El tren a Colonia

Vuelvo después de un pequeño parón navideño con un relato nuevo. Los trenes y sus destinos encierran historias especiales, estoy segura de que vosotros también tenéis alguna.

El tren a Colonia

Once y diez de la noche y el tren sale con puntualidad alemana. Me invade una cierta tristeza al despedirme de Heidelberg: han sido cinco días trepidantes y he conocido a gente maravillosa, pero el viaje tiene que continuar. Próxima parada: Münich.

Tengo que estar atenta y no rendirme al agotamiento de las noches sin dormir, las amistades recién descubiertas y los litros de cerveza. Sólo tengo cuatro minutos para hacer el trasbordo cuando llegue a Bruchsal, pero no puedo evitar cabecear con ese sueño nervioso y a sobresaltos de quien tiene algo importante que hacer, recostada en la butaca junto a otros viajeros que van a lo suyo.

Hace ya dos semanas que salí de Madrid, sola, con un billete de Europass, mucha ilusión y muy poco dinero en el bolsillo para recorrer lo que pueda de Europa. Al final, que mi mejor amiga se haya rajado en el último momento ha sido para mejor: voy a mi aire y no tengo que rendir cuentas a nadie más que a mí misma.

La estación del trasbordo es un hervidero de gente que va de un lado a otro, pese a la hora o debido a ella. Es sábado por la noche y grupos de jóvenes acarreando equipaje y bicicletas interrumpen mi camino hacia el andén, pero llego a tiempo y subo de un salto al tren de alta velocidad que me llevará a Münich. tren colonia

¡Qué suerte! Estoy sola en el compartimento, así que pongo mi macuto en el portaequipaje, me hago un ovillo, me tapo con mi inseparable chaqueta vaquera y caigo en un sueño profundo.

Parece que han pasado años cuando el revisor me remece el hombro con suavidad y me despierto asustada. Supongo que me pide el billete y, todavía medio dormida, rebusco en el portadocumentos lleno de papelitos, recuerdos, anotaciones y entradas a museos. Mientras, se dirige al otro pasajero. Es cuando me doy cuenta de que no estoy sola en el vagón. Un chico rubio de pelo muy corto, vestido con una sencilla camiseta blanca y unos vaqueros deshilachados, le tiende el ticket con cara de sueño.
Se merece una segunda mirada, es bastante guapo, pero el revisor está ya impaciente y yo por fin encuentro el pasaje y se lo alargo, aliviada.
Algo va mal, porque frunce el ceño y se rasca la cabeza por debajo de la gorra. Me dice algo, pero yo niego con la cabeza y le suelto mi macarrónico «Ich non sprechen deutsch».

Te has equivocado de tren —dice el chico rubio en un español bastante correcto y reprimiendo una sonrisa—. Vamos dirección Hamburgo.

¿Hamburgo? —suelto en un gemido.

Se me cae el alma a los pies porque según mis escasos conocimientos de geografía alemana, voy justo en la dirección opuesta a Münich. Los dos hombres se echan a reír con ganas y el revisor me dice que por esta vez, no me va a cobrar por el despiste, pero debo bajarme en la próxima estación. Yo le suelto un «Danke Schön» desesperado y me lanzo a buscar en mi guía las posibles alternativas, teniendo en cuenta que son casi las dos de la mañana y no tengo ni idea de dónde estoy.

La próxima parada es Colonia. Tienes un tren a Münich a primera hora mañana —dice el chico tras observar en silencio mi ansiedad—. Soy Arne.

Una lucecita de esperanza se enciende en mi cabeza. Genial. Sólo tendré que esperar unas horas en la estación. Me quedo paralizada durante unos segundos ante su mano extendida y luego se la estrecho con decisión.

Hola, soy Irene.

¿Eres española? Yo estuve dos años de Erasmus en Madrid —dice al ver mi sonrisa y mi gesto de asentimiento—. En la Autónoma. Ingeniería.

¡Vaya! Yo estudio farmacia en la Complutense. ¿Por qué decidiste ir a España?

Su historia es fascinante; la cuenta con humor y sin complicarse con sus deficiencias en el idioma: cuando se atranca, sustituye con palabras en inglés sin detenerse a pensar demasiado y sonríe. Sonríe mucho. Y me doy cuenta de que me encanta su sonrisa.

—… Y ahora acabo de volver de mi año sabático tras acabar la carrera. Volví a Alemania hace un par de días desde Nueva Delhi y ahora regreso a mi casa.

Qué envidia. Cuando acabamos la carrera en España, lo único que nos preocupa es colocarnos rápido en un puesto de trabajo.

El niega con la cabeza y se echa a reír.

—Tenemos toda la vida por delante para trabajar, ¿por qué tanta prisa? —replica él.

Nos enfrascamos en una intensa conversación sobre pros y contras de ambas posturas, hasta que el revisor viene a advertirme que la próxima parada está cerca y me tengo que bajar.

Vamos —dice Arne, poniéndose una enorme mochila al hombro—. Yo también me bajo aquí. Te acompaño hasta que venga mi hermano a buscarme.

estación tren coloniaHago lo mismo y salimos a la enorme estación de acero y cristal de Colonia. El ambiente es desangelado, la zona comercial está cerrada y no hay ni un alma. Me invade cierta sensación de temor mientras me siento en un banco y me abrazo al saco de dormir. Arne se ha acercado a una cabina de teléfono a llamar, pero no parece tener suerte.

Mi hermano no está en casa —comenta, fastidiado—. Debe haber salido de juerga.

¿Qué vas a hacer? —pregunto en voz baja.

Me quedo contigo, claro —me dice con una sonrisa mientras se sienta junto a mí—. Podemos esperar juntos hasta que salga tu tren

Muchas gracias por quedarte, en serio —añado, un poco apresurada—, la verdad es que no me hace gracia quedarme aquí sola.

Él se encoje de hombros para restarle importancia y señala con un gesto de la cabeza la salida de la estación.

Venga, vámonos —me anima, levantándose del banco—. La catedral está aquí mismo.

Después de pelear un poco para meter las dos mochilas grandes en una taquilla e intentar sin resultado meter también los sacos, me coge de la mano y me conduce fuera del edificio. Me encojo un poco al salir al exterior, la noche alemana no es como para andar en camiseta de tirantes, así que me pongo la cazadora vaquera y lo sigo por una explanada enorme.

catedral coloniaCasi de sopetón aparece el imponente edificio del Kölner Dom y me quedo boquiabierta ante la fachada gótica, afilada y llena de mil y un detalles fascinantes.

Tardaron en construirla más de seiscientos años —me dice Arne con orgullo—, pero desde luego valió la pena.

Camino hasta la escalinata de piedra para observarla más de cerca: la iluminación es preciosa y se pueden ver algunas gárgolas con claridad pese a la noche. Arne conoce la historia a la perfección y me cuenta sobre los Reyes Magos enterrados aquí, los tesoros que encierra y bromeamos al descubrir una gárgola grotesca de un enano haciéndose una autofelación.

Estoy muerto de hambre —confiesa de pronto, mirando alrededor—.Cerca de aquí hay una gasolinera, ¡vamos a comer algo!

Bajamos unas escaleras interminables que nos conducen a un parque con un césped impecable, arriates de rosas y caminitos rastrillados. No hay ni un alma y disfruto del aroma de las flores y la hierba mojada, recogiendo las gotas de humedad en los pétalos con las yemas de mis dedos. Me encanta.

¿Prefieres quedarte? La gasolinera está ahí mismo —dice señalándome las luces de color naranja al otro lado de la carretera.

Quedo encargada de custodiar nuestros sacos de dormir y las mochilas pequeñas. Aprovecho de curiosear algunas esculturas y empiezo a recorrer los senderos. En poco tiempo Arne vuelve con una botella de agua de un litro, dos sandwiches y una enorme tableta de chocolate. Niega sonriendo cuando le pregunto cuánto le debo.

—Estás en mi casa. Yo invito.

Nos sentamos en un banco a comer. Nos pasamos la botella y bebemos a sorbos entre bromas y risas; el sándwich desaparece en dos minutos. Los dos teníamos hambre.

Dicen que el chocolate suizo es el mejor del mundo, pero no es verdad. Prueba esto—dice, tendiendo ante mí la barra.

—¡Uhmmmmm! —murmuro cuando el cacao se deshace en mi boca, con el punto justo entre amargo y dulce.

Sonrío y lo observo disfrutar de las onzas. Me sonríe de vuelta. Nuestras miradas se engarzan con complicidad, por el chocolate y por algo más, más intenso, más…peligroso. El tono de la mirada cambia y conecta directamente con el centro de  mi cuerpo, mis pezones se endurecen y mi sexo se tensa. Sus ojos azules se clavan en los míos con agresividad.

puente-candados-coloniaDe pronto me siento insegura y camino hasta la barandilla que nos separa del Rhin. La atracción y el deseo quedan aparcados durante unos instantes al contemplar el agua correr tranquila y el enorme puente de hierro sobre ella. Tan cerca del río hay corriente y hace frío, y me froto los brazos. Arne se ha acercado hasta ponerse detrás de mí y todas mis alarmas se activan al nivel de alerta nuclear.

¿Está todo bien? —pregunta, supongo que extrañado por mí reacción.

Sí…sí. Sólo tengo un poco de frío.

Noto su calor antes de sentir sus brazos rodearme el tórax y su cuerpo pegarse a mí cuerpo. Cierro los ojos e inhalo despacio. Huele genial. No es un perfume, es un aroma personal: a piel masculina, a chocolate negro. De manera casi involuntaria dejo caer la cabeza hacia atrás y la apoyo bajo su clavícula. Es alto y tiene que inclinarse para alcanzar mis labios en un beso lento que genera una corriente que baja por mi cuello hasta mi sexo. Permanecemos inmóviles durante un segundo, nuestras miradas dicen sí y nuestras bocas se funden con mayor intensidad. Estoy incómoda y quiero girarme, pero me quedo quieta al sentir sus manos apretándome contra él para después subir hasta mis pechos. Me arranca un gemido al frotarme los pezones con sus pulgares y otro cuando rodea con una mano mi entrepierna.

—Ven —me dice con tono ronco.

Yo cojo su mano y lo sigo sin dudar ni un segundo

©Mimmi Kass

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Mimmi Kass Written by:

4 Comments

  1. Rebeca
    9 Enero, 2016
    Reply

    Me ha encantado! No conozco la estación pero si la catedral y una cafetería que hay cerquita! Mola leer cosas cuando has estado en los sitios! ❤️
    Ainsss! Deseando saber más! Habrá más o con la imaginación basta?
    Mil besos, linda!

    • 11 Enero, 2016
      Reply

      ¡Hola, linda! Me alegra mucho que te haya gustado. Siempre es mejor dejarse algo, así tienes un motivo para volver. Un beso grande y gracias por pasarte.

  2. Yolanda
    12 Septiembre, 2016
    Reply

    Hola! ¿ El relato tiene continuación ?. Es que ando algo perdida. No se ha publicado nada después, no ?

    • 12 Septiembre, 2016
      Reply

      ¡Hola, Yolanda! El tren a Colonia tendrá continuación en otro lugar, ya os avisaré cuando salga! Un beso, y gracias por comentar!

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