El hombre fetichista (ii) – Una extraña propuesta

Una extraña propuesta

—¿Qué te pasa, Carol? Llevas todo el día en la luna.

Carolina sorbió por la pajita de su daiquiri de fresa, evitando responder a Laura. Vagó la mirada por la magnífica vista del Hotel Urban, dándole vueltas al extraño encuentro de aquella mañana. Tenía todos y cada uno de los detalles de la tienda grabados en su retina, y un rostro masculino se cruzaba en su mente una y otra vez.

«Me encantaría mirarla con él puesto» Corsé_Fetichismo_Voyeur

Esa palabra encerraba un matiz distinto. No verla. Mirarla. Contemplarla. Fetichista, sí. Pero también voyeur. ¿Cómo sería exhibirse ante un completo desconocido? Fantaseó con la imagen de su cuerpo cubierto por un delicado conjunto de encaje, frente a un hombre. No percibió que su boca se entreabrió, y se pasó distraídamente la lengua por los labios. Su respiración se hizo más rápida y profunda y sus pezones se erizaron. ¿Cómo sería…hacerlo para él?

—Carol… ¿estás bien?

La expresión intrigada de Laura provocó que se echara a reír, volviendo a anclarse a la tierra. ¡Ridícula! Sacó un tema de conversación cualquiera y su amiga la siguió, entusiasmada. Pero sus pensamientos acariciaban esa fantasía una y otra vez, hasta que el cansancio y los tres daiquiris marcaron el fin de la noche.

Domingo. Había pedido el “late checkout” y podría remolonear hasta tarde. Comprobó que, de hecho, acababa de perderse el desayuno, pero aquella enorme cama era demasiada tentación.

Se desperezó, disfrutando de los rayos de sol del mediodía, valorando si debería emplear sus últimas horas en Madrid en algo productivo, cuando sonó su móvil. Distraída, contestó sin mirar la pantalla.

—¿Diga?

—…Hola.

La voz masculina, profunda aunque titubeante la hizo incorporarse bruscamente sobre la cama. Era él. ¡Era él! ¿Era él?

—¿Sí? —preguntó, imprimiéndole toda la suspicacia que fue capaz de reunir en unas pocas décimas de segundo. No. Había escuchado mal. No podía ser.

Escucha, por favor. Ayer empezamos con mal pie— Carolina se llevó una mano al pecho. De pronto, su corazón latía de manera brutal—. Me porté como un cerdo y me gustaría pedirte disculpas.

—Oh. Ah. Sí. Eres el hombre fetichista— ¿Qué? ¿Qué demonios acababa de decir? —quiero decir…eh… —de nuevo esa risa atronadora y espontánea. Recordó a la perfección los ojos oscuros y la boca perversa.

—Me lo merezco. Soy Miguel. Por favor, acepta comer conmigo. No sé qué demonios me pasó ayer…—se detuvo unos segundos, dudando —al menos un café.

Carolina se debatía entre el sentimiento inmenso de curiosidad y atracción por el desconocido, y el sentido común, que le advertía que huyera exactamente en la dirección contraria. Pero tenía que comer, ¿no? Las palabras de Laura resonaron en su cabeza. «Tienes que vivir». Perfecto. Hoy era tan buen día para empezar a hacerlo como cualquiera.

—De acuerdo, Miguel. ¿Dónde nos vemos?

Debía de estar loca. Loca de remate.

Mientras se daba los últimos retoques frente al espejo, una mezcla de entusiasmo y temor fue fraguando un nudo de nervios en la boca de su estómago. Iba a llegar tarde. Se había demorado una eternidad en elegir entre el escaso vestuario de su maleta lo que luciría en aquella comida. Un vestido azul marino con lunares blancos, un cinturón ancho de color rojo y sus sandalias de charol. Un estilo veraniego y pin-up. Sofisticado sin ser excesivamente arreglado.

Habían quedado en la puerta de Goya del Museo del Prado, pero cuando el taxi frenó en el cruce con la calle Felipe IV, su resolución empezó a flaquear. ¿Qué coño estaba haciendo? ¿Estaba loca o qué? Todos los convencionalismos sociales de su educación desfilaron ante sus ojos, provocando un duelo a muerte entre su instinto y su raciocinio. Divisó por la ventanilla del taxi la figura varonil de Miguel, de pie, inmóvil y de espaldas a ella.

Y entonces se volvió.

Sus miradas se encontraron y él esbozó una sonrisa tenue, casi imperceptible. Leía en los ojos femeninos la duda. La curiosidad contra la prudencia. El deseo contra la razón. Carol se mordió los labios, ignorando la desabrida advertencia del conductor de que el taxímetro seguía corriendo. No quería irse. No podía quedarse.

Miguel retornó a su posición inicial, de espaldas a ella. Le estaba dando la oportunidad de marcharse sin testigos, y eso despejó sus reticencias. Le tendió dinero al taxista y, sin esperar la vuelta, se bajó del vehículo con decisión.

Los metros hasta el hombre que la esperaba se le antojaron años luz. Grabó la imagen de su nuca, la espalda recia, las manos reposando en los bolsillos con gesto casual y la línea impecable de sus pantalones justo bajo la curva de su trasero. Carolina sabía que estaba viviendo un momento único.

Dime una cosa—murmuró cuando llegó junto a él, tan cerca que casi se tocaban—. ¿Cómo has conseguido mi número?

Él permaneció con la mirada fija en el frontal del edificio, sin mirarla.

—Soy un buen cliente de la tienda que te gusta. Y tenía una buena excusa.

—¿Qué excusa?

Él la miró por fin, con esa sonrisa casi inexistente pendiendo de los labios y esos ojos oscuros y francos. Carolina no pudo evitar corresponder sonriendo a su vez.

—Volver a verte. Para pedirte perdón. Les conté toda la historia y…—amplió su sonrisa y Carol sintió que se fundía como el chocolate caliente.

Ignoró la voz de la Señorita Rottenmeier advirtiendo que tanto él como las dependientas de la tienda probablemente habían cometido un delito. ¿Qué más daba?

—¿Cómo te llamas?

Ella volvió de nuevo a prestarle atención, contemplándolo interrogante.

—No me has dicho cuál es tu nombre— repitió él.

—Soy Carolina.

—La dulce niña Carolina…—tarareó, volviendo a sonreír. La pregunta casi escapó de su boca. ¿Cuántos años tendría? No era capaz de afinar una cifra entre los treinta y los cuarenta, aunque sospechaba que más bien se acercaba a la cuarta década. Eso suponía más de diez años. ¿Acaso era importante? Lunática. Ya volvía a desvariar.

Miguel la dirigió con gentileza, apoyando una mano en la parte baja de su espalda y cruzaron la calle. No alcanzaron a recorrer más que un par de metros cuando él se detuvo y Carolina lo miró sin entender.

hotel-ritz-madrid-relato-erótico—Vamos a comer aquí, en el Ritz—aclaró. Ella se cruzó de brazos, de nuevo suspicaz.

—¿En el Ritz?

—Si prefieres otro sitio…sé que no soy muy original. Se come bien—aseguró él, componiendo un gesto de extrañeza. Esta mujer era difícil. Muy difícil.

—No lo dudo— murmuró Carolina. Lejos de estar impresionada, volvió a su postura a la defensiva. ¿Acaso estaba alardeando? Su interés se diluyó varios grados.

—Estoy perdiendo facultades— dijo él, de pronto. Carolina lo miró, interrogante—. En otros tiempos, esto era una apuesta segura— se pasó una mano por el pelo, en un gesto azorado y clavó los ojos en ella, que se echó a reír ante su sinceridad. Miguel la había desarmado.

—Lo siento. Estoy un poco…nerviosa— ¿Histérica, más bien? ¿Paranoica perdida? ¿Loca de psiquiátrico? —el Ritz es perfecto.

Él soltó el aire en un gesto que parecía fuera de lugar al lado de la seguridad que emanaba en cada uno de sus movimientos y Carolina volvió a reír, divertida. Bien. Al menos no era la única algo nerviosa. Las cosas se equiparaban un poco y eso era de lo más justo.

Se sentaron en la agradable terraza exterior y se decantaron por el brunch. Intercambiaron la información justa y necesaria para saber algo más del otro, pero ambos parecían reticentes a dar demasiados datos. Él trabajaba en una empresa relacionada con la aviación. Ella era diseñadora. Él vivía en Madrid la mayor parte del tiempo. Ella venía a Madrid casi todas las semanas, por trabajo.

Pero, pese a que ambos se contenían, una corriente soterrada de entendimiento se fue instalando entre ellos, permitiéndoles dar paso a una conversación un poco más personal. Carolina lo pilló desprevenido cuando le preguntó, franca y directa, qué hacía en aquella singular boutique.

—¿También eres cliente habitual? —añadió con malicia, al ver que él parecía sorprendido.

—Es cierto— aceptó Miguel, sin ambages, pero sin dar mayores explicaciones.

—¿Eres fetichista de la lencería femenina? —Carolina no pudo evitar un cierto borde acusador en su tono de voz.

— Se podría decir que sí.

—¿Por qué?

Miguel se echó a reír, evadiendo responder de manera directa.

— ¿Por qué no lo compruebas por ti misma? He comprado el conjunto que llamó tu atención ayer. Las prendas son mías, — dejó la copa de vino blanco que estaba saboreando a un lado, y se inclinó hacia adelante, observándola con intensidad—pero las disfrutaría infinitamente más si las lucieras tú. Tú pones las condiciones. El dónde, el cuándo y el cómo. Yo sólo quiero mirar.

—¿Sólo mirar? —esta vez lo que no escondió fue la incredulidad.

—Solo mirar. Vamos…— se tomó un par de segundos, persuasivo, acariciador —sé que tienes curiosidad. Si no, no estarías aquí.

Carolina no se molestó en negarlo. Era absurdo. Por supuesto que tenía curiosidad. Nunca una fantasía había estado tan cerca de ser una realidad tangible. El mero pensamiento agitaba su respiración y humedecía su ropa interior. Miguel aguardaba pacientemente una respuesta.

Había llegado hasta allí, pero… ¿se atrevería a ir más lejos?

©Mimmi Kass.

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Mimmi Kass Written by:

7 Comments

  1. 15 septiembre, 2015
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    hola Mimmi Kass, dos cosas tengo que decirte, primera: me estaba muriendo de sueño y de cansancio, después de un día agotador en el trabajo, me llamo la atención y post y muy a mi pesar, (por el mismo cansancio), me puse a leerlo (pudo más la curiosidad, conforme iba avanzando en la lectura, te confieso que me atrapo, lo leí hasta el final; segunda: ¿esta historia va a continuar?; ¡me encantaría conocer el desenlace!

    • 15 septiembre, 2015
      Reply

      Hola! Espero que hayas descansado y me alegra que la historia te haya atrapado. Claro que va a continuar, ¡yo también quiero saber cómo acaba! Gracias por tu comentario. Un beso. Mimmi.

      • 16 septiembre, 2015
        Reply

        Hoy me siento un poco descansado, pero todavía no lo suficiente, conforme vayan pasando los días, iré teniendo menos carga de trabajo; pero bueno, el trabajo se agradece, pues ya somos dos que quieren saber como termina la historia, esperare la siguiente entrega con ansia, por lo pronto, me preparare para ese día una buena copa de vino tinto. La despedida no podía ser de otra forma, me gusta como escribes, me gusta tu despedida: “Un beso. Mimmi”. Un beso Manuel

  2. yusni
    15 septiembre, 2015
    Reply

    dime que hay una tercera parte!!!!

    • 15 septiembre, 2015
      Reply

      ¡Hola, linda! Gracias por pasarte por aquí. Por supuesto que la historia seguirá, muy pronto. Un beso. Mimmi.

  3. 21 octubre, 2015
    Reply

    Me encanta la historia, Mimmi, La tenía aparcada por falta de tiempo, pero la sigo!!!
    Muakkss!!

    • 21 octubre, 2015
      Reply

      ¡Gracias, Joanna!, espero que disfrutes con los próximos capítulo. Un beso,
      Mimmi.

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