La Juana Feliz

Si aún no has leído el primer capítulo, lo tienes aquí: Una experiencia diferente.

La Juana Feliz

 

 

 

Ni todo el cibersexo del mundo sería capaz sustituir a Erik, pero quizá conseguir un Hitachi podría ayudar en algo. Iba a conocer la mejor tienda erótica de Santiago de Chile, y eso se merecía hacerlo con Nacha.

Cuando llegaron a la dirección, en un edificio antiguo y gris, Inés se decepcionó un poco. Unos toldos azules con letras blancas anunciaban que ahí estaba Japi Jane, pero nada decía que aquello escondía una boutique de artículos para el placer.

—Es muy discreto, ¿no? —dijo Inés, arrugando la nariz.

—¿Qué querías, los escaparates del Barrio Rojo de Ámsterdam? Estamos en Chile, linda. En este país todavía nos falta mucho.

Entraron a la tienda y la impresión de Inés cambió. Era amplia y espaciosa, y las vitrinas ofrecían un sinfín de posibilidades a todo color.

—Joder. Pues sí que hay variedad —murmuró. Nacha no le hizo ningún caso, se había ido derecha a unos colgadores con una lencería sexy y divertida. En otro momento, ella habría ido al mismo sitio, pero ahora se acercó al mostrador que ofrecía exactamente lo que estaba buscando.

Hello, Señor Hitachi —saludó al coger el vibrador. Se había olvidado lo mucho que pesaba.

—De lo mejor del mercado —dijo con tono alegre una dependienta. Llevaba un delantal de lunares de colores y lucía una enorme sonrisa—. ¿Te puedo ayudar en algo?

—Sí. Quiero uno de estos —Inés enrojeció. Qué tonta. Pero era la primera vez que iba a una tienda así.

—Veo que ya lo conoces —dijo la chica, riendo—. ¿Necesitas algo más?

Inés descubrió un vibrador anal, muy parecido al que Erik utilizaba con ella, y luego otro, un poco más grande. Recordó la sonrisa perversa del vikingo al decirle que estaría encantado de recibir un trato por la puerta trasera de su parte, y lo añadió también a la cesta. Aceptó el consejo de un lubricante, y después de probar varios aromas, se decantó por uno de champán y fresas.

La dependienta se alejó para empaquetar sus cosas e Inés caminó hacia uno de los rincones más sensuales y misteriosos de la tienda. Contempló con curiosidad las máscaras, látigos, fustas, plumeros y cintas. Deslizó las yemas de los dedos sobre la seda. Había también unas muñequeras de cuero y acero, muy parecidas a las que Erik ya había usado con ella y cerró los ojos cuando los recuerdos se agolparon con brutalidad en su mente. La manera en que la había vestido con las cinchas, como en un ritual. Cómo ella había dejado que ciñera aquel collar en torno a su cuello, aun sabiendo su significado. Las veces que, entre gritos y juramentos, le había negado el orgasmo, llevándola al delirio con el Hitachi. El sexo anal. «Kjaereste».

Estaba hiperventilando. Se miró al espejo de la vitrina, tenía las pupilas dilatadas y las mejillas enrojecidas. El encaje del sujetador le hacía daño en los pezones fruncidos. La tensión en su sexo era insoportable. Erik. ¿Qué demonios le había hecho? Había abierto la puerta un mundo desconocido, atrayente, perverso y placentero y sabía que no había vuelta atrás. Resuelta, caminó de nuevo hasta el mostrador donde estaba la dependienta.

—¿Qué me recomiendas para inmovilizar a un hombre?

La chica la miró con esa sonrisa reservada de quien ha recibido preguntas de ese tipo toda la vida.

—¿Qué buscas exactamente?

—Busco algo para dejar fuera de combate a un hombre grande. A un vikingo.

Una imagen muy concreta se dibujó en su mente y esbozó una sonrisa angelical. Esperó, impaciente, a que ella volviera con unas esposas de acero con bisagra, sólidas. Pesaban bastante. La sola visión del acero pulido, algo mate, la excitó. Se imaginó a Erik desvalido y a su merced. Iba a hacerlo pagar bien caro la frustración y el deseo de toda su ausencia.

—Me las llevo.

 

 

—Te has gastado una buena cantidad de dinero —observó Nacha, señalando la bolsa que rezaba «Japi» en vistosas letras de color naranja, mientras sorbía un Cosmopolitan por una pajita.

—Tengo que devolverle a Erik unas cuantas jugadas, pero este —dijo sacando de la bolsa la caja alargada del Hitachi—, es para mí. Tiene una potencia que te arranca los orgasmos en minutos.

—¿En serio? Tendré que comprarme uno.

—En serio. Necesito unos cuantos orgasmos. Necesito a Erik. Tengo una sensación de vacío bestial —se quejó Inés, que ni había tocado su pisco sour—. Y no es solo el sexo, Nacha. Es todo él.

—Bueno, yo creo que ya has pasado a la siguiente fase. En algún momento las cosas se tienen que poner serias. ¿Te ha dicho ya que te quiere? —preguntó con tono acusador.

—No, no con esas palabras. Dice que quiere estar conmigo de verdad. Que estamos juntos. Es complicado. —Soltó el aire lentamente al recordar cómo se había dibujado aquellas líneas en la cara con su sangre. Como si hubieran sellado un pacto—. Erik no cree en los cuentos de hadas. ¿Sabes que estuvo a punto de casarse?

—¡Eso no me lo habías contado! —se maravilló Nacha, abriendo los ojos e inclinándose hacia adelante con interés—. ¡Quiero detalles!

—Desconozco los detalles, ya sabes cómo es. Solo sé que ella lo presionó para que eligiese entre ella o la cardiocirugía.

—Y está soltero y es cardiocirujano. —Inés asintió, ignorando de nuevo el tono de su amiga, esta vez más bien ominoso—. No suena muy alentador.

—Ya.

—Princesa, ya sé que estás encoñada con Erik, pero ¿te proyectas con él? Ya sabes, vivir juntos, casarse, hijos. Lo que tengo yo con Juan.

Se detuvo a pensarlo un momento. Dio un par de tragos largos al pisco sour y notó cómo el alcohol se le subía a la cabeza. Claro que sí. La sola idea de formar una familia con él la llenaba de una felicidad inexplicable, pero las imágenes de Erik torturándola a orgasmos y ella retorciéndose, con los ojos vendados, amarrada a la cama volvieron a su cabeza. No parecían dos escenarios demasiado compatibles, pero no quería renunciar a ninguno.

—Sí, Nacha. Creo que Erik es EL HOMBRE —dijo con tono dramático. Su amiga se echó a reír, y la alentó a seguir—. Pero, por otra parte, ahora estoy explorando otras cosas.

Levantó la bolsa de sus compras recién adquiridas y Nacha asintió, con una sonrisa cómplice.

—Ya me contarás —respondió riendo su amiga—. Tiene pinta de que va a ser una investigación interesante.

Pidieron una segunda ronda y se pusieron al día. La boda iba viento en popa y ya tenían fecha para febrero. Murmuró unas excusas inconexas cuando Nacha le preguntó si ya había hablado con su madre por el tema del convite.

—Mira, están aquí el jueves que viene. —Nacha tenía razón, se había comprometido y tenía que al menos intentarlo—. Mi hermano Miguel viene de China por unos días en una visita relámpago, y nos vamos a juntar todos.

—¿Reunión familiar Morán Vivanco? ¡Cuéntamelo todo!

Inés se lanzó a relatarle los detalles con entusiasmo. Estaba emocionada. No se reunía la familia completa desde hacía más de dos años.

 

 

 

Antes de subir a casa recogió el correo, comprobando con una sonrisa que su sobre plateado semanal de parte de Philip llegaba puntual. No lo abrió, ya curiosearía más tarde de qué se trataba la fiesta esta vez. Tampoco tuvo ánimo de poner a prueba al Señor Hitachi. Sin saber por qué, la conversación con Nacha la había deprimido un poco. Se sentía sola y echaba de menos a Erik. Se preparó para esquivar temas conflictivos con su hermana y la llamó por teléfono.

—¡Qué bien que has llamado!

El entusiasmo de Loreto al escucharla la hizo sentir mal. Últimamente se habían alejado bastante.

—Hola, Lore. ¿Todo listo para la llegada de papá y mamá?

—Todo niquelado. ¿Y tú? ¿Todo listo para Miguel?

—Sí. Voy a buscarlo al aeropuerto el jueves, he pedido el día libre. De ahí nos vamos al apartamento para que descanse y se dé una ducha antes de ir a tu casa a cenar. ¿Necesitas que lleve algo?

—No. Mamá se encarga del menú. Ya sabes cómo es. —Ambas rieron con complicidad. Ojalá pudiera ser siempre así, pero, por supuesto, Loreto no podía abandonar su postura de hermana mayor tocapelotas y juzgadora—. ¿Qué has sabido de Erik?

—Su padre está muy grave, es cuestión de días que fallezca —eludió hablarle del sexo cibernético y las llamadas telefónicas subidas de tono—. Supongo que en un par de semanas estará aquí. ¿Qué tal los niños? —dijo, cambiando de tema de manera magistral.

—Bien, genial. Entusiasmados por recibir a los abuelos en casa y ver en persona a Miguel. Yo creo que Elena ni siquiera se acuerda de él.

—Estará bien que nos juntemos todos —dijo Inés con un suspiro—. Solo espero que no se arme ninguna bronca entre Miguel y papá.

Se despidió de su hermana prometiendo ser puntual y se sentó en el sofá. Tenía una sensación opresiva en el pecho, no se aguantaba ella misma. Tras pensarlo un instante, se puso unos leggins y una camiseta, se calzó las zapatillas y se abrigó. Necesitaba echar una buena carrera.

 

 

Latidos de lujuria

Fecha de preventa: 17 de noviembre

Fecha de publicación: 24 de noviembre

Fecha de publicación en formato tapa blanda: 1 de diciembre.

 

 

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Javiera Hurtado Written by:

2 Comments

  1. Karina
    13 noviembre, 2017
    Reply

    👏👏 ¡Qué ganas! Y se publíca el día de mi cumple🎉💖
    Felicidades…

  2. Adriana
    13 noviembre, 2017
    Reply

    Un capítulo para ir calentando motores. Pero ese sobre gris… mmmmm necesito ese libro. 18? Nada falta… 3 latidos y lo tengo en preventa. Te quiero Mimmi Kass. La genia de las letras románticas que te hacen temblar de placer

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