El pago del peaje

El pago del peaje

Estoy cansada. He tenido una semana dura, durmiendo poco y trabajando demasiado. Lo único que quiero es llegar a casa.

Llegas a buscarme, solo. Eso me fastidia, porque esperaba poder abrazar a los niños, y añade un punto más en la escala del mal humor. Aún así, nos besamos con ganas, aunque yo esté un poco distante después y tu bastante taciturno. Sabes que necesito espacio, y que es mejor no hablarme. Son las ventajas de conocernos bien.

Quiero conducir yo, me relaja y me divierte, así que me pasas las llaves y te acomodas a mi lado. En el coche, intercambiamos cuatro frases y luego dejas que la música ocupe el vacío entre nosotros.

Empieza a bajar la niebla, está lloviznando. El camino a casa se me está haciendo eterno, pero disminuyo la velocidad, no queda otra. Cae la tarde y la visibilidad es nula, provocando que murmure insultos entre dientes, hasta que al final paro el coche a un lado de la estrecha carretera.

Me estoy poniendo de los nervios, conduce tú.

No dices nada, aunque mis ojos te miran suspicaces porque han captado el atisbo de una sonrisa torcida. No digo nada. Fuera huele a tierra mojada, a lluvia recién caída, a niebla. Pese al frio, me detengo un par de segundos a vigilar las ramas de los árboles, que entretejen un túnel, oscureciendo aun más la llegada de la noche . Quizá por eso no te veo venir.

 

Nos cruzamos delante del capó del coche, y me encuentro retenida de las muñecas. Me giras y mi mirada sorprendida se encuentra con la tuya, inexpresiva.

Peaje.

¿Peaje? No soy capaz de articular nada más.

Tu superioridad física me empuja por las muñecas y me hace caminar torpemente hacia atrás. Los tacones se clavan el barro y se enredan en la hojarasca mojada del borde de la carretera haciéndome perder el equilibrio, pero tú me aferras por los brazos. Tu mirada ya no es neutra sino salvaje y al abrir la puerta de atrás, abro la boca indignada.

¿Pero qué..?

No me dejas hablar. Tu boca sella la mía con violencia, y me revuelvo, indignada. No es suficiente. Te palmeo el pecho con fuerza, e inmediatamente conecto una bofetada, pero sólo consigo enardecerte más. Me agarras de los muslos, obligándome a rodearte con ellos la cintura y no me queda otra que aferrarme a tu cuello para mantener el equilibrio.

¡Estás loco! jadeo, sofocada y… excitada.

Tú solo sonríes a medias y vuelves a sumergirte en mi boca.

Me tumbas en el asiento de atrás, y todo se precipita. Somos una mezcla de brazos, piernas, manos, bocas, lenguas… y también jerséis y chaquetas, algunos papeles del trabajo sumado a mis tacones y los cinturones de seguridad. Eres muy corpulento y yo estoy incómoda. Hay mucho espacio, pero se nos hace diminuto.

Así no susurro, con la voz ronca por el deseo.

No hablas, reflexionas. Pero no me das tiempo a que me enfríe. Rápidamente me das la vuelta, y cierras mis manos sobre la manilla sobre la puerta del coche. Intento soltarme, pero aprietas tus dedos sobre los míos haciendo que me aferre al plástico.

Ahora me toca a mí murmuras, agresivo . Me haces reír.

Pero la risa se transforma en gemido cuando siento tus manos recorrer sin ceremonia el interior de mis muslos, bajando mis bragas, y abriéndome las piernas mientras acomodas el cuerpo detrás de mí.
El sonido brusco de la cremallera al abrirse me da una señal certera y me agarro con fuerza a la manilla, así que cuando recibo tu embestida, estoy preparada.
La dureza de tu tacto me lleva al borde del clímax. Una de tus manos se aferra a mi cuello, haciéndome sentir todas y cada una de las yemas de tus dedos. La otra se clava en mi cadera. Sonrío porque sé que me quedará un recuerdo de esos dedos. Cierro los ojos dejándome llevar por el momento, acunada por tus jadeos, saboreando cada intrusión de tu cuerpo en mi cuerpo, y las oleadas de placer acumulado tras las compuertas de mi contención.

De pronto paras.

Apoyas tu frente en mi nuca, intentando recuperar el aliento, respondiendo a mi exclamación airada.

No tengo condones explicas, culpable.

Me dan ganas de volver a abofetearte. ¿Por qué has empezado algo que no puedes terminar? Estoy furiosa. Y excitada. Y eso siempre es una mala combinación. O buena.

Por detrás te ordeno. Ahora eres tú el que me mira desconcertado.

¡Ahora!, ¡por detrás, muévete! siseo, cabreada.

Sonríes y no pierdes tiempo. Mi humedad es el mejor lubricante, y vuelves a enterrarte en mí con la misma rudeza de siempre, alentado por mi rabia. Mi grito de dolor y placer se une a mi tensión entre tus manos, pero no me das tregua. Los jadeos dan paso a los gruñidos y yo ya no doy órdenes. Mi mente se ha desconectado de mi cuerpo porque tu generosidad siempre se asegura de que lo haga antes que tú. Y tú te cobras tu peaje.

Y respiramos.

O al menos lo intentamos.

La fiereza de tu agarre ha desaparecido y ahora me sostiene. En algún momento, he soltado la manilla y he caído desmadejada entre tus brazos. No se cuanto tiempo permanecemos así, en silencio.

Estás loco repito en voz baja. Tú asientes.

Finalmente me deshago de tu abrazo e intento recomponer mi ropa. El jersey es la victima de nuestros fluidos, cuando entre risas, nos limpiamos. Tú conduces. Yo no tengo fuerzas. Retomas el camino a casa y yo me recuesto, relajada y satisfecha, a tu lado.

 

©Mimmi Kass.

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Mimmi Kass Written by:

2 Comments

  1. Carmen
    13 julio, 2015
    Reply

    Ya tienes una seguidora más 😉

    • Mimmi Kass
      14 julio, 2015
      Reply

      ¡La primera valiente! 😀
      Muchas gracias y bienvenida.

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