Una tarde perezosa…

Una tarde perezosa

Hace un calor insoportable. Hemos huido del sol, refugiándonos en el salón en penumbra, gracias a las persianas bajadas casi por completo. Sólo tres hileras de puntos equidistantes permiten el paso de algo de luz.
— ¿Quieres algo? —me grita Jota desde la cocina, examinando el contenido de mi refrigerador.
— ¡Una Coca-Cola con hielo! —respondo, elevando la voz por encima del agua fría de la ducha. Me siento pegajosa, sucia, incómoda.
Al salir, lo veo sobre el sofá ya en bóxer, con su estilo expansivo, un vaso con hielo en una mano y el control de la TV en la otra, sonriéndome apreciativo. Estudia mis shorts de tela y la camiseta blanca de tirantes, húmeda por mi pelo aún mojado. Y nada más. Le devuelvo la sonrisa, traviesa, pero ambos tenemos demasiado calor.
Cojo mi vaso y lo empujo, haciéndome sitio.
— ¡Este sofá es enano, no te pongas en el medio! —protesto en broma.
Se aparta un poco y suspira resignado, ignorándome, mientras pasas los canales sin que nada llame su atención. La verdad es que a estas horas, la programación es una mierda.
—Tengo algunos DVDs, si quieres —ofrezco, señalándole la estantería al lado de la TV. Llaman al timbre y me levanto a abrir, —elige una peli y la vemos. Voy a ver quién es.
Mientras Jota curiosea mi colección, observo por la mirilla y abro. Es Daniel y trae cervezas fresquitas. —Estaba tirado en casa y he venido a haceros una visita, ¿Qué hacéis? —me pregunta, tras darme un beso en los labios y pellizcarme, juguetón, un pezón que se adivina bajo la camiseta. Le doy una palmada en la mano, sonriendo.
—Vamos a ver una película, ¿Te apuntas?

Asiente mientras me pasa las cervezas y se encamina al salón. Los veo saludarse desde la cocina. Un apretón de manos y un beso en la mejilla. Sonrío. Me encanta la amistad que se ha forjado entre ellos. Dan pasa la mano por la cabeza casi rapada de Jota, y me hace gracia su comentario, porque yo he pensado lo mismo, «pareces un terrorista». Preparo unas aceitunas y unas patatas para acompañar las cervezas, y tras dejar la bandeja en la mesa, me acomodo entre ellos. “Batman Forever”, menudo rollo.

Al principio, presto atención a la película. Pero de pronto me doy cuenta de los aromas masculinos a mi lado. Aspiro a la izquierda, fresco y deportivo. Aspiro a mi derecha, más serio y almizclado. Ambos cuerpos me aprisionan, el sofá es pequeño y me revuelvo, desazonada.
— ¿Estás incómoda? —me pregunta Jota, solícito —pon las piernas aquí —añade, palmeando su regazo. Niego con la cabeza, hace demasiado calor. Pongo los pies encima de la mesa auxiliar, como han hecho ellos, pero no soy tan alta y no llego sin tumbarme demasiado.
— Niña, estás insoportable —se queja Dan, — ¿Es que no te vas a estar quieta en toda la película?
Una sonrisa reprimida se escapa de los labios de Jota y yo lo miro, suspicaz. Y acabo poniendo una pierna encima de su regazo.
Mala idea.
Inmediatamente siento su mano en mi muslo, acariciando sin una intención concreta. Pero me pone nerviosa. Ahora sí que no me interesa la película.
Intento controlar la respiración, aunque no pueda hacer lo mismo con mi frecuencia cardiaca. Daniel se gira y me estudia, sabiendo perfectamente lo que está pasando. Me conoce muy bien. Pero sigue atento a la película y eso hace que yo me calme un poco. Hasta que exige mi otro muslo, agarrándome de la rodilla. Y sus caricias sí están cargadas de intención, deslizando la yema de sus dedos por la piel delicada del interior. Ahora es Jota el que me mira divertido. Se miran entre ellos y deciden ignorarme.
Pero sin dejar de tocarme.
Percibo un tercer aroma, más sutil y dulzón, que asciende de entre mis piernas abiertas y por un momento, quiero escapar. Sus reacciones son gemelas, aprisionado mis muslos contra los de ellos, y yo permanezco inmóvil atenta a sus manos. A la izquierda, firmes y exigentes. A la derecha, roces de porcelana. Y mi respiración ya no es contenida, sino agitada.
Jota indaga bajo mis pantalones cortos, y Dan lo toma como una señal para deslizar su mano bajo mi camiseta. Me tenso y la piel se me eriza ante su contacto.
—Relájate, niña —me ordena Dan.
Jota se pone de lado y me da un beso cálido en los labios. —Relájate. Tranquila.
Clavo mis ojos en sus ojos castaños y leo deseo. Me vuelvo hacia los ojos azules y leo deseo. El mío, inmanejable. Y temo que ellos los lean, así que los cierro. Por un momento sólo existe la mano de Jota en mi sexo, tanteando ahora con suavidad y la mano de Dan sobre mis pechos. Pero quiero más.

Miro a Jota y entreabro los labios, y él los sella inmediatamente con su boca. Daniel sigue su ejemplo y añade su propia boca a la ecuación, rodeando con ella uno de mis pezones.
Mis gemidos los encienden y ambos se estrechan contra mí. Si Jota sigue trabajándome con su mano, me voy a correr. Si Dan sigue lamiéndome los pezones, me voy a correr.
Siento que Jota tironea de mis pantalones y los aparto a ambos, con algunas dificultades para quitármelos de encima e intento desnudarme. Pero Jota no me deja, y desliza los shorts por mis piernas y luego me quita la camiseta, mientras Daniel aprovecha para desnudarse también.
Es un momento extraño.sensual-mfm-threesome-pic-black-and-white (2)
Veo a Dan quitarse la ropa frente a mí, pero siento las manos y la boca de Jota sobre mi cuerpo. Jota está temblando. Dan nos mira, a pasos escasos y rodea su pene erecto con una de sus manos. Comienza a masturbarse. La visión del cuerpo conocido, moviéndose lánguidamente, me excita. Los movimientos de Jota, masturbándome a mí, me están volviendo loca. Deslizo mi mano bajo su bóxer, reclamando lo que es mío, y de manera inconsciente, empiezo a moverla mimetizando el ritmo de Dan. Jota gruñe. Dan vuelve a su posición junto a mí.
Hasta ahora solo se escuchaban respiraciones entrecortadas y gemidos, pero su voz rompe ese extraño no silencio.
— ¿Habéis hecho esto alguna vez? —murmura en voz baja, sin dejar de acariciarme los pechos, y pegándose a mi cuerpo en el estrecho sofá. Jota y yo nos miramos, ambos negamos con la cabeza. Dan sonríe resignado. Otra primera vez. Una de tantas.
—Vamos a la cama —dice, mirando a los ojos de Jota.
Yo estoy en otro mundo, gracias a los dedos hundidos en mi sexo. No han dejado de tocarme mientras hablan algo entre ellos, en susurros, que han acuñado mi clímax.
Jota me levanta y me abraza. Dan me abraza desde atrás. En ese momento, no hay espacio ni tiempo. Me siento suspendida en el calor que exhalan los dos cuerpos masculinos. Me siento segura. Me siento como una diosa adorada. Y tengo miedo. Y un deseo infinito que me está haciendo perder el control. No quiero moverme. Quiero quedarme así para siempre.

Jota me coge en brazos y me lleva hacia la cama. La habitación está más fresca, también en penumbra. Se tumba y extiende los brazos, exigente. No lo hago esperar y cabalgo sobre él. Daniel pasa a un segundo plano y nos mira, mientras deslizo la mano entre mis muslos, guiando la erección hacia mi interior, sonriendo ante el gemido ronco que arranco de Jota cuando empiezo a mover mis caderas. Siento sus manos en mis pechos, retorciendo, masajeando, pellizcando mis pezones. Y los ojos de Dan clavados en nosotros.
Esperando.
Me giro ligeramente para mirarlo a los ojos. Mantengo mi ritmo sobre Jota, pero la sonrisa es para Dan. Tímida, temerosa, pero invitadora. Y él finalmente se acerca. Abre el cajón de mi cómoda y saca el lubricante.
El verlo en sus manos me trae de vuelta a la realidad, la inseguridad me inunda y pierdo la cadencia. Pero Jota no me deja pensar. Incorporándose, me agarra del cuello y me obliga a fijar sus ojos en él. El cambio de posición, y la rudeza de sus embestidas me enfocan de nuevo.
Demasiado.
Cierro los ojos y arqueo la espalda. Me voy a correr irremediablemente y aprieto los dientes intentando controlar la situación de algún modo y Daniel elige el momento para entrar en acción, abarcándome entre sus muslos. Empuja a Jota del hombro, tendiéndolo en la cama. Jota lo mira, esperando instrucciones. Pero las instrucciones van para mí. Su voz tiembla, aunque es clara:
—No te muevas, niña. Por una vez en tu vida, no te muevas —me advierte, con un deje amenazante en la voz.
Y eso me excita aún más.
Tengo a Jota debajo, acariciándome los muslos, el tórax subiendo y bajando al ritmo de su respiración, mirándome con los ojos entornados y la expresión borracha de deseo. Y a Daniel detrás, empujándome hacia abajo gentilmente pero con firmeza. Siento su pecho en mi espalda y su erección tantear entre mis glúteos. Algo hace detrás de mí, y Jota gruñe y se queja, pero yo no puedo ver nada. Intento girarme, pero me agarra del cuello.
— ¡Quieta! —ordena.

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Cuando siento los dedos lubricados en mi orificio anal, me envaro, expectante y todo mi cuerpo recibe un latigazo de placer. Siento a Jota en tensión, palpitante, entre mis muslos, con sus dedos clavándose en mis caderas. Se está conteniendo y su expresión atormentada me avisa que no aguantará mucho más.
Los dedos de Dan se deslizan y yo emito un gemido, incapaz de seguir inmóvil. Intento incorporarme, pero me empuja contra Jota, implacable y desliza su pene erecto por fin, lentamente, en mi interior.
La sensación de plenitud, de placer y dolor es inmanejable y libero mi segundo orgasmo. No estoy segura de que ellos lo hayan sentido.
Jota gruñe, sujetándome con fuerza, y comienza a moverse. Daniel me tiene inmovilizada por la nuca, y se equilibra apoyando el otro brazo en mi cama.
— ¡Joder! —jadea en mi cuello, cuando se entierra por completo en mí. No soy consciente de mis propios sollozos. Por unos segundos, mis oídos zumban, mi corazón late sin control y todo mi cuerpo está empapado en sudor, que se mezcla con el sudor de los hombres que me atenazan. Mi sexo abraza el pene de Jota mientras mi ano recibe las embestidas cada vez más firmes de Dan.
Jota se corre y jadea totalmente fuera de combate. Mirarlo me llena de una ternura inexplicable en esta situación.
Daniel me incorpora ligeramente y alcanza su propio clímax, murmurando algo que no alcanzo a entender.
Y caemos, fundidos, sobre el cuerpo laxo de Jota, que alcanza a acariciarme el pelo con torpeza, antes de quedarse dormido, ignorando nuestro peso sobre él.
Apenas puedo respirar. No puedo moverme, atrapada entre ellos. Mi corazón poco a poco va recuperando su ritmo normal. No creo que vaya a volver a caminar nunca.
Pasan los minutos.
Daniel sale con delicadeza de mi interior, y se tumba junto a Jota, agotado.
Yo me incorporo con precaución, liberando a Jota y me invade una sensación física de nostalgia, totalmente desconocida. Me tiendo entre los dos, haciéndome sitio en el centro de la cama. Me da igual el calor. Estoy aún flotando en un espacio mental extraño, de bienestar absoluto.
Y me siento pegajosa, sucia… en la gloria.

Mimmi Kass (C)

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