Diagnostico del placer: Maia

MAIA

 

 

Antes de marcharse a casa después de la guardia, pasó por la UCI neonatal para interesarse por la pequeña de la malformación cardiaca. Sonrió al ver su oxigenación aceptable y sus constantes vitales normales.

—Buenos días, ¿va ir a quirófano ahora? —preguntó a la enfermera que revisaba las múltiples bombas de medicación. Ninguno de los cirujanos estaba allí. Eso era raro.

—No, irá a última hora. El Dr. Thoresen tiene el día libre.

—¡Gracias! Que tengas buen turno.

¿Erik tenía el día libre? Eso sí que era una novedad. Inés se preguntó qué tendría que hacer.

 

 

 

Al llegar a casa, cambió la ropa formal que traía del hospital por otra más de su estilo. Sus vaqueros grises favoritos, botas planas de piel de oveja, un jersey grueso de cuello alzado de color negro y su cazadora negra. Todo muy cómodo y muy negro. Negro, negro y más negro.

Se envolvió el cuello con una bufanda gris de cuadros, se caló una gorra de fieltro y lana, y se puso los guantes. Desde luego, no iba a pasar frío. Acababa de empezar junio y el tiempo era totalmente invernal.

Cogió el metro de vuelta para ir al Costanera Center; le daba la sensación de que nunca salía de las cuatro calles de alrededor del hospital, pero tenía varias cosas que comprar y poco tiempo, y el centro comercial era el lugar perfecto. Se arrebujó en el asiento del vagón, casi vacío. Se sentía débil, agotada, y suspiró por un café y algo dulce. Antes de meterse en el monstruoso edificio, pasaría por el Starbucks.

Caminaba a buen paso por El Bosque Norte, escuchando a Snow Patrol por los auriculares, cuando le pareció que la llamaban. Se volvió, sin saber de dónde venía la voz, e iba a comenzar a andar de nuevo cuando un «¡INÉS!» con voz estentórea la detuvo en seco. Era Erik. No sabía de qué se extrañaba, estos eran sus barrios. Su piso quedaba tan solo a un par de manzanas de allí.

Se acercó, examinando desde lejos la escena, intrigada. Estaba sentado en la terraza del Dunkin´ Donuts, recostado sobre una silla metálica, y a su lado, una mujer joven de aspecto escandinavo tan parecida a él, que tenía que ser su hermana. Recordó de inmediato una foto en casa de Erik, y sonrió. Era su hermana. Y era muy guapa. «Y muy alta», pensó cuando ambos se pusieron de pie. Le llegaba a Erik a la nariz y a ella le sacaba una cabeza.

—¡Hola! —saludó, enrollando los auriculares y guardándoselos en un bolsillo. Erik la sorprendió hablando en inglés.

—Hola, Inés. Esta es mi hermana, Maia. Maia, esta es Inés, eh… uhm… una de mis residentes —presentó, con incomodidad evidente.

Ella no se inmutó y, sonriendo, extendió su mano enguantada para estrechar la que ella le tendía con una expresión amistosa en la cara.

—¡Encantada de conocerte! —exclamó, mientras intentaba desoxidar su inglés—, pero no soy una de sus residentes. Soy pediatra, residente de Cardiología Infantil.

Maia sonrió como si el error fuese lo más normal del mundo y le pidió que se sentara a tomar un café con ellos. Inés le echó un vistazo rápido a su reloj, tenía idea de ir al Starbucks, pero hacía tiempo que no se comía un buen donuts. Asintió y se disculpó para hacer su pedido dentro. Le daba igual desayunar allí o en cualquier otro sitio, y tenía que reconocer que estaba muy intrigada con Maia, pese a la incomodidad que suponía estar de nuevo cerca de Erik.

 

 

 

En cuanto se cerró la puerta de la pastelería, Maia se volvió hacia su hermano con una sonrisa divertida.

—Es más pequeñita de lo que suelen gustarte —valoró, con expresión traviesa.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Erik, con cara de pocos amigos. Esperaba que Maia se comportase y no lo pusiera en un aprieto. Su hermana le dedicó una mirada sarcástica, pero no añadió nada más. Inés se unía a ellos poco después con un café y un rollo de canela.

—¿Rollo de canela? —preguntó él, mostrando un súbito interés en ella. Inés se echó a reír y le tendió el plato.

—Toma, anda.

Se comió la mitad de un solo mordisco. Al saborear la masa esponjosa, dulce y especiada, cerró los ojos. Un intenso sentimiento de nostalgia por Noruega invadió sus pensamientos.

Llevaba un año y medio sin volver a casa.

 

 

Maia era tan locuaz y extrovertida como contenido y reservado era su hermano. En un rato de conversación, Inés sabía más de la familia y la historia de Erik de lo que él le había contado en meses.

Le explicó que estaba en Chile para explorar el mercado de maderas nativas y sacar ideas para incluir en su estudio de diseño de interiores. Se encontraba visitando a sus proveedores de Brasil cuando decidió hacerle una visita a Erik, e investigando un poco, le había llamado la atención la cantidad de maderas exóticas que ofrecía el país. Se quedaría en Santiago todo el fin de semana para pasar unos días con él y luego pondría rumbo al sur a visitar unos contactos.

Su marido, Corbyn, era su socio. Un inglés desencantado con la arquitectura tradicional y con una creatividad fuera de serie. Tenían tres hijos, unos mellizos de cinco años y una pequeña de dos.

Inés la escuchaba fascinada, feliz por añadir un trocito más en el mapa de su vikingo, que por cierto, se mostraba bastante frío. En ese momento, hablaba por el móvil paseando arriba y abajo por el tramo de acera frente a la terraza de la cafetería.

Ambas siguieron entretenidas con su charla. Ahora era el turno de Inés, que le contó sobre sus sobrinos, de edades similares a sus hijos, de su experiencia en Estados Unidos y de su trabajo en el hospital. Cuando Maia quiso saber si estaba soltera, respondió afirmativamente con una sonrisa. Cuando preguntó, con toda naturalidad, si estaba involucrada con su hermano, sonrió de nuevo, pero respondió con una evasiva.

—Mejor pregúntale a Erik.

Con lo reservado que era, no iba a facilitar ninguna información que él no quisiera desvelar. Tan reservado que ni siquiera le había contado que venía su hermana. Estaba claro que ella no era depositaria de ninguna confidencia sobre su vida cotidiana. Solo sexo y lo que ella le sonsacaba. Eso la deprimió un poco, pero se sacudió el sentimiento de inmediato. Se había acabado. No tenía por qué compartir con ella absolutamente nada.

Inés apuró el café, que con tanta charla se enfriaba, cuando Erik se acercó a la mesa y se sentó con expresión resignada.

—Tengo que irme al hospital. La paciente que te comenté anoche está programada para cirugía esta tarde, lo siento —informó a su hermana con expresión contrita—. ¿Recuerdas el código para entrar en casa?

Maia asintió con expresión despreocupada.

—No te preocupes, iré a dar una vuelta por la ciudad.

Erik parecía reacio a irse. Inés supuso que no querría dejar sola a su hermana, pero no podía librarse de ir al hospital. Los miró a ambos y se le ocurrió una idea.

—Yo voy ahora a uno de los mejores centros comerciales de Santiago, ¿te apetece venir conmigo? Está aquí al lado —ofreció, insegura. Quizá se estaba tomando demasiadas confianzas. Pero ella reaccionó con entusiasmo.

—¡Claro que sí! Hace mil años que no voy de compras tranquila y me vendrán bien algunas cosas —respondió Maia con una enorme sonrisa.

—Gracias, Inés —dijo Erik, con alivio evidente.

—No lo hago por ti, lo hago por Maia —replicó ella, algo cortante. No era cierto.

—¿Nos vemos esta tarde en casa de Álex para la reunión? —preguntó Erik, frunciendo el ceño. Seguro que se preguntaba por qué estaba tan borde con él.

—¿Vas a dejar sola a tu hermana también por la tarde?

—Me avisó el lunes que venía, no me dio mucho margen para reorganizar las cosas —dijo Erik, molesto. Ella negó de manera imperceptible con la cabeza y no respondió, realmente no era asunto suyo.

Maia los contemplaba con curiosidad. Inés se dio cuenta de repente de que habían cambiado sin darse cuenta al español y que hablaban muy cerca el uno del otro, casi tocándose. Era inevitable dejar traslucir la intimidad que había existido entre ellos, por mucho esfuerzo que pusieran en esconderla.

Finalmente, los hermanos se despidieron con un abrazo rápido y un beso en la mejilla. Inés se mantuvo en un segundo plano. Erik la miró de reojo por encima del hombro de Maia, con extrañeza, e Inés esbozó una sonrisa forzada y se alejó unos pasos. Era imposible mantener las distancias. Todo su cuerpo clamaba por él.

—Adiós, Erik —se despidió, con un gesto seco. Tomó buena nota de su expresión dolida.

«Sí, Dr. Thoresen, yo también puedo ser fría».

Agarró a Maia del brazo y se acercaron al semáforo. Poco después se marchaban en taxi.

 

 

 

Disfrutó de lo lindo su día de compras. Cuando Maia le pidió ayuda para elegir algo para Erik, se lanzó a su tienda favorita de ropa masculina. Se decidió por una camisa de corte deportivo, de un celeste intenso, y su amiga sonrió con aprobación. Inés ignoró, con una punzada de irritación, la ilusión que le generó saber que Erik llevaría puesto algo escogido por ella. Nunca le había hecho un regalo. Se sentía como si hubiera tenido la oportunidad de disfrutar de un enorme banquete y solo hubiese probado unos pocos bocados.

Después del afán consumista, se dirigieron al Appleby’s a comer. Una ensalada y unas fajitas de pollo para compartir. Inés reía ante la hiperactividad verbal de Maia, que comenzó a bombardearla con preguntas sobre Erik, algunas muy personales. Las esquivó como pudo. Cuando intentó sonsacarle por segunda vez si ella y su hermano salían juntos, se echó a reír a carcajadas, pero sin soltar prenda.

—¡Pregúntale a él! —repitió, sin dar su brazo a torcer. Ella correspondió con un mohín enojado, pero al darse cuenta de que no conseguiría nada, cambió de tema.

Salieron del centro comercial más allá de las cinco de la tarde, en dirección a una de las zonas de tiendas bohemias que seguro a Maia le encantarían.

Así fue. Inés disfrutaba viendo a su nueva amiga acariciar los cueros y los telares, apreciar las tallas de madera y los pequeños muebles artesanales. La llevó a un local de creaciones que mezclaban plata y crines de caballo teñidas de alegres colores y trenzadas en las formas más diversas, desde cuerdas sencillas hasta elaboradas flores y mariposas.

Casi pudo ver el signo de dólar en los ojos de Maia, que adoptó una pose profesional.

Inés tradujo la negociación y, tras quince minutos de caos, Maia se llevaba el contacto del fabricante directo y, a cambio, gastó una ridícula cantidad de dinero en muestras para llevar: broches, colgantes, pantallas de lamparita, esterillas… la vendedora mostraba una sonrisa de oreja a oreja.

Inés curioseaba unos telares cuando su iPhone sonó en el fondo de su bolso. Estaba anocheciendo y se acercaba la hora de ir a la reunión, seguro que Erik se preguntaba dónde estaban. Sonó una segunda vez antes de localizarlo y cuando leyó el remitente, le tendió el teléfono a Maia. Prefería no contestar ella la llamada. Cada segundo que hablaban, hacía más y más difícil apartarlo de sus pensamientos. Era incapaz de erradicarlo de allí.

Atendió con curiosidad mientras ella hablaba con su hermano en un idioma gutural y lento. Nunca había escuchado a Erik hablar noruego fluido, tan solo lo que suponía que eran palabrotas y algunas frases susurradas durante el sexo, cuando estaba fuera de control.

«Liten jente».

Recordó con claridad su voz grave susurrándole al oído, las manos fuertes recorriendo su piel, el peso de su cuerpo agotado sobre ella después de alcanzar el orgasmo.

De pronto, sintió unas absurdas ganas de llorar.

El nudo de su estómago volvió a apretarse con fuerza. Tenía que reconocerlo: lo echaba de menos. A él.

Notó cómo se sonrojaba y apartó su mirada de Maia. Habían pasado muchos días y por mucho que tratara de engañarse con que solo echaba de menos el sexo, extrañaba su sonrisa, sus comentarios agudos y sarcásticos, el calor de su abrazo en la cama… y por supuesto, el sexo. Suspiró y movió los hombros en un intento de relajarse.

Maia le tendió el teléfono al cabo de unos minutos.

—¡Vamos! Erik nos espera. Dice que me acompañes a casa y que vais juntos a algo de una reunión. —Se detuvo, con semblante preocupado, al ver la expresión tensa de Inés y ella se insultó por ser tan transparente. No tenía ninguna gana de ir a su casa, necesitaba marcar las distancias para normalizar lo antes posible. Si continuaba pasando tiempo con él, no haría más que empeorar la situación. No. No subiría.

Maia la miró, interrogante, e Inés la agarró del brazo para evitar las preguntas que pendían de sus labios. Se acercó a la calle y elevó una mano para llamar un taxi.

Mientras se dirigían a su destino, Inés estaba retraída y casi no habló, mientras Maia absorbía los detalles del paisaje urbano por la ventanilla con la expresión fascinada de quien disfruta con lugares nuevos.

Llegaron a Isidora Goyenechea cerca de las siete. Ayudó a Maia a cargar sus muchos paquetes en el ascensor y, cuando acabaron, apoyó la mano en la puerta de acero para que no se cerrara y la miró con expresión culpable.

—Yo mejor me voy —dijo, inclinándose hacia ella para darle un beso de despedida. Maia se alejó hacia atrás y la agarró de los hombros con gesto sorprendido.

—¿Tú no vienes?, pero ¿por qué? ¡Erik te está esperando! —preguntó con gesto herido. Inés negó lentamente con la cabeza, entristecida—. ¿Qué te pasa con Erik, Inés? —dijo, con cara de saber que algo malo pasaba. El tono no admitía evasivas y cruzó los brazos, expectante. Por un momento, se pareció tanto al Erik demandante y autoritario que tan bien conocía, que Inés se echó a reír. Suspiró, sin saber que decirle.

—Tu hermano… tu hermano es un hombre muy difícil, Maia —contestó por fin con voz cansada. La expresión ofendida volvió a los ojos azules rasgados.

—Mi hermano es un buen hombre —afirmó con decisión.

Inés le ofreció un gesto de aquiescencia con las manos abiertas.

—No lo dudo, pero es muy difícil.

Podía decirle que la hacía sentirse insegura, que a veces le daba miedo, que su frialdad la desconcertaba y que nunca le habían hecho el amor como él se lo hacía, pero no añadió nada más. Solo forzó una sonrisa tensa y le dedicó un gesto de despedida con la mano antes de marcharse.

 

 

 

 

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8 Comments

  1. Eli
    14 diciembre, 2016
    Reply

    Como siempre IM PRE SI ON AN TE!!!!!????

    • 22 diciembre, 2016
      Reply

      ¡Mil gracias, Eli! Espero que disfrutes tanto o más con el resto del libro. ????

  2. Zairobe
    30 diciembre, 2016
    Reply

    Me han encantado los dos libros, estoy deseando leer el tercero, espero no tardes mucho, tienes planificada alguna fecha de publicación? Y el tercero será el último?

    • 10 enero, 2017
      Reply

      ¡Hola, Zairobe! Bienvenida a mi rincón erótico. El tercero saldrá publicado en verano, ya estoy trabajando en ello. El tercero cierra un ciclo, pero no la serie. Inés y Erik tienen mucho que contarnos aún. Mil besos. Mimmi.

  3. Rosa
    4 enero, 2017
    Reply

    Para cuándo estará el tercero, El Segundo me ha encantado ? felicidades

    • 10 enero, 2017
      Reply

      ¡Hola, Rosa! Me encanta que te encante. El tercero lo tendréis en verano. Mil besos,
      Mimmi.

  4. Ossie castro
    6 enero, 2017
    Reply

    Saludos, me encanta leerte. Espero con ansias el tercero

    • 10 enero, 2017
      Reply

      ¡Muchas gracias! Estoy trabajando duramente para que tengáis el tercero en vuestras manos para el verano, en agosto. Mil besos, Mimmi.

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