Diagnóstico del placer: La cruda realidad

LA CRUDA REALIDAD

¿Por qué la ropa interior traía tantas malditas etiquetas? Inés tironeó de las lenguas blancas y ásperas con irritación. Había más tela en ellas que en la prenda. El buen humor que pretendía invocar con el estreno de un nuevo conjunto se evaporó al comprobar que, al arrancarlas, había hecho un bonito agujero al encaje de sus bragas. No tenía tiempo de cambiárselas. Se había dejado el móvil en el coche y, solo por inercia, su despertador interno la salvó de tener que dar unas cuantas explicaciones en el trabajo.

     Sacudió la cabeza intentando deshacerse del mal genio que la embargaba desde que se levantó de un salto al comprobar que eran casi las ocho de la mañana. «Semanita premenstrual» recordó, preguntándose el porqué de su enfurruñamiento, mientras terminaba de vestirse a toda prisa. Y el agotamiento por las mil vueltas que había dado en la cama antes de quedarse dormida tampoco ayudaba. No podía quitarse a Erik de la cabeza.

 

 

Respiró hondo y se ordenó a sí misma poner buena cara al tiempo que entraba en la sala de juntas. Todos estaban allí: adjuntos, residentes, cardiólogos y cardiocirujanos. ¿Qué se había perdido? Varias conversaciones en voz baja se desarrollaban a la vez y, a la cabecera de la mesa, Guarida y Erik discutían frente a la pantalla de un ordenador. ¿Dónde estaba su tutor?

Miró de reojo hacia el vikingo y la invadió una extraña sensación de pérdida. Las manos fuertes y nervudas se aferraban al borde de la mesa, y no pudo evitar el recuerdo de cómo se sentían sobre su piel. Con un esfuerzo de voluntad, rechazó las imágenes y se sentó junto a Daniel.

—¿A qué viene el concilio? —preguntó en un susurro.

—Hoyos está hospitalizado en la UCI —informó su amigo en voz baja—. Lo ingresaron anoche, aún no saben qué le pasa. Guarida intenta reorganizar la actividad de la Unidad.

Inés inspiró de golpe. Mil preguntas se agolparon en su mente de inmediato: ¿qué le habría pasado? ¿Sería una recaída del cáncer? Y se sintió incómoda al descubrir que también estaba preocupada por su propia suerte. ¿Quién sería su tutor ahora? Erik y Guarida seguían en su tira y afloja, y prestó atención al jefe, que había elevado la voz.

—Erik, ¡necesito que me cubras mañana en el quirófano! Tengo que asumir la jefatura y arreglar todo… esto —dijo Guarida, señalando el calendario de planificación en la pantalla.

—Mañana estoy saliente de guardia. No puedo asumir el quirófano sin haber pegado ojo. —Inés notaba los esfuerzos de Erik por no contestar de mala manera—. Ya sabes cómo es la UCI cardiaca.

Guarida chasqueó la lengua.

—Es cierto, se me olvidó tu guardia. Intentaré arreglarlo, pero no puedo suspender más cirugías —informó, señalando el ordenador con un bolígrafo—. La semana pasada anulamos varios quirófanos mientras estabas en el congreso.

—O la guardia o el quirófano de mañana. Suspende uno de los dos. Me voy. —Daniel se puso de pie de inmediato para seguir a su tutor—. Avísame lo que decidas, pero antes de las cinco de la tarde. No pienso pasar un minuto más de lo necesario en este puto hospital.

El portazo dio pie a que todos se movieran, presurosos, a sus puestos de trabajo. Guarida se sentó de nuevo, con aspecto de estar agotado.

—Marita, necesito que te ocupes de los pacientes de Hoyos. —Inés reprimió un gemido; eso quería decir que quien se ocuparía de todo sería ella—. Hoy no da tiempo a anular las citas, que Inés te ayude.

Asintió para demostrarles que estaba disponible para lo que fuera, pero Marita parecía disgustada.

—Tienes que solucionar esto cuanto antes, Hernán. ¿Cómo puede ser que falte un cardiocirujano durante una semana y se venga abajo toda la planificación? —Inés reprimió un gesto de conformidad, ¡tenía toda la razón!—. ¡La Unidad necesita otro cardiocirujano!

Guarida la miró, ofendido. Inés sabía que la cardióloga tocaba una fibra sensible con ese tema.

—Si el gerente del hospital decide que dos cardiocirujanos son suficientes para los pacientes pediátricos, yo no puedo hacer nada —respondió con amargura—. Si te parece que tú puedes hacerlo mejor, ¿por qué rechazaste la jefatura cuando Abel te la ofreció?

—¿Cómo puedes decirme eso? —contestó la cardióloga, airada.

Ambos se enzarzaron en una acalorada discusión e Inés y Viviana se miraron, incómodas. Quizá deberían haber salido también, y dejar que los adjuntos arreglaran sus diferencias en privado, pero ambos parecían haberse olvidado de que ellas estaban allí.

Viviana optó por retirarse discretamente, e Inés esperó con paciencia a que alguien le indicara lo que tenía que hacer

—Mucho me temo que vas a trabajar sola, niña —dijo la cardióloga por fin.

Inés apretó los dientes sabiendo que, nada más empezar la semana, el trabajo volvería a acumularse sobre su mesa.

 

 

Erik salió del despacho de su jefe intentando encajar la sensación de derrota. Llevaba toda la mañana metido en el quirófano, y le esperaba toda la tarde igual. No era más que un peón. Mano de obra, y a juzgar por la cantidad de horas que pasaba en el hospital, barata.

Daba igual la excelencia académica, los premios obtenidos o el prestigio recién adquirido en el congreso. Lo único que importaba era cubrir horas, y el hecho de que hacía el trabajo de tres cirujanos: Guarida acababa de informarle que tendría que hacer la guardia y, además, quedarse a las cirugías del día siguiente.

Según su jefe, tal y como su contrato estipulaba, «Excepcionalmente y por necesidades del servicio, la jornada laboral se extenderá según el acuerdo de ambas partes». Salvo que en este caso, el «ambas partes» lo había excluido a él.

Casi chocó con Inés, que salía de la consulta como una exhalación con una larga ristra de imágenes de una de sus ecografías, y con cara de estar bastante agobiada. Toda la Unidad estaba patas arriba con la falta del Dr. Hoyos.

Inés.

No pudo evitar una punzada de deseo envuelta en irritación. No había respondido a sus llamadas, ni tampoco al mensaje. Necesitaba resolver el malestar que se había apoderado de él desde que se despidieron la noche anterior, pero ella no parecía muy interesada en averiguar lo que pasaba.

—¿Al final se ha arreglado lo de tu guardia? —preguntó ella, sonriendo con simpatía.

—No, no se ha arreglado —respondió él secamente. La miró a los ojos, intentando descifrar qué era lo que pensaba. Su orgullo herido relampagueó con fuerza con la luz de aquella sonrisa. Ella lo observó unos segundos, interrogante, pero no dijo nada. Sabía que Inés se escudaba en su alegría al igual que él lo hacía en su hosquedad y mal humor. Reprimió las ganas de ofrecerle un millón de coronas por saber lo que sentía.

—Lo siento, vaya manera de empezar la semana —dijo al fin. Siempre amable, siempre cariñosa. La irritación creció junto con la sospecha de que no tenía ni idea de que él la había contactado—. ¿Te apetece comer algo? Yo voy a la cafetería —ofreció Inés, casual. Él la miró con expresión irónica.

—No, Inés. Sabes que no —contestó, tras una pausa significativa que decía más que la rotundidad de su negativa. No quería que los vieran juntos en el hospital.

—Muy bien, pues buena guardia —dijo ella, con una sonrisa radiante, y abandonando a paso rápido la unidad.

Erik la miró alejarse, la melena ondeando al ritmo de su paso rápido y nervioso, las caderas apenas insinuadas en la bata blanca. Recordó un asunto que tenía pendiente con ella y sonrió.

Había un modo de averiguar si sabía o no de sus llamadas.

 

 

«Menudo gilipollas», pensó Inés enfadada. Se lo había preguntado como lo habría hecho con Dan o con cualquier amigo, ¿creería que lo estaba persiguiendo? Podía creer lo que quisiera, pero le estaba bien empleado por pensar en siquiera tener una amistad con él. Se había acabado, más claro no lo podía haber dejado. ¿Cuándo iba a aprender?

Antes de marcharse a comer algo, fue a la UCI para visitar a Hoyos. Tenía poco tiempo, pero una preocupación latente la perseguía desde primera hora de la mañana. Apartó a Erik del centro de sus pensamientos y entró en la imponente sala de la UCI de adultos; su tutor estaba tendido en la cama articulada, solo. Inés sabía que el régimen de visitas era muy restrictivo, pero era desolador ver que nadie lo acompañaba La frialdad del amplio espacio en tonos blancos y azules la hizo estremecerse, no tenía nada que ver con el ambiente colorido y alegre que intentaban imprimirle en Pediatría. Se frotó los brazos, la temperatura era gélida, era más parecido a estar en un laboratorio que en una sala de hospitalización, las luces blancas e intensas hacían daño a la vista.

Se acercó a los pies de la cama, cogió la hoja de tratamientos del cajetín, y le echó un vistazo rápido a las múltiples medicaciones que sostenían las funciones de su corazón, sus pulmones y sus riñones. Estaba sedado por completo y conectado a un respirador. No pintaba nada bien, y se volvió hacia el médico tratante, que se acercó hasta ella con expresión preocupada.

—Aguanta, pero está muy débil —murmuró a su lado el ucista—. Anoche pensábamos que no saldría adelante.

—¿Se sabe algo más? —Inés aferró la mano de su tutor. Estaba tibia, pero inmóvil, y su piel se teñía de una palidez espectral. Unos dedos helados envolvieron su corazón.

—No. No hemos podido bajarlo al TAC. Hasta esta mañana no logramos estabilizarlo. —La alarma del monitor de otro paciente interrumpió sus explicaciones, y el médico se alejó, despidiéndose con un gesto, para ver qué ocurría.

Inés salió de la UCI con una sensación de irrealidad. Quisiera haberle contado lo bien que había ido todo en el congreso. Que estuviera orgulloso de ella, que viera que sí se involucraba, que sí podía hacer un trabajo duro, que la medicina era importante para ella. Se preguntó si tendría la oportunidad de hacerlo alguna vez.

 

 

Erik sonrió cuando la enfermera extrajo la aguja de su antebrazo y puso un apósito sobre la pequeña herida de la punción.

—Tiene que apretar, para que no le salga hematoma —dijo la chica. Era muy jovencita y estaba roja como un tomate. Ensanchó la sonrisa y ella lo miró con toda la pinta de querer esconderse debajo de la mesa.

—Gracias, lo haré.

Primer paso, listo. El resultado de las analíticas estaría en unos días, pero tenía las que se había hecho tres meses atrás. En la Unidad reinaba el silencio, y por la puerta entreabierta vio que Inés seguía trabajando en el despacho de residentes. Bien. Entró al suyo y abrió su historia clínica en el ordenador.

Mientras se imprimían las hojas, tras pensarlo un segundo, tecleó en la búsqueda de pacientes: María Inés Morán Vivanco.

Se desplegó la historia clínica, casi vacía. Un chequeo ginecológico un par de años antes, con todo en regla, el relato de la apendicitis, y unas analíticas. No lo había dudado ni por un segundo, pero era bueno comprobar que estaba sana.           Una cosa menos de la que preocuparse.

Cogió las hojas impresas y las metió en un sobre. Ahora se verían las caras.

 

 

Hasta que Erik no encendió la luz, no se percató de que ya casi había anochecido y que se inclinaba hacia la pantalla con los ojos entrecerrados para poder ver mejor.

—Te vas a quedar ciega —la amonestó.

Inés se frotó los párpados, obteniendo una agradable sensación de descanso al apartarlos del ordenador.

—No me había dado cuenta de que era tan tarde —musitó, con la voz ronca. Tenía la garganta seca, no había bebido nada desde el almuerzo y sentía que la lengua se le pegaba al paladar—. ¿Qué necesitas?

—Te llamé para recordártelo, pero no contestabas —dijo, blandiendo un sobre. Inés lo miró con curiosidad.

—¡Oh! Lo siento, me olvidé el móvil en el coche y esta mañana me levanté tardísimo. No me dio tiempo de ir a buscarlo.

—Te dejaste el móvil en el coche… ¿Te dejaste el móvil en el coche? —interrumpió Erik, endureciendo el tono—. No sé de qué me sorprendo. En fin, esto es para ti.

Inés recibió en sus manos el sobre y le dio las gracias, sacando las hojas. Vaya. Contenían el resultado de unas analíticas con hemograma, bioquímica, coagulación y serologías, incluido el VIH. Todo en regla. Miró a Erik, murmurando un agradecimiento, confundida.

—No entiendo, Erik. Esto no tiene mucho sentido, ¿no?

—Lo prometido es deuda —dijo él con una sonrisa torcida y sin dar mayores explicaciones—, los resultados son de hace tres meses. En cuanto tenga los últimos, te los paso.

Fue entonces cuando reparó en el pequeño apósito sobre el hueco del codo.

—Yo aún no los he impreso. Si esperas un momento, te los doy —comentó Inés, sorprendida por su celeridad en entregarle lo pactado. Aunque en realidad, aquel protocolo era inútil ahora que todo había acabado.

—No es necesario —aseguró él, interrumpiendo sus cavilaciones.

—Me halaga tu confianza —dijo Inés, sin saber muy bien qué decir.

—No, no me hace falta porque ya los conozco. Me he metido en tu historial y ya he visto…

—¿Que has hecho QUÉ? ¡Erik!

Inés estaba horrorizada. No tenía nada que esconder, pero suponía tal invasión de su privacidad que se quedó en blanco. Él tuvo la decencia de parecer al menos un poco culpable.

—Que sepas que después de esto, me siento con total derecho de revisar TU historial cuando me dé la gana —espetó, indignada hasta el punto de farfullar más que hablar. Erik se puso súbitamente serio.

—No lo hagas —dijo con tono de advertencia.

Inés soltó una risita incrédula. Estaba empezando a enfadarse de verdad, ¿qué mierda se creía?

—Inés, preferiría que no lo hicieras. Por favor —insistió, algo más conciliador ante su mirada acusadora—, ahí está el curso clínico de mi psicóloga y no me gustaría que leyeses esa información —concluyó, incómodo. Ella volvió a reír.

—Muy interesante —rebatió con sarcasmo—. ¡Un aliciente más para hacerlo! Pero tranquilo, grandullón, no tengo ningún interés en desvelar tus secretos —se apiadó, al ver el semblante angustiado de Erik—.  Eso sí, ¡no vuelvas a entrar en mi historia! Eso es un delito —le advirtió, señalándole con un dedo acusador.

—Lo siento —murmuró él, antes de desaparecer por la puerta.

Inés chasqueó la lengua, fastidiada. ¡No le tenía ningún respeto!, ¿por qué tenía la impresión de que podía avasallarla a su antojo?, ¿porque habían follado? Sentía que la cabeza le iba a estallar de la rabia.

 

 

Tras una noche dura, en que estuvieron a punto de perder a un pequeño con una sepsis, por fin pudo ir a dormir un par de horas. Inquieta, miraba el busca cada poco rato por si acaso se le había pasado una llamada inexistente. Finalmente, incapaz de quedarse en la cama, recuperó la mitad de su humanidad con una ducha reparadora y fue en busca de lo que le devolvería la mitad que le faltaba: un café bien cargado.

Se apoyó en la barra, ignorando el bullicio y la actividad reinante de la pequeña cafetería, y lo sintió antes de verlo. El instinto la hizo mirar en la dirección correcta. Los ojos azules de Erik la observaban desde la mesa de la esquina donde lo había visto en alguna otra ocasión. Su expresión era enigmática, contenida.

Correspondió con una sonrisa algo forzada. Tenía demasiado reciente el enfado del día anterior y estaba demasiado cansada para lidiar con él. Aun así, tuvo que frenar el impulso de dirigirse hacia su mesa. No quería tomar iniciativas que le ganaran más negativas por su parte: si quería algo de ella, que se lo dijera de frente.

Esperaba con impaciencia a que le sirvieran su pedido cuando Marcos se apoyó en la barra junto a ella.

—Hola. Menuda nochecita, ¿eh?

—Menuda noche de mierda, quieres decir —corrigió Inés. Ambos asintieron, resignados—. El peque está bien, he pasado por la UCI antes de venir.

Inés iba a comentar algo más, pero Marcos la interrumpió poniendo una mano sobre su brazo.

—Inés, escucha. Sé lo que me dijiste en su día, pero han pasado un par de meses de aquello y… ¿no te gustaría salir conmigo alguna vez? —Mierda. Ahí estaba la mirada de cachorrito desvalido. Marcos compuso un mohín de pena y no le quedó otra que echarse a reír—. ¿Una cenita de nada?

—No lo sé, Marcos —murmuró Inés. Erik estaba demasiado presente en sus pensamientos y en su piel. Y no había olvidado su salida de tono, aunque ahora le parecía más bien algo cómico.

—No hay prisa, piénsalo —dijo él, encogiéndose de hombros. Inés asintió de manera imperceptible y él le lanzó una mirada esperanzada—. Me conformo con eso.

Se marchó antes de que Inés se arrepintiera de ese sencillo gesto con la cabeza. No debería haberle dado alas, pero en realidad, no tenía ningún motivo para negarse.

Gracias a Dios, en ese momento, la camarera dejaba su café, su zumo y sus tostadas en la barra. Necesitaba desayunar e irse a casa. Sentía que si se echaba en el suelo, se quedaría dormida en el acto. Asió la bandeja y se sentó en una mesa al lado de la ventana, mirando de soslayo cómo Erik se marchaba de la cafetería sin siquiera hacer un gesto para despedirse.

 

 

Antes de irse a casa, pasó por la UCI con la esperanza de ver a su tutor despierto, pero seguía conectado al respirador. No había cambios, aunque al menos tenían un diagnóstico; las imágenes del TAC craneal en el ordenador mostraban la inconfundible silueta de un tumor: una recaída del cáncer pulmonar con una metástasis cerebral.

Una plegaria espontánea dirigida al universo brotó de los labios de Inés.

 

 

Frente a la puerta del ascensor de su piso, dudó entre recuperar su móvil del coche o pasar de todo e irse directamente a descansar. Soltó una maldición mirando al techo y bajó hasta la plaza de garaje. Seguro que su madre y Loreto ya estaban frenéticas, sin saber nada de ella durante más de veinticuatro horas, pero cuando tuvo el aparato entre las manos y revisó las llamadas perdidas, un solo nombre la dejó clavada en el sitio.

Erik.

Erik la había llamado.

Dos veces, justo después de haber llegado a casa.

Tuvo ganas de darle unas patadas a las ruedas del vehículo. ¡Qué mala suerte, haberse olvidado el móvil! Revisó con ansiedad WhatsApps y email por si había intentado comunicarse por otro medio con ella. Un SMS escueto, de tono casi clínico, hizo que el corazón le diera un vuelco.

      «No me gustó cómo nos despedimos anoche. Tenemos que hablar».

¿Quizá por eso se mostraba tan frío con ella? ¿Porque no había contestado? Un nudo de inevitable esperanza se le instaló en el estómago. La había llamado. ¿Por qué? ¿Qué querría?

Se debatió entre las ganas de devolverle la llamada o contestar su mensaje y el pánico a estrellarse contra un muro de piedra. Se lo había dejado bien claro: se había acabado. Sacudió la cabeza para alejar el insistente pensamiento con que la traicionaba su subconsciente. «Te echa de menos». No. No podía ser eso. Lo más probable era que se le hubiese olvidado algo en su coche, o tal vez tenía algo suyo o, ¡peor aún!, necesitaba darle algún recado importante del hospital.     Para ella, volvía a ser el Dr. Thoresen, cardiocirujano y nada más, pero no pudo evitar pasar todo el día pegada al móvil por si Erik la llamaba.

Al caer la noche, comprobó que no había hecho absolutamente nada. Había deambulado por su apartamento como alma en pena, limpiando y ordenando un poco tras casi una semana de estar fuera en el congreso, pero sus salientes de guardia solían ser mucho más productivos. Además, no había ido a danza.

Sonó su móvil y contestó desganada al comprobar que era Nacha.

—¡Hola! ¿Te pasó algo? ¿Por qué no has venido a clase? —preguntó, preocupada.

—Nacha, soy una tonta, una imbécil y no tengo remedio —dijo, fastidiada. Su amiga se reía al otro lado del teléfono—. Llevo todo el día esperando a que Erik me llame, ¿se puede ser más patética?

Inés estaba furiosa consigo misma por haber pospuesto todo lo que tenía pendiente «por si acaso» él la llamaba. No era patético, era tragicómico. Pero Nacha no la llamaba por eso.

—Inés, en realidad te llamo para avisarte. Cecilia te ha puesto verde, ha dicho que te manda de una patada en el culo al nivel básico, y que si vuelves a faltar, te va a echar directamente —dijo, preocupada.

—Mierda… encima el jueves tengo guardia —lamentó aún más el haber faltado sin motivo. «Asúmelo Inés. Erik no te va a llamar», pensó con amargura—. ¡Mierda!

—El viernes ven a recuperar, eso te hará ganar puntos. Vas a tener que aguantarla —aconsejó Nacha, solidaria.

—Tengo la reunión de cardio, tampoco voy a poder ir. ¡Joder! —Con lo mucho que le había costado alcanzar el nivel superior, ahora tendría que empezar de cero.

—Inés, no dejes que ese huevón te sorba el coco —la apremió su amiga, antes de colgar—. Tú vales mucho más que unos polvos, por muy buenos que sean.

Inés se quedó con un regusto amargo con la conversación, Ignacia tenía la cualidad de incidir siempre en sus puntos débiles y no lo encajaba nada bien, pero como muchas otras veces, tenía razón. No podía permitir que Erik la afectara de ese modo. Para empezar, tenía que moverse del sofá.

Como había dormido una siesta de tres horas y llevaba todo el día vagueando, no le apetecía meterse en la cama. Decidió ir a correr, olvidar por un momento al vikingo y salir del estado de ameba.

 

 

Media hora más tarde, corría a buen ritmo por el paseo de Américo Vespucio, bajo la luz de los potentes focos. Hacía mucho frío, y eso había espantado a mucha gente, pero tampoco estaba desierto. Lo prefería así. Aunque le gustaba correr sola, Santiago seguía siendo, en muchos aspectos, una ciudad peligrosa.

Estaba llena de energía, así que cuando llegó a sus kilómetros objetivo, en vez de aminorar, dio la vuelta al mismo ritmo. Empezaba a recuperar la forma.

Las endorfinas hacían su trabajo al inundar su cuerpo, borrando el malestar y la pereza acumulada de la tarde. Se sentía eufórica; esa era la razón por la que la gente se enganchaba a correr.

Al llegar al cruce para volver a su calle, una silueta familiar llamó su atención. «No me lo puedo creer», exclamó mentalmente, al tiempo que miraba al cielo en busca de paciencia. Erik hizo un gesto de saludo e Inés aminoró el paso, lanzando una mirada anhelante en dirección a su apartamento.

—Hola, Erik, me pillas de vuelta —aclaró antes de que él hablara, para asegurarse una vía de escape. Él parecía incómodo.

—Inés, escucha… —Se detuvo sin saber muy bien qué decir, y ella recordó las llamadas.

—¿Te olvidaste algo en mi coche?

—¿Eh? ¿Qué? —respondió él, con extrañeza. Inés lo miró divertida.

—Vi tus llamadas y tu mensaje esta mañana, al volver de la guardia —dijo Inés. Tragó saliva antes de proseguir, esperaba que no se notara demasiado la flagrante mentira que le iba a soltar—, pero he estado demasiado liada para llamarte, lo siento.

Erik soltó en una risotada.

—No, no me he dejado nada en tu coche. No es por eso, ya hablaremos. Estás muerta de frío y yo necesito una buena carrera —añadió, al ver como Inés se frotaba los brazos y daba saltitos frente a él.

—Pero ¿de qué quieres hablar? —No. No podía hacerle eso. ¿La iba a dejar con la intriga? ¡Cabrón!

—Te llamaré, vamos a cenar y hablamos —esquivó Erik, sin darle una respuesta. Inés fingió pensárselo, ella también podía hacerse la difícil.

—De acuerdo, pero el jueves tengo guardia y estoy pendiente de una salida a cenar con Marcos… —No podía creerlo. Estaba utilizando a Marcos, al que no tenía ninguna intención de acercarse, para hacerse la interesante. Patético. Encima Erik se echó a reír, sin darle ninguna importancia a su comentario

—Pues revisa tu apretada agenda y avísame cuando puedas hacerme un hueco.

¡Mierda! Su estúpido plan se había vuelto en su contra. Ahora era ella quien tenía que dar el paso. Inés forzó una sonrisa reservada, musitó una despedida, y volvió a la carrera aprovechando que el semáforo se puso en verde.

¿Argucias femeninas con Erik? Y una mierda.

 

©Mimmi Kass

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Javiera Hurtado Written by:

6 Comments

  1. Graciela
    9 noviembre, 2016
    Reply

    Este capítulo me crea mucha expectactiva de lo que en adelante suceda entre Erik e Inés, aunque la cosa quedó muy clara en el último capítulo (aparentemente), pero también mucha certeza de lo que realmente quiere Inés y que le agobia la cabeza: un mayor vínculo con Erik pese a la plena satisfacción sexual que él le brinda, la frase de Nacha es linda “Tú vales mucho más que unos polvos, por muy buenos que sean” cómo entrar en razón cuando alguien te remece la piel,las emociones, la mente todo al mismo tiempo,y no tener certeza de adonde va esto? Mira cómo la erótica te hace pensar en mucho más que sólo sexo que obviamente es el tema rey del libro,pero que tu estilo lo enriquece mucho Mimmi, y se agradece bastante, besos y mucho éxito en tu carrera literaria.

    • 9 noviembre, 2016
      Reply

      ¡Hola, Graciela! Bienvenida de nuevo, linda! Muchas gracias por tu comentario. Así es, Inés no se conforma y Erik sigue cerrado y obstinado. Opino igual que tú, ¡la erótica debe ser más que coitos encadenados uno tras otro! Mil.gracias por tus palabras y dentro de nada, ya tenemos aquí a Erik y a Inés dando guerra. Un beso enorme. ???

  2. rosa maria
    19 noviembre, 2016
    Reply

    guau mimmi me ha encantado deseando tener el libro ufffff

    • 28 noviembre, 2016
      Reply

      ¡Bienvenida, Rosa María! Ya no queda nada, antes de fin de año, tendréis Diagnóstico del placer entre las manos. Mil besos y gracias por comentar. :*

  3. Isabelita
    9 enero, 2017
    Reply

    Oh! Dios mio!! Me ha super encantado!!! Quiero saber más…. Enamorada me hayo….Para cuando la continuación?? Por saber cuantos meses me quedan de morderme las uñas…
    Impresionante,me más sincera enhorabuena!!

    • 10 enero, 2017
      Reply

      Isabelita, me encanta tu comentario y me alegra muchísimo que te haya súper encantado. Vas a saber más, Erik e Inés tienen todavía muchas cosas que contarnos. El tercero, en verano.
      Mil besos,
      Mimmi.

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