Switch

 

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Estoy suspendido de las muñecas. Sólo tocan el suelo las puntas de mis pies. Percibo lejanamente el cansancio de mis brazos, pero sé que si me relajo, la tela de seda enrollada en mi cuello se tensará aún más y me asfixiaré. No tengo miedo. Ella me desataría inmediatamente… después de unos segundos. Sabe el placer que me provoca.
Oigo resonar sus tacones en la oscuridad, ¿cuáles llevará? Fantaseo imaginando las botas negras de charol clavándose en mi muslo como castigo a mi insumisión. Me fascina provocarla. Es fácil. En estos momentos, se esfuma su sentido del humor.

Me rodea. No la veo. Otra tela de seda me cubre los ojos.

Camina en círculos en torno a mí, como un tiburón rondando a su presa. Oigo sonidos metálicos e inmediatamente reconozco una cadena. Sonrío lascivo, pero un sonido seco sobre mi pene, seguido de mil alfileres de dolor y placer provoca que encoja involuntariamente las piernas. La tela se tensa y jadeo. Las endorfinas gatilladas por la asfixia inundan mi torrente sanguíneo y mi erección se enardece. Me da unos segundos para recuperarme.
—No te rías —me ordena, con voz dulce.
Asiento. No me permite hablar. Pero vuelvo a sonreír, esta vez sin mover los labios. Ahora ya sé lo que porta en las manos. Una cadena y una fusta. Mi piel se electriza con la anticipación. Todo esto es para mí y sólo para mí.

Ha dejado de caminar. Está detrás de mí y mis glúteos se contraen. Siento sus pezones sobre mi espalda y su monte de venus entre mis nalgas. Ahora sé algo más. Está desnuda y la boca se me hace agua. No me ve, así que sonrío. Y grito. Me ha agarrado los testículos desde detrás y los retuerce. Jadeo, mi cuerpo ha brotado a sudar y la oigo chasquear la lengua con fastidio, mientras espera a que la seda sobre mi cuello se vuelva aflojar. Mis caderas se mueven inconscientemente, estoy al borde del orgasmo. Es demasiado y exhalo varias veces con violencia, buscando oxígeno.
— ¿Cuándo vas a aprender? ¡No te rías!
Exigente pero dulce. Siempre dulce. Pienso en sus ojos negros, en sus labios gruesos y en su vagina abierta para mí. Y dejo escapar un gemido. Y grito. El fustazo restalla contra mi espalda y me arqueo. Inicio una protesta que se congela en mis labios al sentir un nuevo fustazo. Y otro. Y otro. Aprieto los dientes. Mi polla ha empezado a vibrar, el placer es insostenible, pero identifico un nuevo sentimiento. Ira. Es momento de parar. Inspiro para emitir una palabra, pero ella se ha detenido. Lo sabe. Sabe que me ha enfurecido. Sabe que me cuesta someterme. Sabe que tiene que darme algo o todo se acabará. Y la deseo. Cómo la deseo.

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Siento un bálsamo caliente caer sobre mis hombros y cierro los ojos tras la venda. Sus manos lo extienden por mi espalda, mi cintura y mi culo. Me relajo y respiro. Soy de nuevo suyo.
Se pega a mí, nos fundimos con la película de aceite, sus manos acarician mis pectorales y mi abdomen, trazando lentamente un camino hacia el sur. La cadena está enrollada en su muñeca. La fusta ha desaparecido. Mejor.
Se aleja. Me pregunto si se marchará por mucho tiempo. Mis brazos empiezan a acalambrarse y la polla me duele por la tensión. El sonido de hielos distrae mi atención.
—Abre la boca.
Obedezco y siento el filo de una copa entre mis labios, que ella sujeta. Bebo con fruición. Es caprichosa. Champán. El líquido se derrama por las comisuras de mis labios y moja mi torso.
— ¡Oh! —exclama, sorprendida ante el desastre. Me contengo para no volver a sonreír. ¡Es tan niña!
Pega sus labios a mi piel y succiona el champán sobre mi pecho, mi abdomen, deja escapar una risita y sopla sobre mi polla, que se mueve espasmódicamente. Cierro los ojos tras la venda y lanzo una plegaria al universo al sentir su boca rodearla sin preámbulos. Y succiona. La imagino de rodillas frente a mí y jadeo. La pulsión por entrelazar mis dedos en su pelo es tal, que mis brazos se mueven inconscientemente, tirando de la seda de mi cuello y siento que estoy a punto de caer al vacío. La venda de mis ojos se afloja y cae.
— ¡Uhmmmmm! —exclama, al sentir la humedad en su lengua, previa a la eyaculación.
— ¡Basta! —grito. ¿Esa es mi voz? El graznido ronco y primario me sorprende, pero ella se detiene inmediatamente.
—Desátame—. Se acerca sin vacilar, soltando el nudo sobre mi cabeza y la seda de mis muñecas se deshace. Me las froto con fuerza y masajeo mi cuello. Ella está inmóvil, la cabeza gacha. Las manos entrelazadas frente a su monte de venus. Esperando órdenes.
—Mírame. ¿Qué pensabas hacer con esa cadena? —pregunto, levantando su mano izquierda y liberando su muñeca del acero. Clava sus ojos irónicos, burlones y brillantes en mí. No cae en la trampa. Es mucho mejor que yo en la sumisión.
—Contesta —le ordeno, mientras paseo la cadena por sus pechos.
—Atarte los testículos —responde con dulzura. Me arranca una sonrisa, y niego con la cabeza. Su mirada vuelve al suelo. Pronto será mucho, mucho mejor también en la dominación.
La alumna supera al maestro.
—Túmbate en la cama y abre las piernas.
Ato sus muñecas al cabecero con la cadena. Es mi turno.

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Mimmi Kass Written by:

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