El hombre fetichista (VI) – Segundo encuentro

Segundo encuentro

Esta vez se lo tomarían con calma. Tenían tiempo de sobra.
Después de darle muchas vueltas, Carolina había cedido al fin a la petición de Miguel de encontrarse a última hora de la tarde. Mejor. Ir a trabajar después de la sesión de la semana anterior había sido un infierno.
Sonrió mientras terminaba de maquillarse frente al enorme espejo del lavabo, cargando sus pestañas con máscara negra que hacía resaltar sus ojos. Los golpes de la puerta sonaron con puntualidad británica y su corazón y su clítoris latieron acelerados con la anticipación.

Al abrir, Carolina sonrió con calidez pese al gesto reservado y el saludo algo seco de Miguel.

He comprado un poco de vino, Riesling, espero que te guste -dijo ella, al tiempo que lo servía en dos copas.

Le ofreció una de ellas intentando controlar el temblor de sus manos. Él asintió, bebiendo un par de sorbos para abandonarla después encima de la mesa, y estudió a Carolina en silencio desde la silla de cuero, colocada en la misma posición de la semana anterior.

Ella dejó también la suya y le  lanzó una mirada rápida. Podía saborear la expectación, la tensión entre ellos podía cortarse con un cuchillo, pero él se mostraba distante, incluso frío. Carolina sabía que debajo de esa fachada de elegancia contenida se ocultaba un hombre pasional y erótico. Un animal sexual. Cansada del aparente desinterés de Miguel, se acercó a él, desafiante.

¿Dónde tienes las esposas? -preguntó, ladeando la cabeza con un gesto dulce que suavizó un poco la autoridad de su voz.

Miguel la miró durante un instante, y se preguntó en qué momento había perdido el control de la situación. Ahora era ella quien parecía llevar las riendas en todo momento, con la seguridad de quien conoce el poder que tiene sobre el otro. Tenía que reconducir la ventaja hacia él, pero no sabía cómo.

Están aquí -dijo sin dar mayor explicación, tendiéndole la caja.

Miguel esperandoEl sonido metálico al manipularlas hizo revivir sensaciones a Carolina. Las dejó colgar entre sus dedos y se acercó lentamente hacia Miguel, que elevó los ojos para estudiar su expresión lánguida. Se sostuvieron las miradas por unos segundos y después, ella deslizó las esposas por su pecho, por su hombro y su cuello, provocando que Miguel se estremeciera al sentir el contacto del acero frío contra la piel. Carolina escondió la sonrisa tras el velo de su melena mientras aseguraba sus muñecas en la misma posición de la semana anterior.

«Si me tocas, no me defenderé» había dicho Miguel, en aquella negociación que ahora se le antojaba tan lejana. Aprovecharía la prerrogativa. Tras ceñir las abrazaderas sobre sus muñecas, deslizó las yemas de los dedos por las palmas masculinas en un roce casi imperceptible y Miguel se envaró sobre la silla, tensando la cadenilla que unía sus manos. Carolina supo que lo tenía de nuevo a su merced.

¿Esto es lo que quieres que me ponga? -preguntó, ignorando los ojos oscuros y acusadores.

Miguel asintió sin pronunciar palabra. Se humedeció los labios, pero prefería no delatar en la tensión de su voz la excitación que ya palpitaba en su entrepierna.

Carolina sacó de una bolsa de terciopelo una maraña de cuero y acero que le costó unos segundos ordenar, hasta que extendió sobre la cama un arnés.

Esto es… diferente -observó, tocando con curiosidad las tiras negras que no cubrirían su cuerpo en absoluto.

Lo es -reconoció Miguel-. Espero que no te incomode.

Ella ignoró el deje algo condescendiente de su voz. Claro que no la incomodaba. La visión del cuero y el acero la excitaba. Se preguntó cómo se verían sobre su piel y cuál sería el tacto, tan diferente de las prendas de lencería.

Abre la caja -apremió Miguel.

Carolina obedeció y exhaló un murmullo admirado cuando descubrió su contenido. Eran unas botas negras de vinilo, con un afilado tacón de acero y altas hasta medio muslo. Al ver la expresión de infantil anhelo en su rostro, Miguel supo que la balanza volvía a equilibrarse a su favor.

Desnúdate, Carolina. Despacio -le ordenó, con esa voz grave que parecía brotar de lo más profundo de su pecho-. Esta vez hazlo de frente, no quiero que te cubras delante de mí.

Ella asintió, y volvió a curvar los labios en esa sonrisa sensual y traviesa que Miguel se encontraba esperando ansioso desde la semana anterior.

Carolina se acercó a él unos pasos, y llevó las manos a su escote. Desabrochó los minúsculos botones del vestido y lentamente, deslizó las mangas, primero por un brazo, luego por otro, hasta que la parte de arriba de la prenda quedó pendiendo de sus cintura. Alzó los hombros y volvió a recolocar su corta melena, mientras Miguel admiraba el conjunto de encaje negro con adornos grises que cubría sus pechos y rodeaba parte de su tórax ocultando su piel como un pequeño corsé.

El vestido se ceñía en sus caderas y tuvo que empujarlo con ambas manos, contoneándose, hasta que cayó a sus pies. No se molestó en recogerlo, sólo dio un paso a un lado y observó a Miguel, que la miraba sin emitir instrucciones, sin decir ni una sola palabra y con expresión ausente.

¿Ocurre algo? -preguntó Carolina, intentando dilucidar qué pasaba por su cabeza. No parecía tan entregado como en su primer encuentro. Se preguntó si el que su cuerpo ya no escondiera ningún secreto para él, había hecho que perdiera el interés en mirarla.

Era cierto. Miguel mantenía un rostro inexpresivo, pero no por las razones que ella ponderaba. El hombre se preguntaba por qué se sentía de nuevo perdedor en el intercambio de poder, e intentaba mantener distancia emocional abstrayéndose de la visión de la redondez de sus pechos sobre el encaje, su abdomen plano y firme y las largas piernas sobre los tacones.

Ella se acercó aún más, y Miguel se vio forzado a elevar la mirada. Sentía con claridad el aroma de su perfume, que gatilló el recuerdo dulce del de su sexo y se revolvió, incómodo, en la silla. Carolina no se rindió. Quería volver a ver esa vulnerabilidad, el deseo en sus ojos, la excitación en la tensión de sus músculos y en la erección en su entrepierna. Llevó las manos al broche de su sujetador y dejó caer la prenda, que chocó en su caída con el muslo de Miguel.pechosEl no perdía detalle de sus pechos que rebotaron al verse libres y en los pezones erectos por acción del contacto con el aire. Estaba muy cerca, podía percibir el calor que emanaba su piel. Entreabrió la boca, intentando controlar la respiración y permaneció inmóvil, pero Carolina no cejó en su esfuerzo por conmoverlo y llevó las manos a sus pechos, esta vez con la intención concreta de excitarse para excitarlo a él. Primero los rodeó con las palmas de sus manos, sosteniéndolos en dirección a Miguel, masajeándolos y rozando los pezones con la punta de los dedos. La mirada de Miguel se oscureció y negó de manera imperceptible con la cabeza. El deseo comenzaba a hacerse insoportable y sentía un dolor sordo en el pene erecto por la necesidad de fricción.

Carolina seguía tocándose frente a él, quizás a un paso de distancia o menos, y cerró los ojos para deleitarse con la corriente que se había generado uniendo sus pezones, su boca, su sexo y su ano en un río de lujuria y excitación y dejó escapar un pequeño gemido.

Continúa, Carolina. Por favor -rogó Miguel.

Necesitaba que se alejara durante un momento. Se sorprendió a sí mismo calibrando si podría levantarse de la silla con las manos esposadas, y llevar su boca hasta sus pezones. La lengua le dolía con la necesidad de lamer las rosadas cimas y su respiración era errática.

Carolina sonrió. Volvía a tenerlo comiendo de su mano y le daría un poco de tregua.

Recordando sus palabras del encuentro anterior, le dio la espalda y se alejó de él tan sólo un par de pasos. Miró por encima de su hombro mientras llevaba sus pulgares hasta la cinturilla de su culotte ce encaje y sonrió a través de la cortina de su pelo negro. Miguel avanzó el tórax, tensando las esposas sobre sus muñecas y Carolina descendió las bragas con lentitud enloquecedora por su trasero, sus muslos y hasta los tobillos, manteniendo las piernas un poco abiertas y sin flexionar las rodillas, exponiendo sus orificios femeninos sin ningún pudor.

Miguel jadeó. La visión del rombo que dibujaba el encuentro de sus nalgas y el inicio de sus muslos mostraba un ano pequeño y prieto, y una hendidura violácea rodeada de unos pliegues rosados y muy, muy lubricados. Un quejido inevitable escapó de sus labios y Carolina sonrió, perversa. Notaba el interior de su vagina palpitar, y los muslos de nuevo humedecidos. Se incorporó, arqueando la espalda después de demorarse de manera absurda en retirar las bragas de sus tobillos y descalzarse los tacones.

Primero las botas, ¿verdad? -murmuró, con la voz atenazada, girando su cintura y volviendo una mano al pecho que se perfilaba hacia Miguel.

Lo que tú quieras, Carolina -susurró él, sin esconder su turbación.

Ella sonrió de nuevo. Miguel por fin había abandonado la frialdad y la pose desapasionada. Su erección se dibujaba con claridad bajo el pantalón, tenía los muslos abiertos y el cuerpo reclinado en el respaldo. Su boca exhibía un rictus decadente y los ojos oscuros estaban entornados. Era la viva imagen de la lujuria. Pero Carolina tenía planeado hacerlo sufrir todavía un poco más.

Envía https%3A%2F%2Fmimmikass.com%2Fel-hombre-fetichista-segundo-encuentro%2F por email
Mimmi Kass Written by:

2 Comments

  1. 5 diciembre, 2015
    Reply

    ¡Me han encantado las seis partes!
    La narración lenta, la cuidada pluma, la sensualidad que derrochan ambos, acorde con los acontecimientos,…
    ¡Unos relatos perfectos!
    Un abrazo!

    • 8 diciembre, 2015
      Reply

      ¡Buenas noches, Beka!
      Una delicia leerte por aquí también, agradezco mucho tus palabras. Miguel y Carolina han resultado ser todo un desafío, pero ha valido la pena 😛 Pronto, más y más ardiente. Un beso, princesa y gracias por pasarte por aquí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.