Un no es un sí es un no…

Un relato sobre una escena cotidiana en una pareja que muestra cómo la pericia y la perseverancia, a través de pequeños gestos, puede dar la vuelta a una actitud pasiva – agresiva a la hora de enfrentar una situación de tensión y enfado. Hay que jugársela. Hay que trabajar el amor. 

Ella y él: un no es un sí es un no

Al llegar a casa, cansado, ella está en la cocina. Él sabe que es tarde. Su trabajo lo retiene más de lo que le gustaría y es por eso que ella irradia hostilidad y se pone rígida cuando él se acerca a darle un beso de saludo.

¿Cenamos algo?

No. Se me ha quitado el hambre de tanto esperarte —responde ella, cortante.

Él deja el ordenador y la chaqueta del traje sobre la mesa, y se afloja la corbata. Hace un segundo intento de acercarse y hunde la nariz entre su pelo fragante, agarrándola de la cintura. Ella hace una finta y se aparta de su abrazo.

—Tú cena lo que quieras. Yo me voy arriba.

Suspirando resignado, él escucha el taconeo nervioso subir por las escaleras mientras abre una cerveza y le pega un sorbo. Le da un repaso a la nevera y saca unos pocos ingredientes.

Ella se desnuda pensando si todo esto vale la pena, si la suculenta nómina a fin de mes compensa las horas solitarias de su diferencia de horarios. Está cansada de hacer planes, posponiendo sus propias actividades para quedarse sin pan ni pedazo, sin lo uno ni lo otro y al final, no hacer nada. Se desmaquilla y se pone el pijama, un camisón corto de seda blanca con su batín a juego.

Él prepara dos platos. Sabe que se arriesga a una negativa, pero quiere compensarla de algún modo. Prepara unas tostas de salmón ahumado con queso brie y espolvorea sobre ellas un poco de eneldo. No pone la mesa, no es su estilo, pero deja dos cervezas bien frías en la encimera y el abridor a mano. Sube y la encuentra cepillándose el pelo, concentrada en el reflejo que le devuelve el espejo. Él se acerca y engarzan miradas en la superficie plateada.

He preparado algo de cenar. Para los dos.

Te he dicho que cenes tú —replica ella con irritación—, yo me quedo aquí, que tengo cosas que hacer.

He preparado tostas de salmón con brie…

Deja caer la carnada. Ella chasquea la lengua, fastidiada. Esta vez está enfadada de verdad. Él no se rinde. Se acerca un poco más y posa sus manos sobre los hombros, masajeándolos con suavidad.

Ella sigue inmóvil, pero las fuertes manos de él empiezan a vencer un mínimo sus reticencias cuando apartan su melena hacia un lado y acarician su cuello con la punta de los dedos. Él reprime el deseo de inclinarse sobre la piel delicada y recorrerla con los labios.

Una cerveza. Una cerveza y te subes.

Ella es dura. Se lo piensa unos segundos, prolongando así el movimiento de las manos sobre sus hombros y su cuello hasta que asiente en silencio y se levanta.
Él la guía con gentileza posando una mano en su cadera, pero ella vuelve a esquivarlo y apura el paso escaleras abajo.
Él reprime una sonrisa torva y se retrasa adrede para dejar que ella aspire el aroma a queso fundido y a pan caliente. Aprovecha de descalzarse, quitarse la ropa y ponerse una camiseta blanca y un bóxer. Cuando vuelve a la cocina, ella ya está mordisqueando la tosta.

Se iba a enfriar. He metido la tuya en el horno.

Él asiente y saca el plato, siseando porque está caliente y lo ha hecho con las manos desnudas.

Eres un bruto —dice ella sin mirarlo.

Ha destapado las cervezas y ha puesto dos copas y servilletas en la mesa. No lo puede evitar.

Él ignora la copa y bebe directamente de la botella, sentándose frente a ella. Comen durante unos minutos, sin hablarse.

He llegado tarde por culpa de una reunión a última hora —informa él, en tono casual.

No te he pedido explicaciones.

Su tono es glacial, y no añade nada más. Él se arriesga y sube los pies hasta su silla, pero ella no se los acaricia como otras veces. Al menos no los aparta.

No son explicaciones. Te lo cuento para que lo sepas.

Ahora ya lo sé.

Siguen comiendo en silencio. Él se levanta de nuevo a la nevera, algo desanimado.

¿Quieres postre?

No —responde ella. Seca. Cortante.

Él trajina preparando el suyo. Al menos se ha quedado a acompañarlo, aunque siga de un humor de perros. Siente que algo han avanzado desde que llegó.
Se sienta, revolviendo el helado de chocolate con virutas de chocolate, con expresión distraída. Ella mira de reojo y se humedece los labios en un gesto inconsciente que a él no se le escapa. Coge una generosa porción con la cuchara y se la ofrece.

Abre la boca.

No.

Venga. Abre la boca. Te mueres de ganas.

Que no.

Pero él la agarra con firmeza del mentón. Está empezando a perder la paciencia. Sus miradas se enganchan, por un instante salta una chispa de deseo y ella entreabre los labios, muy poco.

Ábrela. Más.

Él acerca la cuchara a su boca, que ella abre reacia, y por fin puede meterle el chocolate. Ella cierra los ojos durante un segundo para saborear el dulzor, soltando un murmullo apreciativo.

Buena chica —dice él, con una sonrisa fugaz.

Es una pequeña victoria, pero queda aún mucha guerra. Y no quiere el chocolate como sucedáneo de lo que busca en realidad.
Al fin hablan un rato, de todo y de nada. Se ponen al día. Comentan algunas noticias. Ella bosteza, se hace tarde y entra temprano a trabajar.

Me voy arriba —advierte, más suave.

Te acompaño.

Haz lo que quieras —responde de nuevo, cortante. Una de cal y otra de arena.

La rutina justo antes de meterse en la cama es casi siempre la misma. Ella se lava los dientes. Él se lava los dientes. Ella se recoge el pelo en una trenza. Él va al cuarto de baño.
Ella se mete en la cama y se acuesta de lado casi al borde, para marcar distancias. Él llega un rato después. Desnudo. Ignorando la mirada fugaz que ella le dedica. Apaga las luces y se mete en la cama, boca arriba, las manos bajo la cabeza, los ojos clavados en el techo, sin verlo. Se muere de ganas de abrazarla, pero necesita hacer acopio de valor para manejar la negativa que sabe que recibirá.

Pasan los minutos. La respiración de ella se hace acompasada. Está dormida. Él se acerca, buscando su calor, sin avasallarla. No quiere que se despierte. Ella pega la espalda a su tórax en sueños, reposando la cabeza en su brazo. Él se acomoda a la curvatura de su cuerpo y la abraza suavemente por la cintura. Empieza a despertar en un plano distinto, y aprieta su erección incipiente entre las nalgas femeninas, llevando una mano a su abdomen y después a uno de sus pechos.

La respiración de ella es ahora profunda y a la vez entrecortada, y se gira para llevar los labios hasta su cuello. Rodea el pecho fuerte con un brazo y las caderas con una de sus piernas. La tela de seda sube descubriendo sus muslos. Disfrutan de la calidez que desprende la piel del otro.

Él cabecea, buscando su boca, roza primero su pómulo y su mejilla hasta que atrapa entre los suyos los labios, algo secos. Ella responde con un toque de la lengua, casi imperceptible y él eleva perezosamente una rodilla para separarle los muslos, y encierra la erección entre ellos.

Profundizan el beso, no dicen nada. Sólo intercambian los suaves jadeos aún adormilados de ella y cortos gruñidos de él. Las yemas de los dedos ya no acarician, se hunden en la piel. Los brazos y las piernas ya no se apoyan, se enroscan en el otro, las bocas no se rozan, se funden. El no ahora es un sí.
Él desliza la tela de seda blanca por encima de sus pechos y se acomoda entre sus piernas. Ella las abre, invitadora, y arrastra la ropa de cama por la espalda masculina y por debajo de sus glúteos.
Él atrapa entre sus dientes un pezón, luego el otro, y hunde la cara entre sus pechos. Ella se arquea, buscando su contacto.
Él le aparta la entrepierna de las bragas y la penetra con suavidad. Ella clava los dedos en sus bíceps, buscando un asidero.

Se mueven despacio, coordinados, acompasando el ritmo expectante de quien no quiere que llegue el final, próximo e inevitable. Sólo importa la piel suave, el aroma dulzón que desprende su cuerpo femenino y la rendición obtenida. Sólo importa el movimiento recio, las embestidas profundas y la fuerza con que la retiene bajo su peso.

La liberación llega casi al unísono. Primero ella. Después él.

La batalla de respiraciones descoordinadas, el galope decreciente de sus corazones y el sudor que se va tornando tibio marca la tregua. Pasan los minutos y él cae adormilado. Ella se refugia en el hueco de su hombro.

Todavía estoy enfadada —susurra, caprichosa.

Él sonríe, soñoliento. No importa.

Aún queda la mañana.

 

Mimmi Kass (c)

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8 Comments

  1. Mysticnox
    16 diciembre, 2015
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    Una porción de realidad preciosa aunque con algunos sinsabores. Pero así es la vida no?.
    Me ha gustado, voy a seguir curioseando

    • 18 diciembre, 2015
      Reply

      ¡Hola, linda! Así es, la realidad tiene sus más y sus menos. Por eso hay que intentar colorear esas partes menos luminosas. Un beso, y muchas gracias por comentar.

  2. Carmen
    18 diciembre, 2015
    Reply

    Que razón tienes 😉 y no hace falta que sea un enfado, puede ser cansancio, estrés… a veces sentimos un rechazo y si nos cerramos en banda el muro se hace más alto, más inaccesible, en cambio, si ponemos un poco de mimo, insistimos con delicadeza… conseguimos saltar esa barrera 🙂

    • 18 diciembre, 2015
      Reply

      ¡Hola, Carmen! El día a día, ¿verdad? La rutina y el cansancio pueden quitarnos las ganas o las fuerzas para vencer este tipo de situaciones de pareja, pero si no se pierde de vista el objetivo, siempre se pueden revertir y así ambos salen ganando. Como en este relato. Un beso, y muchas gracias por comentar.

  3. 15 junio, 2016
    Reply

    Que bonita narración de una escena que fácilmente puede ser el día a día de alguien. Me ha gustado mucho, sobre todo el final cuando le dice que sigue enfadada y él sonríe. La verdad es que con un poco de mimo e insistencia bien currada (como en este caso) se pueden conseguir las cosas. De otra forma, difícil lo veo…

    Me ha encantado el relato, me gusta mucho leerte 😉

    Saludos <3

    • 17 junio, 2016
      Reply

      Me gustan mucho estas escenas cotidianas, como tú dices, esta pareja podría ser cualquiera. Coincido contigo en la impresión final, ¡hay que currárselo! Mil gracias por comentar, linda. ???

  4. 23 julio, 2016
    Reply

    El tratamiento de la historia me ha gustado mucho. He leído tu entrevista en el periódico y tu crítica a muchas de las novelas eróticas actuales y estoy bastante de acuerdo.
    En cuanto al relato, desde el punto de vista literario, es quizá demasiado explicativo. Das todo muy machacado al lector. Como en el erotismo, en la literatura a veces es mejor sugerir, mostrar en lugar de decir.

    • 23 julio, 2016
      Reply

      ¡Buenas tardes, Talleres de escritura!
      Bienvenido a mi castillo oscuro, y mil gracias por comentar.
      Me alegra que estemos de acuerdo sobre el estado la erótica actual, y me halaga que te haya gustado el tratamiento de la historia.
      ¡Gracias por tu sugerencia de no darle todo machacado al lector!
      Besos,
      Mimmi.

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