, intentando aspirar el líquido nebulizado que intuía que le vendría bien, pero que le estaba sentando fatal.

La mujer intercambió unas palabras con el enfermero; poco después, un alivio lento y un letargo empezaron a invadir su cuerpo, haciéndole sentir que perdía el control de los músculos. Asustado por el efecto del sedante, comenzó a hiperventilar.

—Respira lento. Tranquilo. ¡Tranquilo! —exclamó ella, consternada ante la respiración acelerada y la expresión de pánico del bombero.

Lo último que vio antes de volver a perder la consciencia fueron unos ojos verdes y preocupados.

 

Mimmi Kass

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Javiera Hurtado Written by:

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