El hombre fetichista (IV) – El primer encuentro

El primer encuentro se hacía realidad. Los nervios la traicionaban al atravesar con paso rápido la recepción. Iba directa hacia los ascensores cuando una amable recepcionista la llamó desde el mostrador.

Señorita Bauer, tiene unos paquetes a su nombre -le informó, desplegando sobre el mostrador varias bolsas de aspecto lujoso.
Por favor, haga que me las suban a la habitación -rogó, arreglando su melena con un gesto brusco.
Tan sólo faltaban unos diez minutos para que llegara Miguel. Había contado con poder disfrutar de una ducha, arreglarse un poco y deshacerse del aspecto de llevar toda la mañana de reunión en reunión, pero un problema de última hora la había retenido más de lo previsto y ahora tenía el tiempo justo para no pensar.
Llamaron discretamente a la puerta y el corazón le dio un vuelco. Se calmó al entender que serían los paquetes e hizo pasar al asistente, despachándolo con una propina, algo más brusca de lo que realmente pretendía.
Las instrucciones eran claras: no podría abrir nada hasta que él llegara. Pero sí podía jugar a adivinar su contenido.
La bolsa más grande guardaba una caja blanca satinada con elegantes letras negras y barrocas. Bordelle, rezaba la marca. Seguramente la lencería.
Otra más pequeña, con una caja cuadrada de zapatos, con el rojo inconfundible de los Louboutins.
La siguiente, de Agent Provocateur contenía unas medias.
El último bulto estaba envuelto en papel de embalar y llevaba la etiqueta de una dirección de Madrid. Serrano. ¿Sería su casa?
Retocó rápidamente su ligero maquillaje y arregló su melena corta, negra y muy lisa. Apretó el vaporizador de su perfume favorito y se alisó las arrugas del vestido azul eléctrico y corte lápiz que llevaba.
Su corazón latía desbocado y mil pensamientos cruzaban su mente, en un rápido balance entre lo bueno y lo malo, lo atractivo de la situación y sus potenciales peligros.
Echó un vistazo rápido a su reloj de pulsera, y justo a las dos en punto, unos golpes secos agitaron el silencio de la habitación.

Carolina exhaló lentamente, intentando controlar el temblor de sus manos, la sequedad de su garganta, la vacilación en su voz al hacerlo pasar a la confortable habitación.

Pasa. He pensado que podrías sentarte aquí -explicó, atropellando las palabras y posando sus manos en una silla de cuero blanca, que había apartado justo delante del gran ventanal.

-Hola Carolina, está bien -repuso él, distraído.

En realidad no le había prestado demasiada atención. Parecía más interesado en inspeccionar los paquetes sobre la cama. Carol se relajó un poco y dejó de retorcer sus dedos: desde luego, no daba la impresión de que fuera a abalanzarse sobre ella.
Miguel empezó a desenvolver el paquete de papel marrón sobre la pequeña mesa redonda. Una botella de agua con gas Perrier, pistachos de Irán, un paté con pequeñas tostadas al lado y un cuenco con frambuesas. Carolina frunció el ceño y él emitió una media sonrisa.

Esta es mi hora de comer -explicó con tono algo culpable-. Necesito picar algo, no tomo nada desde el café de la mañana

.
-Claro -murmuró ella. ¿Qué otra cosa podía decir? Le echó un vistazo rápido al reloj. Las dos y cuarto. Tenía que estar de vuelta en el estudio de arquitectura como muy tarde a las cuatro.
¿Tu no quieres tomar nada? -ofreció Miguel, tendiéndole el precioso recipiente de cristal con los frutos secos. Ella negó con la cabeza, estaba demasiado nerviosa para comer nada.

Eres un sibarita -intentó bromear, cruzando los brazos en un gesto inconsciente para cubrirse de la mirada intensa y oscura.
Tengo poco tiempo libre e intento disfrutar de las pequeñas cosas -replicó él, pero hizo un gesto quitándole importancia y desvió los ojos hacia la cama-. ¿Por qué no abres los paquetes?

Carol asintió y sacó la caja de Bordelle. Desató el lazo negro de terciopelo que la cerraba, sintiendo Relato erótico voyeurismo exhibicionismoque el nerviosismo daba paso al entusiasmo al apartar el mullido papel de seda que envolvía la pieza. De cerca era todavía más espectacular, a la luz del sol, el brocado de oro resaltaba sobre el verde esmeralda de la seda del corpiño, y el satén negro de las tiras brillaba sedoso.
Estiró con esmero la pieza encima de la cama y dejó debajo el pequeño tanga de tul transparente que hizo que sus mejillas enrojecieran. No iba a dejar nada a la imaginación; visualizó su monte de venus, suave y completamente depilado separado tan sólo por la casi transparente tela negra de la mirada de Miguel y la contracción de su sexo la pilló por sorpresa. Se dio la vuelta para observarlo, cruzando por su mente la idea de que él sabía que se estaba excitando, pero la miraba en silencio, bebiendo agua de una copa de cristal, acomodado en la silla con el aspecto de que nada ni nadie podría moverlo jamás de allí, y una expresión expectante pero serena en su rostro.
Después sacó la caja de zapatos. Le encantaban los zapatos y estos eran erotismo puro para los pies. De un charol negro impecable, una pequeña plataforma y un tacón afilado de catorce centímetros que destacaba tras la suela roja característica de los Louboutins. Tres tiras con sus pequeñas hebillas atravesaban el empeine. Eran unos zapatos para lucir en la alcoba, perfectos para la pieza de lencería que reposaba sobre la cama, no estaban pensados para la calle. Estaban pensados para el sexo.Los puso con cuidado en el suelo y estiró las medias de seda con costura al lado de la lencería. Ya estaba todo.
Notaba la piel desprender un calor extraño, se había sorprendido respirando de manera entrecortada por los labios húmedos y sentía su sexo tenso, casi agarrotado por la anticipación.
No tenía ningún sentido seguir dilatando el momento y se acercó a Miguel.

¿Has traído las esposas? -preguntó, sorprendida de su propia audacia y del tono autoritario de su voz.
Están en la caja – repuso él, lacónico.
Por primera vez desde que había llegado, Carolina notó la tensión en su voz grave. Las hermosas facciones de su rostro se habían endurecido, su mandíbula estaba tensa y los ojos se habían oscurecido aún más. Tuvo que hacer un esfuerzo para arrancarse de su mirada y sacar la caja verde de aspecto militar. Las esposas eran pesadas, de acero. No eran un juguete de sexshop, eran unas esposas reglamentarias y su visión le resultó muy estimulante.
Le costó unos segundos entender el mecanismo hasta que finalmente las abrió y se acercó con ellas a Miguel.

544c00cee29da.imagePon los brazos hacia atrás -ordenó, cortante. No iba a permitir una negativa. Él obedeció de inmediato, con esa sonrisa casi imperceptible deslizándose en sus labios. Carol se agachó tras él y ciñó las esposas en torno a sus muñecas tras el respaldo de la silla.

Tenía unas manos grandes pero elegantes, con venas prominentes y un vello castaño y suave naciendo de su dorso para hacerse algo más poblado por encima las muñecas. De uñas cuadradas y dedos largos y fuertes. Unas manos que Carol imaginó recorriendo su cuerpo y que ahora estaban confinadas a la inmovilización con el acero. Tuvo que reprimir el impulso de dibujar con la yema de los dedos las líneas misteriosas de sus palmas.
No me importa estar esposado – dijo Miguel, la voz aún en tensión y reacomodándose en la silla-. Pero sí no confías en mí, esto no va a funcionar.

Ella ignoró la advertencia velada: –Necesito estar segura de que no me vas a tocar. Quizás en una próxima ocasión… -se detuvo, no queriendo aventurar otro encuentro. Este todavía no había acabado y la montaña rusa entre el sí y el no seguía en disputa en su cabeza.
Miguel asintió con expresión resignada y Carolina se alejó hasta los pies de la cama. Entre ellos había unos dos metros y de pronto se le antojó una distancia muy escasa.
Le dio la espalda y llevó los ojos hacia el espejo sobre la cabecera de la cama. Era una situación extraña. Veía el reflejo de Miguel frente a ella y le daba la espalda para esconder su timidez y el nerviosismo que la embargaba, pero a la vez la excitaba que pudiera verla de frente también, aunque fuera de manera indirecta.
Se colocó de nuevo la corta melena con gesto nervioso y lanzó una mirada verde e insegura por encima del hombro. Miguel no perdía detalle de cada uno de sus movimientos. El tórax subía y bajaba en respiraciones profundas y la expresión anhelante de sus ojos oscuros la hizo sentir un poder que nunca antes había experimentado sobre un hombre.

Carolina sujetadorSe le escapó una sonrisa perversa, curvando los labios sin mostrar los dientes y volvió a mirar hacia el espejo, a la vez que llevaba su mano izquierda a la cremallera de su vestido. Lentamente, la deslizó desde la mitad de su espalda hasta más allá de la curva de su trasero y llevó las manos hasta sus hombros para retirar las mangas.

-Despacio -ordenó Miguel, con tono seco, cortante, implacable.

(c) Mimmi Kass.

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