El hombre fetichista (VII)

Carolina caminó de vuelta hasta la cama y alzó el arnés, estudiando las hebillas. Se lo puso por encima y ciñó las correas alrededor de sus pechos y su tórax, estudiando con curiosidad su reflejo en el espejo. El cuero negro y lustroso contrastaba sobre su piel pálida.

Tardó unos segundos en entender que las tiras que caían sobre sus muslos eran unos ligueros. Su pelvis quedaba desnuda. La última tira rodeaba su cintura, y su trasero y su monte de Venus quedaban enmarcadas por las que irían a sujetar las botas.

-¿Te gusta? -le preguntó a Miguel. Se veía agresiva, dura. La viva imagen de una dominatrix.

Me gusta -respondió él, con tono ronco y sin elaborar. En su mente, se imaginaba a Carolina de rodillas e inclinada hacia adelante, ofreciendo los orificios que acababa de ver, y a él penetrándola con furia mientras usaba las correas que atravesaban su espalda como asidero -. Ponte las botas -demandó.

Eran la guinda del pastel. El detalle sublime que Carolina, experta ya en el juego, había demorado hasta el final. Ella asintió, se mordió los labios, y escondió la barbilla hacia su pecho. Abriendo los ojos en una mirada provocadora, llevó en su mano las botas hasta volver a acercarse a pocos centímetros de Miguel.

-No sé si voy a ser capaz de guardar el equilibrio -dijo frotando los muslos uno contra otro. Miguel clavaba la vista en su pubis, depilado al completo, con la piel brillante por la lubricación dulzona que lo estaba haciendo enloquecer -. Mejor me las pongo aquí.

Abrió la cremallera de la bota, generando un sonido metálico durante unos largos segundos, y apoyó el vinilo sobre el muslo de Miguel. Las respiraciones de ambos se agitaron. Carolina alzó un pie delicado, con las uñas pintadas de un rojo impecable, y lo deslizó dentro con suavidad, apoyando la punta en la pequeña porción de silla entre las piernas abiertas.

Miguel inspiró lentamente por la nariz. El sexo de Carolina estaba a escasos centímetros de su cara, y por un momento, le sobrevino una insoportable sensación de mareo. Dejo caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos para recuperar el control de su cuerpo, y dio un respingo cuando sintió las uñas de Carolina clavarse en su cuero cabelludo, y los dedos aferrar su pelo corto.

-¡Mírame, Miguel! ¿No es esto lo que querías? -preguntó con voz sensual y a la vez agresiva.

Él volvió la mirada casi negra a los ojos verdes y se mantuvieron en un equilibrio de voluntades hasta que ella lo soltó. Muy despacio, arqueando la espalda y con el torso estirado para acercarle sus pechos enmarcados en cuero, Carolina tiró de la rodilla con una mano para darle una mejor visión de su vulva a la vez que subió la cremallera con la otra con lentitud estudiada. Miguel jadeaba, temblando por la contención. Las esposas se clavaban sin piedad en la piel de sus muñecas. Carolina terminó de abrocharse la bota embriagada con la sensación de poder. Sabía que podría obtener de él cualquier cosa que le pidiese en ese momento.

Suéltame -ordenó Miguel. El tono amenazador la hizo reír y negó con la cabeza.

No. Falta la otra.

Se equilibró sobre el tacón de aguja de la bota recién puesta, apoyándose por un momento en el hombro musculado. Introdujo el pie en la otra para abrocharla, pero en vez de en la silla, apoyó la punta en la ingle, justo junto a la erección que pulsaba bajo el pantalón. La diferencia de altura hizo que la hendidura sonrosada de Carolina quedara todavía más cerca de él. Miguel estudió los pliegues rosados, empapados y brillantes, el pequeño botón del clítoris, tenso e hinchado, y la línea violácea que marcaba el interior de su vagina.

Suéltame, Carolina. Déjame… tocarte. Carolina…-jadeaba sin ningún pudor. Miguel sentía que iba a perder la razón.

Carolina ya había subido la cremallera de la bota pero permanecía en la misma posición, erguida, sosteniéndose sobre el hombro de Miguel con una mano y abriendo el muslo para facilitarle la visión de su sexo con la otra.

Volvió a negar con la cabeza, pero esbozó una sonrisa que más parecía el gesto de enseñar los dientes de una loba ante su presa.

-¿Quieres tocarme? -susurró, invitadora. Miguel asintió con una sola inclinación de su cabeza-. No. «No voy a ponerte un solo dedo encima» -le recordó Carolina –pero no te preocupes. -Tragó saliva y se soltó del hombro de Miguel para colocar tras la oreja los mechones de la melena que le cubrían el rostro-. Yo me tocaré por ti.

Voyeurismo FetichismoMiguel temblaba de la cabeza a los pies. Nunca había tenido que apelar tanto a su autocontrol. Cuando Carolina deslizó la mano sobre su pecho, retorciéndose los pezones y emitiendo gemidos entrecortados, sintió que sería capaz de estallar las esposas, tirarla al suelo y follársela hasta hacerla llorar, pero cuando vio que esa misma mano recorría la línea media de su cuerpo y comenzaba frotar con movimientos circulares su clítoris, tuvo que volver a cerrar los ojos, era su última defensa.

-¡Mírame, Miguel! -exigió ella, implacable-. ¿Es esto lo que quieres tocar?

No pudo contestar. Carolina había deslizado ahora el borde de dos de sus dedos estirados entre sus labios y se masturbaba rítmicamente ante los ojos fascinados de Miguel.

Carolina se inclinó hasta que su boca delicada y lasciva quedó a milímetros de la de él. Podía sentir el calor húmedo de su lengua y por un momento, quiso sucumbir a la pulsión primitiva de morderle los labios carnosos, abrirle la bragueta, y dejarse empalar por su erección. Pero se mantuvo firme. Empezaba a entender las recompensas del juego. El cuerpo le dolía y clamaba por darle una clausura al devastador encuentro, pero ahí estaba la clave. En prolongar la agonía. En dilatar el final. En no satisfacer el primer impulso. En racionalizar el deseo hasta volverse locos.

Si me tocas… -susurró, deslizando las palabras en su boca abierta -. Se acabó.

Podía percibir la vibración del aire que los separaba y la lujuria que sentían se hizo insoportable, Miguel mantenía una tensión constante sobre las esposas, que se clavaban implacables en sus muñecas. Carolina frotaba cada vez más rápido, con la respiración acelerada y entrecortada, su núcleo palpitante e hinchado. Cuando introdujo esos mismos dos dedos con fuerza en el interior de su vagina dejando escapar un gemido, el pene de Miguel vibró, emitiendo el líquido preseminal, y todo su cuerpo se tornó rígido cuando Carolina se arqueó, dejando caer la cabeza hacia atrás, liberando su orgasmo con un grito ahogado.

Pero ni aun así detuvo la tortura.

Borracha de placer, riendo ante su propia audacia, se llevó los dedos empapados en su miel hasta la boca, succionándoselos con fruición, a la vez que pisaba con la punta de la bota la erección hercúlea. Movió el pie tan solo un par de veces y Miguel estalló en un clímax irrefrenable que lo hizo convulsionar sobre la silla, emitiendo un gruñido desgarrado totalmente a merced de Carolina. Ella dejó aparcado el placer delicioso que estaba experimentando para estudiar al hombre que yacía rendido, derrumbado y con un manchón de humedad decorando la entrepierna de su pantalón.

Sólo había posado una mano en su hombro. Sólo había apoyado la punta de la suela de su bota sobre su virilidad palpitante. Él no le había puesto un dedo encima, y ambos se habían corrido de un modo asolador.

botasMiguel recuperaba poco a poco el control de su respiración. Carolina se alejó hasta la cama haciendo un esfuerzo por caminar de manera equilibrada. Sentía que las piernas le fallaban. Se sentó en la cama y llevó una mano hasta su frente y cruzó las piernas en un intento de sofocar el fuego en el centro de su cuerpo. Se sentía febril. Agotada. Satisfecha.

Se despojó de una bota, y después la otra, y las dejó tiradas sin ceremonia sobre el suelo. Retiró el arnés y lo abandonó sobre la cama. No se molestó en ponerse la ropa interior, sino que se cerró el vestido sobre la piel desnuda y, descalza, avanzó hasta Miguel. Volvió a ignorar el dolor de sus manos por la necesidad de tocarlo y, con los dedos torpes y temblorosos, le quitó las esposas, que cayeron al suelo con un ruido sordo.

Miguel se puso de pie en un movimiento brusco. Sin tacones, Carolina se sintió pequeña e indefensa a su lado. Durante unos instantes eternos, se miraron a los ojos sin emitir ni una sola palabra. Sin pasar por el cuarto de baño, sin importarle la mancha de su pantalón, ignorando las prendas regadas por el suelo, se arrancó de los ojos verdes de Carolina y se marchó de la habitación del hotel.

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Mimmi Kass Written by:

6 Comments

  1. 10 diciembre, 2015
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    Ohhh! Madre mía!!
    Combustión espontánea!! 😉
    Otro gran fragmento!! Besitos

    • 11 diciembre, 2015
      Reply

      ¡Gracias por comentar, preciosa! Miguel y Carolina se merecían un poco más de calor en esta segunda sesión. 😛 La semana que viene creo que los dejaré descansar y retomaré “La solución”. Me alegra mucho que lo hayas disfrutado. Un beso enorme!.

  2. 10 diciembre, 2015
    Reply

    Por cierto, Rebeca = Beka October, Aunque seguro que ya lo habías deducido 😛

    • 11 diciembre, 2015
      Reply

      Un nombre precioso. Y sí, me lo imaginaba! 😛

  3. Manuel
    23 diciembre, 2015
    Reply

    Me gusto el poder que decubrio Carolina, y que supo usarlo a su favor, uno como hombre adora eso, creo que llevo a Miguel al infinito y mas alla. Cuando tendremos el placer de leer El hombre fetichista (VIII)

    • 4 enero, 2016
      Reply

      ¡Hola, Manuel! Así es, Carolina y Miguel tienen un intercambio de poder. Dentro de muy poco, ahora que he vuelto del parón navideño, subiré la continuación. Gracias por tu comentario.

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