Radiografía del Deseo: El retorno

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EL RETORNO

 

 

El vagón del metro estaba casi vacío. En pleno enero, al inicio de las vacaciones de verano, el barrio residencial en el que vivía se libraba del ajetreo de los escolares acudiendo al colegio, del caos del tráfico y las aglomeraciones en hora punta.

Inés retorcía las manos, nerviosa, mientras esperaba con impaciencia su parada. Era muy temprano, pero prefería llegar con tiempo.

A medida que se acercaba al corazón financiero de la ciudad, el vagón se fue llenando y la actividad aumentó. Ejecutivos con maletines de ordenador, mujeres bien vestidas y unos pocos turistas madrugadores se bajaron con ella en la estación de Metro Tobalaba.

Alzó los ojos hacia los enormes edificios de acero y cristal del World Trade Center. Un nombre un poco presuntuoso, pero el aspecto de Sanhattan aquella mañana no desmerecía. El smog había desaparecido y la cordillera de los Andes, aún nevada, se reflejaba en los rascacielos dando una imagen irreal. Santiago de Chile podía ser una ciudad hostil, pero, en mañanas como aquella, también era muy bella.

¿Le daría tiempo de tomarse un café en el Starbucks? Volvió a consultar su reloj y, tras un momento de duda, se dirigió hacia allí.

No llegó muy lejos.

Un grito desgarrador, agudo y que trasmitía desesperación, atenazó su pecho y generó un ramalazo de adrenalina: un grito de socorro.

Echó a correr sobre los tacones, ignorando el dolor lancinante en sus pies, hacia el grupo de personas que se arremolinaba junto a la boca del metro. La llamada de auxilio activó el impulso visceral, tan enraizado en ella, de hacer algo. Lo que fuera.

—¡Ayuda, por favor! —La mujer ya no gritaba, sollozaba con impotencia junto al cuerpo inerte de un hombre. Inés se abrió paso a empujones, hasta arrodillarse junto a ella, ignorando las sugerencias absurdas que lanzaban los transeúntes.

—¿Qué ha pasado? ¿Se ha golpeado la cabeza? —Examinó con destreza su vía aérea. Mierda. No respiraba. Le buscó el pulso de la muñeca mientras el latido de su propio corazón se desbocaba al no encontrarlo. Mejor en la carótida, más fácil. El hombre era inmenso y eso dificultaba su trabajo. Le calculó unos ciento cincuenta kilos. No tenía latido.

—No, ¡no sé! Dijo que no podía respirar al subir la escalera. Le pasa mucho —resopló la mujer—. Se quejó de dolor y se desplomó. Fue cosa de un minuto.

«Un infarto. Seguro». Inés ya había iniciado compresiones en el tórax del hombre. Bloqueó los codos y comenzó la cuenta mental. Un silencio ominoso le erizó la piel, y necesitó llenarlo con algo.

—¡Que alguien llame a una ambulancia! —gritó, con su voz aguda y femenina.

Aquello pareció despertar del letargo a la gente que la agobiaba con su buena intención, y varios teléfonos móviles volaron de bolsillos y bolsos. Alguien empezó a abanicar la cara del hombre con un periódico, e Inés apretó los dientes. ¿Acaso no se daba cuenta de que la estorbaba? «Hay que subirle las piernas», «Hay que echarle agua fría para que despierte», «Seguro que es epilepsia». Las elucubraciones la sacaban de quicio, y además, empezaba a cansarse. Sentía correr el sudor entre sus pechos, el pelo se había escapado de su coleta y se le pegaba a las sienes, y las rodillas desnudas sobre el cemento la estaban matando de dolor. Su irritación se disparó cuando una mano fuerte la aferró del brazo para levantarla.

—¡Soy médico, idiota! —resopló, manteniendo infatigable el ritmo de la reanimación. La gente no solía tomarla en serio por su aspecto frágil y delicado. Estaba harta.

—Yo también. Estás agotada. Deja que te releve.

Inés se volvió, intrigada por el acento ronco del hombre que la sujetaba del brazo. Se encontró con unos ojos azules, acerados, y una mirada glacial que no admitía réplicas. Dudó un instante y asintió.

—Sí. De acuerdo. Vale —contestó, nerviosa.

No se levantó. Se apartó lo justo para dejarle sitio al desconocido, que se arrodilló junto a ella para sustituirla en el masaje cardiaco, sin perder el ritmo, y con mayor intensidad. Inés no pudo evitar fijarse en los antebrazos bien torneados y en las manos fuertes durante unos segundos, pero sacudió la cabeza y se enfocó en lo que debía hacer. No le hacía ninguna gracia, pero apretó la nariz del hombre entre el pulgar y el índice, selló con la boca sus labios entreabiertos y exangües, e insufló aire con fuerza.

Era un trabajo mecánico. Treinta compresiones, dos insuflaciones. Treinta compresiones, dos insuflaciones. Perdió la cuenta de las veces que repitieron la operación. Ya no escuchaba las conversaciones preocupadas del corrillo de transeúntes, y ni siquiera sentía el dolor de las rodillas. Suspiró aliviada cuando el hombre boqueó un par de veces, todavía inconsciente.

El sonido de la sirena de una ambulancia, que reclamaba sitio para acercarse, la sacó de su estado de trance.

—Ya era hora —gruñó el desconocido a su lado.

Inés lo miró con atención por primera vez. Un vikingo. No. El Dios del Trueno encarnado se había incorporado y se estiraba para librarse del anquilosamiento producto del esfuerzo. Inés se dio el gusto de recorrer con la mirada toda su altura, hasta llegar a los labios, que exhibían un rictus déspota, y a los ojos azules. La visión del pelo rubio, en un corte desigual hasta rozar la mandíbula, le generó un calor extraño en la punta de los dedos.

«Un largo perfecto para agarrar mientras echas un polvo», pensó, apreciativa.

Agitó la cabeza para deshacerse del impulso de hundir las yemas en su cuero cabelludo. Estaba loca. ¿Acababan de reanimar a un tipo en la calle y se ponía cachonda? Sentía que su libido se desperezaba tras un buen periodo de sequía por el estrés y la vorágine de los últimos dos meses.

El paramédico de la Unidad Coronaria Móvil se dirigió a ella para hacerle las preguntas de rigor y el vikingo desapareció entre la multitud tras murmurar una despedida rápida.

Inés ayudó a acomodar al hombre en la camilla junto con otros voluntarios, y consoló como pudo a la mujer, que se subió en la ambulancia deshecha en lágrimas. Con la misma celeridad con que se había montado, el circo callejero se disolvió como por arte de magia y se encontró sola frente a la boca del metro.

Hizo control de daños: rehízo su moño como pudo, se secó el sudor del escote y la cara con su rebeca de hilo, y se frotó las rodillas. Mierda. Se le habían roto las medias. Al menos nadie le había robado el bolso.

—¡Mierda, joder! —masculló en voz alta al echarle un vistazo a su reloj. Llegaba tarde a la visita de la UCI. Genial. Empezaba su primer día de subespecialización en Cardiología Infantil entrando por la puerta grande.

 

La entrada principal del Hospital San Lucas quedaba a unos pocos cientos de metros. Un holding americano había comprado los terrenos del antiguo Hospital Militar para derribarlo y construirlo desde cero, unos diez años atrás. Ahora, una mole triangular de acero y cristal, con un patio central, aprovechaba hasta el último metro cuadrado en el corazón de la comuna de Providencia, alojando también la Facultad de Medicina de la Universidad Internacional.

Después de estudiar la carrera y especializarse en Pediatría, Inés había pasado un año en Estados Unidos, pero ahora estaba de vuelta, y ella y el San Lucas se volvían a encontrar.

Subió la escalinata con celeridad, invadida por los recuerdos. El hall de entrada, con sus suelos de mármol blanco y el aspecto formal y elegante que caracterizaba a todo el hospital, la recibió como si jamás se hubiera marchado de allí. Era como volver a casa.

No se molestó en ir a la UCI, ya se enteraría después de si tenían ingresado algún paciente para ella. Primera parada: la Unidad del Corazón Infantil. Se animó con la perspectiva de ver al viejo Hoyos, gran parte de su amor por la Cardiología venía de su carismático tutor.

Una vez en el ascensor, se quitó las medias en tiempo récord en un alarde de acróbata circense. Sacó la bata de su enorme bolso, se la puso mientras llegaba a la tercera planta y se colgó el fonendoscopio al cuello.

Al salir al rellano abrió la boca, desconcertada. ¡Vaya con el año de reformas! Ahora, una gran placa de metacrilato con un moderno logo de un corazón con dos niños de la mano, presidía la nómina de médicos de la Unidad del Corazón Infantil. Su nombre también estaba allí y no pudo evitar sonreír, ilusionada, al descubrirlo.

Atravesó la sala de espera, aún poco poblada, y se dirigió a la zona de despachos. El sonido inconfundible del ventilador de un ecocardiógrafo, mezclado con las voces de una película infantil, se colaba por la puerta entreabierta de una de las consultas. Olía a pintura, a plástico recién estrenado, a desinfectante. Todo estaba impregnado del aroma a nuevo e Inés sintió la emoción aletear en su pecho.

Empujó la pesada puerta de cristal troquelado que separaba el área de consultas de la zona de despachos. El del jefe estaba donde siempre, a pesar de todos los cambios, y entró con determinación.

—¡Buenos días, Dr. Hoyos! —saludó con alegría.

Al verlo se le encogió el corazón.

En un año, parecía haber envejecido diez. Su pelo, antes entrecano, estaba ahora totalmente blanco, había perdido peso, y un fino temblor se apreciaba en sus manos. ¿Estaría enfermo?

— ¡Inés! —exclamó, levantándose con torpeza—. ¡Has vuelto! —la saludó con unos golpecitos cariñosos en el brazo, marca de fábrica.

—Me alegro de estar aquí por fin —respondió ella, sonriente. Se sentó en el butacón al otro lado del escritorio tras su indicación silenciosa.

—Cuéntame, ¿qué tal la aventura americana?

Al ver que no le daban la beca de Cardiología Infantil, Inés se vio perdida. Había pecado de soberbia y no postuló a ningún otro hospital, segura de quedarse en el San Lucas, pero, tras la entrevista, seleccionaron a otra persona. Aún se preguntaba qué era lo que había salido mal.

Recordó con angustia la incertidumbre de aquellos días. Al final, animada por Daniel, su mejor amigo, y por el mismo Hoyos, solicitó una pasantía en la Clínica Mayo de Rochester, en su Unidad de Cardiopatías Congénitas, para profundizar sus conocimientos en cardio.

Presentó de nuevo su solicitud al San Lucas sin ninguna esperanza, y la noticia de que había sido seleccionada le llegó justo después de Año Nuevo. Estaban a siete de enero, desde luego, no había tenido mucho tiempo para asimilarlo.

Inés pensaba en todo esto mientras relataba a su tutor un resumen detallado de su último año en Estados Unidos. Hoyos asentía, escuchando con atención sus palabras.

—…He aprendido muchísimo —Inés se detuvo unos segundos para recuperar el aliento—, pero también tenía claro que quería volver. He echado de menos el San Lucas —explicó, sonriendo ante la expresión cálida y afable del viejo cardiólogo.

—Muy bien, no sabes cuánto me alegro. Vamos a repasar la planificación de tus dos años con nosotros, y veamos de cuánto trabajo me puedes librar.

Se sumergieron en rotaciones, pasantías y negociaciones de cuánto tiempo permanecería en cada una de ellas. No se podía quejar, su tutor había preparado para ella un programa formativo muy completo. Estaba tan enfrascada en la conversación, que no escuchó los golpes en la puerta. Guarida, el jefe de Cardiocirugía, entró bruscamente en el despacho e Inés pegó un salto en su silla.

—¡Abel, tenemos que hablar! —rugió—. ¡La situación se está haciendo insostenible!

Su tutor se quitó las gafas y se agarró el puente de la nariz, en un gesto de derrota. Inés enarcó las cejas, sorprendida. Era inusual ver a Guarida así, enfadado y haciendo aspavientos, cuando su temperamento era afable y bonachón. Debía de estar muy cabreado.

—Hernán… Sé que estás presionado, pero estoy atado de pies y manos por la gerencia del hospital. —Inés se tensó. ¿La Unidad tenía problemas? Acababan de reformarla, haciendo una inversión muy importante—. Tendrás que arreglarte con lo que hay.

—¡No puedo cargar más de trabajo a Erik! —respondió Guarida, blandiendo en su mano el calendario de guardias de cirugía—. Necesitamos otro cardiocirujano en la unidad. ¡Ya!

Inés se hundió en la butaca para intentar pasar desapercibida. Las chispas saltaban en el ambiente por el pulso entre los dos jefes. Guarida, alto y orondo, con un ímpetu arrollador, y el Dr. Hoyos, enjuto, serio e implacable. Unos golpes decididos rompieron el momento de tensión y la puerta se abrió de nuevo. Inés abrió los ojos como platos por la sorpresa y se aferró a los reposabrazos de la butaca. El vikingo. ¡Era el vikingo! Y no pareció reconocerla vestida con la bata, pero ella no pudo evitar pensar en lo bien que le sentaba el azul marino del uniforme del quirófano. Inés acarició en sus pensamientos los brazos torneados y detuvo la mirada en sus manos. Manos grandes, fuertes, con venas prominentes. Si era cardiocirujano, seguro que eran buenas para otras cosas…

—Buenos días. Vengo a revisar el calendario, tengo quince guardias de llamada este mes. Tiene que haber un error —explicó con precaución, dirigiéndose a sus superiores.

Inés salió de su ensoñación y dedujo con rapidez que él era el Erik del que hablaban. Recordó las palabras de su amigo Daniel, residente de cardiocirugía: una de las viejas glorias se había jubilado por fin y en su lugar habían contratado a un extranjero. Mientras discutían sin prestarle atención, pudo estudiarlo sin disimulo.

Era alto y fornido, se podía intuir un cuerpo bien esculpido bajo el uniforme de quirófano y sus movimientos eran elegantes y contenidos. Era la imagen de un tigre. Llevaba la melena rubia recogida y se podían apreciar mejor su mandíbula marcada y la boca de labios finos, pero perversos. Verlos en movimiento la hizo preguntarse cómo se sentirían apoyados en su piel. Y sus ojos… tenían un extraño rasgado que le otorgaba cierta dulzura al azul glacial de su mirada. Su hablar pausado era correcto, pero con un fuerte acento que era imposible de ignorar. Una punzada de deseo mezclada con curiosidad la remeció, pillándola por sorpresa, y soltó el aire que retenía de manera inconsciente en una lenta exhalación. La voz de su tutor la sacó de su arrobamiento.

—Este mes va a tener que ser así, Dr. Thoresen —replicó Hoyos, desabrido—. La junta directiva no ha aprobado nuevas contrataciones para el verano.

El vikingo se volvió hacia su jefe directo.

—Quince guardias de llamada. Más los lunes en la UCI Coronaria.

No añadió nada más, pero la mirada acerada de sus ojos generó en Inés un escalofrío. Irradiaba ira contenida. Tenía toda la pinta de que era conveniente no tocarle las narices.

—Es por este mes, Erik —intentó aplacarlo Guarida—. En febrero las cosas van a cambiar.

—Eso me dijisteis en diciembre. Cancelé mis vacaciones en Noruega para cubrir las necesidades del Servicio.

Inés se encogió todavía más. Algo en su tono de voz, una fuerza irresistible, la hizo sentir de manera irracional que ella era la culpable de todos sus males. Se revolvió, incómoda, atrayendo la atención de los tres hombres y su tutor se volvió hacia ella con expresión disgustada.

—Inés… Dra. Morán, disculpe la interrupción.

—No pasa nada —respondió, queriendo desaparecer cuando el vikingo posó sus ojos en ella… y derretirse a continuación cuando su boca le regaló una amplia sonrisa.

—Volvemos a encontrarnos. ¿Trabajas en este hospital? —preguntó con auténtica curiosidad.

Inés le devolvió el gesto, cargando su boca de sensualidad, conocedora de tener cierto poder sobre el género masculino. Pero entonces recordó con claridad el «¡Soy médico, idiota!» que le soltó cuando intentó ayudarla y su sonrisa se tambaleó.

—Dr. Thoresen, esta es la Dra. Inés Morán Vivanco, nuestra nueva residente de Cardiología Infantil. ¿Se conocen? —preguntó su tutor con extrañeza.

Inés recuperó parte de su resolución y se levantó para estrechar con decisión la mano extendida.

—No. No nos conocemos. Encantada, Dr. Thoresen.

—Llámame Erik.

La sonrisa seguía brillando en los ojos azules, que la miraron con apreciación; Inés maldijo el aspecto de su pelo y prefirió no pensar en el estado de su maquillaje.

—Bueno —cortó su tutor, mirando el reloj de su muñeca—. Llego tarde a la consulta. Ya hablaremos de esto.

Le hizo un gesto a Inés para que lo siguiera, y ella se despidió de los cirujanos dedicándole una última mirada a Erik Thoresen antes de salir del despacho.

 

Erik suspiró con resignación y emprendió el camino de vuelta hacia el quirófano, pero se detuvo en seco ante la llamada de su jefe.

—Un momento, Dr. Thoresen. He visto cómo miraba a la residente —dijo Guarida, endureciendo el tono para emplear el tratamiento de «usted» con intención—. No tengo que recordarle que pesa sobre usted una amonestación, y un expediente abierto por escándalo, ¿verdad?

Erik palideció, eso sí que no se lo esperaba y apretó los labios en una línea para esconder su irritación.

—Soy bien consciente —contestó, cortante.

—Eso espero. Por su propio bien y el de este servicio, más vale que mantenga los pantalones puestos dentro de este hospital.

 

Inés se despidió de su tutor, y dedicó el resto de la mañana a los múltiples trámites administrativos que tenía que enfrentar para formalizar su inicio en el San Lucas: firmar el contrato, obtener la credencial de acceso a las zonas restringidas, recoger los uniformes de quirófano, las batas y los zuecos reglamentarios, que no tenía intención de usar, y conseguir las llaves de una taquilla.

Un poco antes de la hora de comer, se encaminó al despacho de la UCI pediátrica. Tocaba la temida reunión de inicio de año para distribuir las guardias con el resto de residentes de subespecialización.

Una algarabía de voces airadas la avisó de lo que ya se esperaba: aquellas reuniones solían terminar en batalla campal, cada uno abogaba por sus propios intereses y las negociaciones eran interminables. Inés sonrió a algunos de sus antiguos compañeros, pero prestó atención a las palabras de la Jefa de Residentes, que señalaba la pantalla donde se proyectaba una diapositiva con la planilla de guardias.

Inés buscó su apellido y sonrió, le tocaba el jueves. Era un turno excelente, porque alargaba el fin de semana unas horas, pero una voz masculina se alzó de entre las discusiones.

—Viviana, yo no puedo tener guardia el martes, los miércoles hay endoscopias, y como sabes, es el campo en el que me estoy formando.

—Muy bien, entonces pasarás al lunes —comentó la jefa, modificando la planilla en su IPad por enésima vez.

—La guardia de lunes que se la chupe uno de primero, cámbiamela por la del jueves, Morán es de primero, ¿no? Pues me quedo con su guardia del jueves.

Inés intervino sin poder esconder su indignación.

—¿Y qué tiene que sea de primero? Los jueves hay quirófano cardiaco, es importante para mi formación asistir a los niños en el postoperatorio inmediato.

—La jerarquía es la jerarquía. Me quedo con su puesto del jueves, y que la novata pase a la guardia de lunes —dijo el tipo, sin siquiera molestarse en mirarla.

—De acuerdo —dijo la jefa, sin discutir.

Inés no lo podía creer, pero si pensaban que se iba a quedar callada, lo llevaban claro.

—¿Quién es Yáñez? Que me cambie la guardia del miércoles, que también hay cardiocirugías.

La jefa de residentes sonrió con afectación.

—Lo siento, soy yo. No sé si lo sabes, pero además de jefa de residentes, soy tu superior.

Vaya suerte. Tenía de residente mayor a una bruja déspota.

Inés asistió al resto de la discusión sin poder hacer nada por cambiar su turno. Cuando recibió el calendario final, se le cayó el alma a los pies. Su nombre quedaba confirmado junto a un tal Marcos López en el «turno lunes» y sabía perfectamente que empezar la semana de guardia era un verdadero asco.

La consulta de la tarde no le generó mayores problemas. En cuanto el Dr. Hoyos comprobó que se desenvolvía con eficacia, la dejó sola con los niños e Inés no pudo evitar la sensación de triunfo. Lo malo era que así tardaba más con cada paciente porque, claro, los informes también tenía que hacerlos ella.

Llegó bastante tarde a su pequeño apartamento, agotada. Eran cerca de las siete. Caminó sorteando las cajas de la mudanza que aún tenía sin abrir y abrió los amplios ventanales del salón, dejando entrar el frescor de la caída de la noche. Con una sonrisa contempló su pequeño reino.

Se trataba de un moderno piso de dos habitaciones en el centro de Providencia, con vistas a la Plaza Las Lilas. No era demasiado grande, pero sí luminoso y acogedor. Desde el pasillo que hacía las veces de vestíbulo se accedía a la habitación de invitados y, del otro lado, a un pequeño cuarto de baño. Después, seguía la entrada a la cocina, que se comunicaba con el salón a través de una barra de desayuno.

Sonrió al recordar cómo ella y su madre habían elegido la decoración de lo que consideraba el centro neurálgico de su hogar. Las alacenas eran del mismo color blanco de las puertas y estaba muy bien equipada. Tenía muchas ganas de poner a prueba el horno repostero.

El hall se abría directamente al salón, en una entrada con forma de arco. No tenía demasiados muebles: una mesa de comedor con cuatro sillas, un coqueto escritorio de madera y dos sofás bajos, cómodos y muy coloridos. Frente a ellos, una mesa auxiliar y en la pared, un mueble ligero con su televisión de plasma, múltiples fotos, discos compactos y muchos libros.

Abrió también la ventana de su habitación. Su entrada, una puerta corredera oculta en la pared, daba paso a la estancia en suite, con un pequeño vestidor desde donde accedía al cuarto de baño. Era una distribución peculiar, pero aprovechaba mejor el espacio. Una cama de dos plazas, con mesillas blancas de estilo provenzal y una cómoda con una pequeña pantalla de televisión completaban el conjunto.

Le encantaba, aunque no había pasado allí ni una semana antes de marcharse a Estados Unidos y aún no lo sentía su hogar, pero pensaba cambiar eso rápidamente.

 

© Mimmi Kass

 

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Javiera Hurtado Written by:

12 Comments

  1. Lis
    17 junio, 2016
    Reply

    Me encanta … que buena historia ” soy médico idiota ” Jajajaja ya veré cómo hago para leerla completa !

    • 17 junio, 2016
      Reply

      ¡Gracias, preciosa! Parece que Inés habla y después piensa… Estará en Amazon muy pronto. Un beso gigante, y muchas gracias por comentar. ?

  2. 17 junio, 2016
    Reply

    Me encanta!!! Para cuándo más????

    • 17 junio, 2016
      Reply

      ¡Y a mí me encanta que te encante! La semana que viene pondré el segundo capítulo en el blog, lo informaré con bombo y platillo en las redes sociales ?? ¡Muchas gracias por pasarte por mi rincón, linda!

  3. Mysticnox
    17 junio, 2016
    Reply

    Ha empezado muy bien. Dejándonos con ganas de más. Y este Erik me gusta… Muchoooo.
    Espero notícias muy pronto
    Un beso

    • 17 junio, 2016
      Reply

      ¡Hola, Noemí! Un placer recibirte de nuevo por aquí. Erik es…tremendo. E Inés va a dar mucha guerra también. La semana que viene tendréis aquí el segundo capítulo, y muy pronto, la novela en Amazon. ¡Besos enormes! ?

  4. Begoña
    18 junio, 2016
    Reply

    ¡¡¡Deseando seguir leyendo!!!

    • 20 junio, 2016
      Reply

      ¡Hola, Begoña! Bienvenida a mi rinconcito, no sabes la ilusión que me hace que queráis seguir con la historia. Muy, muy pronto tenéis el segundo capítulo en el blog, y en nada la novela en Amazon. Mil gracias por comentar. ?

  5. Xiki
    24 junio, 2016
    Reply

    Me encanta!!!! Me he metido de lleno! Estoy ansiosaaaa!!!!

    Enhorabuena!!!!

    • 25 junio, 2016
      Reply

      ¡No sabes la ilusión que me hace, Xiqui! Estoy segura de que disfrutaréis con la historia de Erik e Inés. Ya no falta nada. ¡Mil gracias por tus palabras! ?

  6. Maria Laura Rodriguez
    9 agosto, 2016
    Reply

    Para cuando el segundo libro? AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHh….. me frustan las series que enganchan, dia y medio me duro Ines y Erick… quiero mas ….

    • 9 agosto, 2016
      Reply

      ¡Hola, María Laura! Gracias por pasarte por aquí para contármelo, me encanta que me comentéis vuestras impresiones con Radiografía del deseo. La próxima parte la publicaré antes de fin de año, ¡prometido!

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