El hombre fetichista (V)

El primer encuentro.

Despacio -ordenó Miguel, con tono seco.

Carolina detuvo el movimiento en el acto, sorprendida de la violencia de su voz, y con lentitud enloquecedora deslizó la tela azul de su vestido. Primero por sus brazos, después empujándolo con sensualidad en la zona donde se ceñía a sus caderas, hasta que la tela cayó a sus pies y tuvo que dar un pequeño paso para salir de él. La habitación estaba caldeada, pero su piel se erizó y se estremeció, nerviosa.
La respiración de Miguel se había hecho más rápida y más profunda. Carolina se volvió de nuevo, mirándolo por encima del hombro y dejando que su melena se interpusiera como un velo imperfecto ante sus ojos. Estaba en tensión, su mandíbula marcada y los músculos del cuello, prominentes y abultados. Los muslos, perfectamente delineados bajo la tela de gabardina beis del pantalón.

Sigue, Carolina. Por favor. 

El murmullo de su voz era irresistible y se volvió para quitarse el sujetador. Lo había elegido con cuidado para que resaltara el azul cobalto con su piel pálida. Tras unos segundos, sus dedos desengancharon por fin los broches y la prenda cayó al suelo. Sus pechos se liberaron y Carolina no pudo evitar emitir un suspiro de satisfacción pese al nerviosismo y la excitación que sentía. Se rindió a la necesidad imperiosa de masajearlos para restituir la circulación y llevó las manos hasta ellos, frotando suavemente las líneas rosadas entre ellos, donde los aros se habían clavado sin piedad.
Date la vuelta, Carolina– ordenó de nuevo Miguel.

Esta vez, dudó. Tan sólo la cubría la braguita de encaje y sus tacones de oficina y de pronto se sintió expuesta. Se cubrió los pechos con las manos, presa de la vacilación, pero Miguel no cedió.

-Date la vuelta. Ahora.

Se volvió, aún cubriéndose los pechos, clavando la mirada en él. Sus ojos eran salvajes y el deseo que trasmitía todo su cuerpo la envalentonó y continuó el masaje, sin apartar los ojos de Miguel, que no se movió. Tenía los pezones erectos y adoloridos por la necesidad de contacto y cambió la fricción firme de las palmas por las yemas de sus dedos, deslizándolas suavemente por ellos, acariciándose. Sentía su entrepierna empapada y se pellizcó los pezones dejando escapar un gemido casi imperceptible y él se revolvió en la silla, incómodo. Carolina desvió los ojos hacia la erección que pulsaba bajo sus pantalones y sonrió. Se sentía poderosa, peligrosa y prohibida.

Sigue -graznó él, humedeciendo sus labios antes de emitir la palabra.
Relato eróticoCarolina esta vez no se volvió.

Sosteniendo su mirada llevó los pulgares a ambos lados de sus bragas y sin prisas, las deslizó hasta las rodillas. Sacó un pie y luego el otro, y dejó la prenda sobre la cama. Durante unos segundos se irguió mostrándole su pálida y delicada desnudez, pero de pronto volvió a invadirla una incómoda sensación de pudor y se volvió para coger el pequeño tanga de tul. No la cubriría demasiado, pero era mejor que nada. Advirtió que el interior de sus muslos se había humedecido por la excitación de su sexo y un aroma dulzón y penetrante había invadido la habitación. La respiración de Miguel era más bien un jadeo que intentaba controlar, pero que se le escapaba de entre los labios delatando su excitación.
Los movimientos de Carolina se hicieron rápidos y bruscos, terminando de ponerse el tanga en unos segundos y cogió el corsé, por un momento desesperada por taparse, pero la voz profunda de Miguel volvió a ralentizar la escena.

Despacio, Carolina. Primero las medias. Después, los tacones.

Ella asintió, exhalando para controlar su turbación. Se debatía entre la sensación de sentirse como una diosa y como una niña haciendo algo prohibido.
Se sentó en la cama y evitando su mirada lasciva, recogió la primera media entre sus pulgares y sus índices y la deslizó, despacio, cuidando de mantener centrada la línea de la costura con el talón cubano, desde la punta del pie hasta casi el inicio de sus muslos. Repitió la operación con la otra, esta vez con más seguridad y mirando de nuevo a Miguel, ambos sonriendo quedamente.
Él estudiaba sus largas piernas, pero también la manera en que sus pechos chocaban entre sí y contra sus brazos con cada uno de sus movimientos en un bamboleo sensual. Los pezones sonrosados y erectos le produjeron la sensación ilusoria de tener en la boca un pequeño caramelo de fresa, duro y redondo, y tuvo que mover la lengua para deshacerse de la alucinación. Entre tanto, Carolina ya se había calzado los tacones.

Date la vuelta y abróchalos de pie, si puedes -ordenó Miguel. Ya no era capaz de esconder la lujuria en su voz.

Carolina entendió lo que quería ver y alcanzó las hebillas de uno de los zapatos con los brazos extendidos y sin doblar las rodillas. Sintió con vergüenza como la tira del tanga, muy pequeño, se hundía entre los pliegues de su sexo y sobre su ano e ignoró el jadeo de Miguel ante la visión. El nerviosismo traicionaba sus dedos y tardó algo más de lo preciso en abrocharse los zapatos. Cuando se alzó sobre ellos, colocando las guedejas de su melena corta tras las orejas, buscando de nuevo instrucciones, descubrió fascinada la erección rabiosa de Miguel, tensa bajo los pantalones. Había separado los muslos, buscando algo más de espacio y se había recostado en el respaldo de la silla.

La próxima vez, te pondrás el tanga al final -advirtió, con voz baja, aterciopelada, imposible de ignorar.

Carolina sintió sus mejillas ruborizarse de un rojo encendido, pero asintió. Nunca había estado tan excitada. Su vagina se contraían con dolor, los pezones rugían por ser tocados y sentía los labios hinchados, ingurgitados por la necesidad de besar y ser besados.
Se volvió y alcanzó la prenda que faltaba. Lentamente metió los brazos por los tirantes, acomodando la tela a su torso y abrochando por delante la línea de diminutos broches.

Miguel no perdía detalle, bebiéndose la figura de Carolina vestida con la lujosa lencería, sin parpadear. Ella recuperó parte de su seguridad al cubrirse un poco la piel, y con una sonrisa traviesa, se acercó unos pasos hasta él. Se detuvo y enganchó tres de los corchetes, lentamente. Se acercó un poco más, de manera que él tuvo que alzar la mirada para seguir el movimiento de sus dedos, ya cerrando la zona del pecho. Y un poco más, hasta que se atrevió a avanzar entre los muslos abiertos de él. esposas bondage
Ambos tenían la respiración entrecortada. Miguel desplazó su cuerpo hacia Carol en un movimiento inconsciente, pero las esposas estaban bien ceñidas y sintió un dolor lancinante cuando el acero se clavó en la piel de sus muñecas. Ella sonrió. Había sido una buena idea esposarlo.

Su sonrisa se tornó perversa cuando tomó entre sus manos el pequeño cuenco de frambuesas y probó una. La explosión de dulzor en su boca no sólo fue por la madurez perfecta de la fruta. Todos sus sentidos estaban alterados. Percibía el olor masculino y almizclado de Miguel, el aroma de la esencia de su sexo y el de las frambuesas, mezclado en un cóctel que le produjo un leve mareo, pero no vaciló.
Apoyó una rodilla en el estrecho espacio de la silla de cuero que quedaba entre las piernas abiertas de Miguel, y éste dio un respingo, inhalando aire con brusquedad, ansiando que desplazara la rodilla tan sólo unos centímetros más y se apoyara sobre su pene hinchado hasta el dolor, pero ella había entendido el juego demasiado bien y en ningún momento lo tocó.

Él tampoco se movió, pese a sentir verdadera desesperación por probar el tacto de su piel. Sabía que si la tocaba, toda la confianza construida en aquella sesión se desmoronaría como un castillo de naipes, así que cuando ella le exhortó para que abriera la boca y recibiera de su mano las frambuesas, intentó ignorar el calor que desprendía su cuerpo y se concentró en saborear los frutos, con la mirada engarzada en los ojos verdes y felinos de Carolina hasta que el cuenco quedó vacío y lo depositó sobre la mesa.

Aquel gesto sentenció el final de la sesión. El silencio en la habitación era tal que se habría escuchado la caída al suelo de un alfiler, sólo invadido por las respiraciones erráticas de ambos. La rápida y nerviosa de Carolina. La profunda y más jadeante de Miguel.
No le pidió que se vistiese despacio. Una prisa impaciente se apoderó a Carolina al darse cuenta de que llegaría tarde a su reunión. En realidad, no le importaba.
La experiencia había sido brutal, demoledora. La excitación, devastadora y con un grado de complejidad que nunca antes había vivido.

Cuando se arrodilló tras Miguel para quitarle las esposas, se atrevió a formular la pregunta que llevaba rondando su cabeza desde que empezó a vestirse de nuevo.
-¿Nos volveremos a ver?
Miguel se puso de pie, algo más recuperado el control de su cuerpo, y se frotó las muñecas adoloridas, acariciando con los ojos el rubor de las mejillas de Carolina, sus labios entreabiertos y el recuerdo de su olor.

-¿Quieres que nos veamos? –Ella asintió, mordiéndose el labio, consciente de haber desvelado su ansiedad por revivir la experiencia-. Hasta la semana que viene, entonces.
-De acuerdo -susurró ella, dirigiéndose hacia la puerta con la chaqueta colgando del brazo y el bolso, del hombro.
-Carolina…-. Ella se volvió, sorprendida de que no la siguiera hacia el pasillo exterior-. ¿Me permites quedarme unos minutos en la habitación?

Carol lo miró interrogante y algo impaciente. Ni siquiera cogiendo un taxi iba a llegar a tiempo a la reunión de la tarde.
-¿Qué necesitas, Miguel?
Él le lanzó una sonrisa torva, la miró con intensidad y señaló más abajo de su cintura.
-Necesito resolver un problema antes de enfrentar el trabajo de la tarde, o me volveré loco.

Fue entonces cuando Carolina advirtió la erección que aún se alzaba bajo la bragueta de su pantalón.
Reprimió una sonrisa traviesa, asintió sin emitir palabra y cerró la puerta, percibiendo de nuevo mientras caminaba hacia los ascensores esa inesperada sensación de poder.

 (c) Mimmi Kass. 

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