Lencería y maternidad, ¿tocino y velocidad?

En realidad tienen muchísimo que ver, ya veréis.

Adoro la lencería. Desde siempre. Pero desde que soy madre, se ha transformado en una especie de fetiche. Pensaba hacer un post sobre siete razones por las cuales la lencería es genial, o escribir algún relato. Hoy no. Hoy os voy a contar una experiencia 100% personal.

Siempre digo que la maternidad fue lo que terminó de frontalizarme. Ya durante mi primer embarazo, cuando disfrutaba del estado de ballena sensual y feliz que lo único que hacía era comer, dormir y follar (qué gran época, el vikingo está de acuerdo conmigo), me di cuenta de que, aunque mi cuerpo jamás volvería a ser el mismo, había dejado atrás las últimas inhibiciones que me quedaban. No es que fueran demasiadas, la verdad… pero a lo que vamos.

Este proceso no fue de la noche a la mañana, no. De hecho, partió de una base en la que, en cierto modo, me diluí un poco como ser individual. No me tiréis tomates, dejo ya la metafísica. A lo que me refiero es que la maternidad te sume en un estado de fascinación permanente que se centra en tu núcleo familiar: tú como mamá en tu rol recién descubierto, tu pareja, tus hijos. Una mirada hacia lo más íntimo de tu hogar, donde te das cuenta de que la capacidad de amar es infinita y todas tus prioridades se reorganizan. La maternidad es el revulsivo vital más brutal que existe, te lo conté el año pasado, no lejos de estas fechas.

Tras este periodo introspectivo de disfrutar del milagro que significan las dos personitas a las que había dado a luz, y del magnífico hombre  y padre que me acompañaba, tocó llevar la mirada de vuelta hacia mí como mujer. Recuperar un poco la coquetería. Dejar de lado la ropa cómoda y holgada, el pelo arramplado de cualquier manera y la cara lavada.

¡No os confundáis! Disfrute mucho de esa época, en la que admito, sin vergüenza alguna, que enarbolé la razón orgullosa de «¡soy madre!» cuando recibía alguna mirada acusadora por, como dicen los gallegos, ir de aquela maneira. Es una etapa intensa, hay que bebérsela hasta el último sorbo con fruición, porque no dura mucho: los niños crecen muy rápido, y la rueda de la vida te engulle. Pero cuando acabé la lactancia de mi segunda hija, después de quince meses, eché un vistazo a mi cajón de la ropa interior…y casi me da un infarto.

Comprobé con cierta sorpresa que llevaba varios años sin ponerme lencería. Yo. Con lo que había sido. Había sustituido encajes, tules, sedas y puntillas por algodón reforzado, sujetadores de lactancia y colores de abuela. ¿Cómo había pasado?¿Cuándo había ocurrido?

No le di demasiada importancia. Como comentaba antes, cuando estaba en Maternity Full Mode ON, mis prioridades eran otras. Pero al reactivarse mi yo mujer, aislada de la maternidad, del trabajo, de la pareja…, al comenzar a reajustar el lugar de mi faceta más íntima entre todas las que me constelan como persona, sentía la necesidad de deshacerme de todas aquellas prendas. Ya había cumplido su función.

Después de dedicarle unos minutos de reflexión, llegue a uno de mis “momentos Scarlett O´Hara”: «A Dios pongo por testigo, que jamás volveré a usar adefesios como ropa interior». E hice un montón con todo el contenido del cajón, le dediqué un epitafio sencillo, pero emocionado, y le prendí fuego.

Simbólicamente, se entiende.

Lo que hice en realidad fue llevarlo a la campaña de reciclaje de Intimissimi®, una de mis marcas fetiche para la lencería,  aproveché los vales de 10 euros por cada tres o cuatro prendas de su campaña de reciclaje, y me compre un conjunto precioso de tul bordado, con sujetador, liguero ancho y bragas a juego. Todavía lo tengo.

Confieso que no me animé a probármelo en la tienda. Prefería enfrentar un hipotético fiasco, fruto de las secuelas físicas de haber tenido dos hijos en dos años, en el espejo de cuerpo entero de la intimidad del hogar.

Aún con esta idea no demasiado alentadora rondando mi cabeza, el solo hecho de adquirir las prendas, ¡fue tan gratificante…! El papel de seda que las envolvía, el perfume delicado que la dependienta roció con cuidado, la bolsa de color rosa palo con letras negras, colores sopechosamente parecidos a los de Agent Provocateur, emulando su lujo sin que tuvieras que vender las córneas para lucir una lencería decente.

Y llegué a casa. Después de todas las reflexiones inconexas tocaba enfrentarse a la realidad desnuda.  So to speak. Me quité el vestido, las medias y la ropa interior y me miré al espejo, más bien con resignación, porque dos embarazos, dos partos y dos lactancias prolongadas dejan sus huellas, aunque luego te enorgullezcas de ellas. Y me puse el conjunto.

Y qué BIEN me quedaba, joder.

El sujetador realzaba el pecho de manera perfecta.

Las bragas, de cadera ancha, cubrían bastante. Pero al ser de tul transparente con detalles pequeños de encaje, dejaban a la vez mucho y poco a la imaginación.

El liguero, desde entonces mi tipo favorito, era de estilo waspie. Realzaba la cintura y mostraba solo lo que yo quería lucir.

Aún con los enganches para las medias colgando y las piernas desnudas, me veía genial. Por supuesto, lo siguiente que hice fue mandarle al vikingo una selfie, que tuvo estupendos beneficios posteriores, en especial cuando las prendas fueron retiradas. Pero de eso hablamos en otra ocasión.

El caso es que una de las mejores maneras de sentirte sexy y darle un buen empujón a la autoestima es llevar una lencería fabulosa. Da igual que sea un conjunto de encaje barroco, o uno de algodón coqueto e inocente. Nadie lo ve, pero tú lo sabes: debajo de toda esa ropa de invierno escondes un pequeño secreto que alimenta la complicidad contigo misma. Y lo que es mejor, ese punto de sensualidad atraviesa todas las capas hasta reflejarse y brillar por fuera. Aunque lleves unos vaqueros y una jersey.

Desde entonces, cultivo la buena costumbre de ponerme una lencería bonita todos los días. Todos. Porque sí. Que le guste al vikingo es genial, pero es un (estupendo) efecto colateral, la razón principal es porque me gusta a mí. Y es un gran mecanismo de empezar bien el día desde «fuera hacia dentro». Esos días en que te sientes como el último microbio del planeta y la voluntad no es suficiente para sacarte de ese estado desde dentro, una bonita lencería, la raya en el ojo, y tus zapatos favoritos, puede que sí  surtan efecto desde fuera. ¿Superficial? Puede. Pero efectivo, créeme.

Cada una tiene que buscar la manera de volver a ese yo mujer, de sentirse bien en su piel tras la maternidad. Aislado del resto de facetas como madre, pareja, amiga, etc. ¿Egoista? Tal vez. Pero hace mucho tiempo que descubrí que si yo estoy bien, todo va bien. Y cuando mami no está bien…bueno, no quiero ponerme dramática, pero el universo familiar tiende a agrietarse y a hacer aguas.

Si os apetece, podemos hablar de esos recursos para lograr ese «estar bien» tan importante. ¿Una de mis maneras? Lo has adivinado: la lencería.

Mil besos,

©Mimmi Kass

 

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Javiera Hurtado Written by:

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