El hombre fetichista IX

EL hombre fetichista IX – Cruzar los límites

Las miradas de los cuatro hombres, junto con la sonrisa alentadora de Silvia, hicieron que Carolina se planteara seriamente desnudarse ante ellos. Se volvió hacia Miguel. De algún modo, necesitaba su aprobación. Él la miraba con admiración y sus labios llenos se curvaron en ese gesto que provocaba en Carolina un deseo irracional de morderle la boca.

Tú decides, Carolina. Tengo un conjunto nuevo guardado para ti, si quieres hacerlo.

El amplio loft en penumbra, la música suave y la inmovilidad de los hombres, que parecían esperar también una respuesta, la hicieron decidirse. Quería hacerlo. Un vacío se apoderó de su estómago, pero la excitación y el morbo superaban el miedo.

Asintió con vacilación, y después con firmeza.

De acuerdo, pero no quiero cambiarme aquí.

Ignoró las miradas de desilusión de los hombres. No le importaba mostrarse en lencería, pero deshacerse de las prendas que la unían a lo normal y lo prosaico de su día a día era otra cosa. Iba a atravesar un límite y quería dejarlo bien definido. Desnudarse frente a ellos sería difuminar la línea, dejar un terreno fronterizo entre ambos momentos, ofrecerles ser testigos de una transición para la que no sabía si, en realidad, estaba preparada.

Miguel la sostuvo del codo para conducirla con suavidad a una habitación. Por un momento, Carolina se despojó de la aprensión para mirar la cama, invitadora, apetecible. Su tamaño hacía de ella un campo de batalla espléndido, el cobertor de algodón de color crema, liso y suave, tan solo un poco satinado, se unía al tacto exquisito y ostentoso de una manta de terciopelo de color chocolate que no pudo evitar acariciar. El cabecero, con pequeñas tablillas paralelas, ofrecía un sinfín de posibilidades, y sobre él, una maravillosa pintura japonesa de una mujer en una suspensión de shibari, desató su curiosidad al límite. ¿Miguel sabría atar, o tenía ese grabado solo por sentido estético?

Él salió del vestidor donde había entrado unos momentos antes con un precioso conjunto negro colgado de una percha. Carolina lamentó no haber aprovechado la oportunidad de echar un vistazo a lo que había en su armario, pero Miguel cerró la puerta corredera y no pudo ver nada.

Estarás preciosa. Como siempre —la tranquilizó.

Carolina esbozó una sonrisa tenue y tomó entre sus dedos las dos piezas. La suavidad del encaje, frío y casi líquido entre sus dedos, la hizo ralentizar los movimientos. Miguel puso unas medias de blonda sobre la cama y una caja de zapatos, pero no le prestó atención. Contemplaba con fascinación la tela, repujada con unas delicadas cuentas de cristal que hacían las prendas pesadas, el tul no dejaría demasiado a la imaginación.

¿Prefieres que salga de la habitación?

Se volvió hacia él y lo observó. El solo hecho de verla con la lencería entre las manos lo había excitado. Podía verlo en el brillo de sus ojos, en la respiración rápida de sus labios entreabiertos.

No. Quédate.

Se dio la vuelta y le dio la espalda, llevando una mano hasta su cuello para hacer un gesto del todo innecesario para apartarse la corta melena y que él le bajara la cremallera del vestido. No necesitó decírselo, la carnada que le presentó funcionó a la perfección. Miguel se acercó a ella y pudo sentir su aliento cálido justo sobre su nuca. Abrió el vestido con lentitud estudiada y el escaso aire elimites-Carolina-Miguelntre ellos pareció vibrar, cubierto de una energía extraña.

Sabes que no puedo controlar lo que hagan los demás… —dijo Miguel, que apoyó los dedos sobre los tirantes de su vestido, y los deslizó sobre los hombros hasta hacerlos caer sobre sus brazos—. Sé que no quieres que te toque, no te tocaré, pero el resto…—sostuvo entre sus dedos los tirantes, y los bajó aún más. El vestido cayó al suelo y Carolina se envaró—. Sé que Marcos te desea. ¿Quieres que él te toque? ¿Silvia, tal vez?

Carolina negó con la cabeza, sin hablar. Los lugares donde Miguel la había rozado por casualidad, le ardían con un fuego que rayaba el dolor.

Él le desabrochó el sujetador, sin tirantes, y dejó la prenda sobre la cama. Carolina suprimió las ganas de masajearse los pechos. Quería que Miguel lo hiciera. Lo deseaba. Quería esas manos grandes y cuidadas sobre sus pezones, quería que abandonara esa frialdad y que la follara hasta hacerla gritar. Sentía la humedad empapar poco a poco sus bragas.

Quiero que me toque tú.

La frase quedó suspendida en el silencio de la habitación. Carolina sintió la ansiedad y el deseo atenazar todas las fibras de su cuerpo cuando Miguel deslizó la yema de sus dedo índice desde el nacimiento de su pelo y recorrió la línea de su columna vertebral en una caricia firme y lenta hasta el encuentro de sus nalgas. Dejó escapar un gemido y sus pezones se erizaron.

¿Estás segura, Carolina? Si abres esa puerta, no habrá vuelta atrás.

La voz de Miguel encerraba amenazas ominosas que hicieron que su corazón se desbocara, y se giró bruscamente para enfrentarlo. Alzó las manos hacia su pecho en un gesto inconsciente, pero él la aferró de las muñecas.

No, Carolina. Quiero que lo pienses bien.

Su fuerte agarre activó una corriente que viajó por sus brazos hasta sus pechos y de ahí, al centro más caliente de su cuerpo. Su clítoris reverberó y comenzó a sentir ese dolor intenso en su interior que delataba la necesidad de sentirse penetrada, pero de nuevo, su frialdad la desconcertaba. Lo miró a los ojos. Necesitaba saberlo.

CapU6WIWEAAJj9H¿No me deseas, Miguel?

El alzó la vista hacia el techo en un gesto de desesperación y después enfrentó sus ojos verdes.

Carolina, te deseo tanto que ahora mismo, si me dieras tan solo un milímetro de espacio, te tiraría sobre esta cama y te follaría hasta que acabases gritando.

¿A qué esperas? —lo retó ella. Le había leído el pensamiento.

Miguel soltó una carcajada y cerró los ojos con fuerza durante un instante. Carolina se desasió de su cepo y se quitó las bragas. Un aroma dulzón penetró su nariz y Miguel aspiró despacio, pero no se movió.

Se exhibió desnuda ante él, casi retadora, belicosa. Todo su cuerpo ardía.

Carolina —la voz de Miguel fue un susurro ronco—, te lo voy a preguntar una última vez. Ahí fuera hay cinco personas esperando. Quiero tenerte para  mí solo. Quiero que, cuando me hunda en ti, no haya prisas, ni compromisos, ni plazos. Quiero… —rió de nuevo con esa cadencia que resonaba directamente entre sus piernas —quiero tantas cosas que no sé por dónde empezar, pero creo que ahora no es el momento. Si me das luz verde, te follaré aquí y ahora, aunque prefiero esperar.

Carolina recordó al grupo que ya debía estar impaciente en el salón. Se había olvidado por completo. Ahora, estar frente a ellos no le parecía un plato tan apetecible. Quería comerse a Miguel. Quería su polla en su boca, envolverlo entre sus piernas, que la penetrara por todos los orificios disponibles. El deseo era irracional y con una fuerza absurda. Pero tenía razón. El hecho de que hubieran personas esperando sí hacía en cierto modo una diferencia.

Asintió con calma, tragándose las ganas. Estaba tan excitada que sentía ganas de llorar. Podía ver el bulto de la erección de Miguel, podía oler su perfume mezclado con el almizcle de su cuerpo sudando. Bajó los hombros, rendida y se volvió hacia la lencería, aunque la situación ya no le parecía tan atractiva.

Un momento —la interrumpió el, cuando ya comenzaba a quitar las etiquetas del conjunto—. Dame tus bragas.

Carolina lo miró, interrogante, y le tendió la prenda nueva.

No. Las otras. Las que te acabas de quitar.

Carolina las recogió del suelo y las depositó en su mano extendida. ¿Qué querría hacer con ellas?

Miguel se las llevó a la nariz, y aspiró con fuerza. Después, expuso la entrepierna, y con los ojos oscuros clavados en los verdes, lamió lentamente la tela. Carolina gimió. Su respiración se aceleró más y más cuando él siguió lamiendo y chupando sin quitarle los ojos de encima. Casi podía sentir esa lengua en su sexo, percibía con claridad la humedad descender por el interior de sus muslos. Sentía que la cabeza empezaba a darle vueltas.

Vete. Vete de aquí, Miguel —le rogó.

Miguel se detuvo, se metió las bragas en el bolsillo, y salió de la habitación sin decir ni una sola palabra.

 

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Javiera Hurtado Written by:

2 Comments

  1. Ashanty
    31 Julio, 2016
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    Hola mimmi me ha encantado este relato hacía mucho que quería encontrar uno así y lo encontré gracias a Wattpad tienes mucho talento. Síguelo please

  2. 13 Septiembre, 2016
    Reply

    voy a leer el Hombre Fetichista X y te doy mi comentario

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