La playa y el sexo

Uno de los capítulos eliminados de Radiografía del deseo, que, en realidad, no aportaba nada a la trama, pero que a mí me sirvió para perfilar el personaje de Inés. Espero que lo disfrutéis.

LA PLAYA Y EL SEXO

 

El «núcleo duro». Ella y Nacha habían empezado el mismo año en la escuela de danza, hacía ya diez años, y desde entonces eran inseparables. Mónica llegaría un par de años después y Carola, pese a llevar con ellas tan solo dos cursos, se había integrado perfectamente en el grupo.

Cuando llegó a casa de Nacha, las risas y la música se escuchaban desde la puerta exterior. Llamó al timbre, pero no la oyeron. Tampoco las llamadas que hizo a sus móviles. Tocó el claxon con fuerza y por fin Mónica abrió la puerta riendo, con un Cosmopolitan en la mano.

—Toma, empieza a beber, que te llevamos mucha delantera.

Inés dejó escapar una sonrisa traviesa y apuró un trago del delicioso cóctel.

Dejaron la maleta abandonada a los pies de la escalera y salieron a la terraza junto a la piscina. Inés se descalzó, se quitó la pinza que sujetaba su moño y se estiró sacudiendo la melena, con una sensación de libertad que creía haber olvidado.

—¡Eso! ¡A soltarse las trenzas! —exclamó Nacha.

Intercambiaron besos y abrazos, e Inés se adueñó de una de las tumbonas. Carola le tendió un plato con palitos de zanahoria, apio y salsa rosa y se abalanzó sobre él. No comía nada desde su rápido almuerzo al medio día.

—¿Cuál es el plan? ¿Vamos a salir esta noche? —preguntó Carola. Las respuestas se amontonaron una sobre otra, pero destacó la de Inés.

—¡Ni loca! ¡Quiero dormir!

Se hizo silencio y sus amigas la contemplaron, asombradas. Nacha se levantó con gesto resuelto.

—¡De eso nada! Vamos a arreglarnos ahora mismo. Inés, estás insoportable, ¿se puede saber qué te pasa?

Ella hizo un gesto obsceno con la mano que y las hizo reír a carcajadas.

 

Finalmente subieron a la habitación de Nacha a arreglarse. Entre maquillaje, secadores de pelo, preguntas sobre el aspecto, y algunos préstamos de zapatos o de complementos, Inés se desahogó con sus compañeras sobre las últimas semanas. El apellido Thoresen se repitió varias veces.

—¿Es el vikingo mijito rico? —inquirió Nacha con malicia. Ante las demandas del resto, que no sabía nada, hizo un rápido resumen de la situación.

—Sí, es el. Pero repito, es un cabrón. Un cabrón maleducado, mandón y abusador.

—Te gusta.

—Que no.

—¡Te gusta mucho! —dijo Nacha, riendo a carcajadas, coreada por las otras dos mientras Inés emitía exclamaciones de protesta.

—¡Que no! —dijo enfadada—, además, después de lo que pasó, no me hace ni caso. Ni me mira. Lo único que hace es mangonearme. No quiero saber nada de ese cabrón.

 

Una hora después, salían en dirección a La Canasta, el pub restaurante de moda en Papudo. Pidieron un surtido de empanaditas de camarón con queso y una ronda de pisco sour. La noche era cálida y tenían que alzar la voz para hacerse entender sobre la música y el volumen de las otras conversaciones. Mónica, que siempre estudiaba la oferta masculina del local, hizo un gesto señalando detrás de ella con expresión cómplice.

—¿Veis esa mesa de ahí? Nos están mirando.

Todas se interrumpieron para echar un vistazo. Tres hombres las observaban con sonrisas interesadas. Ellas juntaron las cabezas para conspirar un plan de ataque y se repartieron los ejemplares entre carcajadas. No fue necesario implementarlo. Poco después los chicos se acercaban a su rincón, pidiendo sentarse con ellas.

 

Nacha llevó la voz cantante. Dos de ellos eran de Viña del Mar y venían a pasar el fin de semana a la casa del tercero, que gestionaba una escuela de surf. Y ese tercero era bastante atractivo. Moreno, de ojos oscuros, muy bronceado y con una sonrisa de dientes relucientes, con ese aspecto cuidadosamente casual de los surfistas.

Se llamaba Andrés y se las ingenió para acaparar a Inés en una conversación un poco más íntima, pero ella leyó en Carola todas las señales. El chico le gustaba. Lo escuchaba con atención aunque sus palabras no fueran dirigidas a ella, reía sus bromas, se llevaba las manos al pelo y a los labios…

Inés no quería líos. Se excusó para ir al baño, pero en lugar de eso, cruzó la calle y se acercó al mar. Se sentó en el pequeño muro de cemento que separaba la acera de la playa y observó a la gente en sus idas y venidas: adolescentes arreglados que iban a la discoteca, parejas que paseaban enamoradas, alguna familia que salía de una sobremesa tardía. Se sentía letárgica. Agotada.

—Oye, ¿por qué te has ido? ¿Estás bien? —La voz preocupada de Nacha la sacó de su ensimismamiento. Llevaba fuera más tiempo del que había creído, comprobó al echarle un vistazo a su reloj.

—Quería darle cancha a Carola —explicó, encogiéndose de hombros.

—Pues parece que resultó, porque nos invitaron a tomar un trago a la escuela de surf. ¿Vamos?

Inés sonrió. No les iba a aguar la fiesta a sus amigas, aunque lo que quería en realidad era meterse en la cama y dormir hasta el día siguiente.

 

La escuela de surf era en realidad el bajo de una casa de playa, donde el garaje hacía las veces de aula, tienda y taller de reparaciones. En una de las esquinas, Andrés había acondicionado una pequeña barra de bar. El chico vivía allí todo el año. Le iba bien, no podía quejarse. En realidad era ingeniero, pero su vida era el surf.

Las preguntas que Carola hacía eran interesantes. Nacha y Mónica conversaban también con los otros dos chicos, Inés ni se acordaba de los nombres. Intentó poner atención a lo que hablaban, pero pronto empezó a reprimir los bostezos. Andrés interrumpió su conversación con Carola y se acercó a ella.

—Oye, ¿quieres tenderte en la hamaca?, tienes pinta de cansada. Está aquí mismo —le ofreció con una sonrisa.

Inés sonrió a su vez, culpable.

—La verdad es que estoy muerta. He tenido una semana dura, ¿en serio no te importa?

Él la condujo hasta el exterior. Anclada a la fachada y a un árbol frutal, había una preciosa hamaca mexicana.

—Sube —indicó él.

Inés se encaramó obediente, tras quitarse las sandalias, y se acomodó en la tela emitiendo un suspiro de satisfacción.

—Es genial, ¿verdad? —preguntó el, balanceándola suavemente. Ella asintió con una sonrisa. Era muy atractivo. Quizá…

—¡Ah, están aquí! —exclamó Carola, acercándose. Vaya. Andrés le lanzó una mirada divertida y luego sonrió a la recién llegada.

—Sí, le estaba mostrando a Inés la hamaca. Para que descanse un rato.

—Ah. ¿Volvemos dentro? —ofreció Carola con una sonrisa forzada, con pinta de ultimátum. Inés no tenía ningún interés en participar en aquel triángulo de tiras y aflojas.

—Sí, sí. Volved. Yo me quedo aquí descansando.

Finalmente, Andrés se acercó a su amiga y se dirigieron al interior. Inés dejó escapar una sonrisa al ver que él agarraba a Carola de la cintura. Después se quedó dormida. Y sola.

 

Despertó muerta de frio cuando Nacha la sacudió para avisarle que volvían a casa. Eran las cuatro de la mañana.

 

Ya en la gran cama matrimonial que compartirían, Nacha le pegó un codazo, sorprendida con las reacciones de Inés.

—¡Qué onda con Andrés!, ¿No te diste cuenta de que te estaba tirando los tejos?

—Sí, claro que me di cuenta —reconoció ella—, pero a Carola le gustaba más… Nacha, estoy como apática. No sé lo que me pasa, pero no quiero nada con ningún hombre.

—¿No decías que andabas necesitada de un buen polvo?

Ambas rieron en voz baja.

—Ese es el problema, encontrar a alguien que te folle bien.

—¿Y el vikingo?

Inés suspiró resignada, apartando el recuerdo del polvazo con Erik.

—Más me vale mantenerme lejos, además, sé que no le intereso.

—Inés, nunca has tenido problemas para tener al hombre que quieras.

—Eso es muy relativo. De todas maneras, creo que me voy a comprar un vibrador o algo. ¡Menos complicaciones!

Volvieron a reír, esta vez a carcajadas. Las otras chicas las mandaron callar a través del tabique.

—¿No tienes ninguno? ¿En serio? —le preguntó Nacha, incrédula. Inés negó con la cabeza—. Pues eso habrá que arreglarlo.

Inés le tiró una almohada para hacerla callar, y tras ser increpadas por Mónica de nuevo, se acomodaron  para dormir unas horas.

 

Pasaron un fin de semana delicioso. Por la mañana, tras un buen desayuno se fueron a la playa. Almorzaron en un chiringuito unas machas a la parmesana para seguir después disfrutando al sol. Cuando se levantó el viento, se refugiaron en la piscina, refrescándose con unos margaritas que Inés y Mónica prepararon, y unos nachos con guacamole. Por la noche, encargaron unas pizzas.

Después volvieron a quedar con Andrés y sus amigos, pero cuando les ofreció ir de nuevo a su casa, sólo Carola lo acompañó. Ellas volvieron relativamente temprano y pusieron una película en la TV, “Sex and the city”. Rieron comparando su versión criolla de fin de semana con la historia de las protagonistas.

 

El domingo, Inés se levantó a mediodía extrañamente despejada, pese a no haber dormido más de cinco horas. Puso la cafetera y comenzó a preparar el desayuno cuando Nacha apareció agarrándose la cabeza con las dos manos. Ella se echó a reír, compasiva.

—¿Resaca?

Su amiga asintió, sirviéndose un vaso de agua para tomarse los dos comprimidos que traía en la mano.

—¿Tu no? —preguntó extrañada.

—No. Pero sólo porque no me atiborré con margaritas —respondió riendo—, sois una panda de borrachas irresponsables. ¡Hey! —exclamó al recibir en la cara un paño de cocina.

Nacha se sentó junto a ella con la taza de café en la mano y aceptó una tostada.

—¿Te gustaría pasar el día vuelta y vuelta, en la playa?

—Me parece genial —respondió Inés.

Acabaron el desayuno y con las bolsas de la playa colgando del hombro, se asomaron a la habitación donde Mónica y Carola dormían para avisar que se marchaban. Sólo emitieron un par de gruñidos.

Inés llevaba su bikini brasileño. La parte de arriba sin tirantes, y la parte de abajo, obscenamente pequeña sin llegar a ser un tanga. Odiaba las marcas blancas, si hubiera podido, habría tomado el sol desnuda. Se tendió boca abajo y se desabrochó el sujetador. Nacha extendió crema sobre su espalda.

Inés disfrutaba del tacto de las manos sobre sus hombros.

—Inés… Ayer me dejaste preocupada. ¿Qué es eso de que estás en una etapa asexual?

Ambas rieron.

—Te lo digo en serio. No quiero saber nada de hombres. Estoy anestesiada, chata, abúlica perdida. Después de Jaime, tuve unos meses bastante alocados, y en Rochester…bueno, allí estuve saliendo con un chico maravilloso, pero ambos sabíamos que era algo temporal. Y después de la metida de pata con Erik… ¡No sé! Necesito un descanso.

—¡El parásito! ¡Ese es el problema! Te chupó toda la energía, por eso estás así. ¿Has sabido algo de él? —dijo Nacha, exultante.

Inés le dedicó un pensamiento a su última relación estable. Estar con Jaime fue cómodo, conveniente. El sexo, agradable. Pero su carácter complaciente le jugó una mala pasada y empezó a renunciar a su propia vida para acompañarlo y desarrollar las facetas de él; el peso de cuidar la relación recaía exclusivamente en ella. No se le cayó la venda hasta después de un año, pese a las advertencias de Nacha, de Dan, de Loreto… Agotada, dejó de hacer esfuerzos para que todo fuera bien, y todo se vino abajo. Recordó con una risita la sensación de libertad.

—No se nada de él, creo que está trabajando en una clínica privada.

—Mejor. Igual estás enferma —insistió Nacha. Ella emitió una risita.

—Estoy sana como una manzana, en serio. Simplemente… no me apetece.

—Está bien, princesa, todas pasamos por etapas. Pero hazme saber si te pasa algo, okay?

Inés prometió que la mantendría informada.

 

Pasaron todo el día en la playa, compartiendo agua fría y confidencias en topless. Cuando Carola y Mónica se acercaron a despedirse, charlaron juntas durante un rato hasta que se fueron y, después, ellas siguieron disfrutando de la tarde. No volvieron a la casa hasta que empezaron a frotarse los brazos, ya vestidas, y tenían la piel de gallina.

 

Llegaron a Santiago más allá de las diez de la noche. Inés se despidió de Nacha con un abrazo apretado.

—Gracias por este fin de semana. Lo necesitaba. ¡Y por fin tengo un moreno decente! —exclamó riendo.

—Estás preciosa, princesa. ¡Y hay que repetir! —respondió su amiga, colocándole el pelo tras la oreja en un gesto cariñoso—. ¿Quizá para tu cumpleaños? ¡Falta poco!

Era cierto, ya pensarían en algo bueno.

Cuando llegó a casa, se metió en la cama con una punzada de desazón. ¿Por qué estaba así? ¿Había hecho bien en dejar Estados Unidos? ¿Se le había pasado la ilusión de empezar la subespecialización tan solo en tres semanas?

©MimmiKass 

 

 

 

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Javiera Hurtado Written by:

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